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Columnistas  |  22 febrero de 2024  |  12:00 AM |  Escrito por: Aldemar Giraldo

Será vivir

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Aldemar Giraldo

Aldemar Giraldo Hoyos

A la memoria de mi madre

 

El título corresponde a la respuesta que daba mi madre cada vez que le preguntaban ¿Qué ha hecho?; pero, no era un lamento, una refutación o una simple réplica; daba a entender que vivía pendiente de lo que sucedía, del futuro y la educación de sus hijos; insinuaba que en un santiamén pasaba de la cocina al claustro educativo que había construido en su imaginación para enseñar gramática, redacción, declamación y canto; con la tal respuesta quería decir que antaño las madres sólo descansaban cuando las vencía el sueño.

No educaba con el grito o el látigo; su mejor estrategia era el ejemplo; daba la impresión de haberse formado bajo un paradigma contemporáneo sociocrítico o interpretativo y sus lecciones en la “mesa de corte” tenían un eje transversal cargado de valores; siempre decía que había que echar para adelante y creía firmemente en el valor de la escuela para construir el futuro; su escuela no era de pesimismo o desánimo sino de ese optimismo que nos vuelve propensos a ver y juzgar las cosas en su aspecto más favorable.

Al igual que su madre, Clara fue una mujer sin par que se quedó grabada en mi memoria como el monumento a la sencillez y a la dicha de vivir; respiraba seguridad y pensaba en su muerte como algo que jamás ocurriría; no en vano, creaba imaginarios para su día final, salidos de esa lógica que confundimos con la verdad.

Su sensibilidad social estaba por encima de la caridad perifoneada desde los púlpitos de grandes catedrales; compartía lo que tenía, no lo que le sobraba, que era poco; no creía en las limosnas, sino en los empujones que merecen los desposeídos. Siempre afirmaba: hay dos cosas que nunca se olvidan: el amor y la música; nos lo demostró hasta el día de su muerte.

Era exigente a la hora de corregir una composición escrita, al orientar la recitación de una prosa o un verso con entonación, ademanes y gestos adecuados, como también al perfeccionar la interpretación de una composición musical; no obstante, tenía un sentido del humor poco común, acompañado de un repentismo que paralizaba al interlocutor.

El pasado 12 de febrero me dio el último abrazo y al día siguiente se marchó sin hacer ningún ruido, pues se merecía un placentero descanso; mil gracias a quienes la apoyaron y dieron lo máximo por ella. ¡Todo se lo merecía¡.

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