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Cultura  |  18 febrero de 2024  |  12:01 AM |  Escrito por: Administrador web

El puente aquel y otros puentes

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Un texto escrito por Heriberto Vargas publicado en el libro Colcha de relatos, del taller de escritura Creativa Café y Letras Renata.

¡Súper! ¡“Saguao”!... ¡Oiga “Ñoña”!... ¡don Alfonso!… ¡don Polo!… ¿Qué pasó? ¿Qué fue ese estruendo tan horrible que se escuchó?... oigo pitos, sirenas y gritos de gente. El tráfico vehicular parece que se ha paralizado”.

Así expresaba para sí misma, una vecina del sector del puente del Alambrado, aquel día de abril de 2023, cuando después de más o menos cincuenta años de permitir la intercomunicación terrestre del sur del continente con el centro de Colombia, el puente del Alambrado colapsó, sin saberse hasta hoy, por qué razón, motivo o causa técnica. 

De inmediato, “la Comunidad de los Rieles” se activó. Ajustaron y aceitaron las balineras de las “brujitas”, y en el transcurso de los días construyeron una flota de casi 50, con igual número de “bogas de tierra firme”, útiles en la emergencia. Se comenzaron a escuchar las rodachinas de las “brujitas” 150 metros aguas abajo del puente vehicular colapsado, sobre los rieles oxidados del ferrocarril, impulsadas por palancas y trasladando gente, motos, mercancías y todo tipo de elementos.

El puente del Alambrado, hasta ese momento, yacía cual hamaca de hierros retorcidos en el cauce, con varios vehículos en su seno.

Mientras esto sucedía, las autoridades locales y nacionales, Autopistas del Café e Invías, entre otras, implementaban estrategias y planes de contingencia para paliar la crisis de la tragedia. El Ministerio de Transporte dictaminó pertinente construir un nuevo puente en tiempo récord, autorizó presupuestos para que las entidades responsables contrataran los diseños e ingeniería correspondiente y pusieran manos a la obra en un plazo no mayor a seis meses.

Por su parte, el alcalde de “La Tebaida Diferente”, contactó con una empresa privada un ferry o barcaza flotante para el paso de vehículos livianos, máximo de 40 toneladas. Con el correr de los días, en acuerdo con la comunidad, se acondicionó la ruta de desplazamiento vehicular, cruzando por la antigua estación Caicedonia, para unir de nuevo la vía Panamericana del Quindío y Valle y se dio al servicio con una tarifa diferencial.

A pesar de los inconvenientes y los intentos de suspensión del servicio por parte de una funcionaria de Salvajina, la comunidad, empresarios y las entidades de gobierno del Quindío reunidos hicieron caso omiso a la petición por considerar que no era competencia de esta entidad. La barcaza ha logrado reactivar en un 25% la economía de la región, todo esto complementado con algunas actividades deportivas y recreativas sobre algunos sectores de la vía del lado del Quindío. Entretanto continúa la construcción del puente oficial vehicular, en el mismo sitio donde estuvo la estructura colapsada. Un tercer puente, esta vez peatonal, para seguridad de la gente, fue construido sobre la estructura del férreo, cristalizando así un viejo anhelo de la comunidad del sector, que por muchos años reclamaba esta infraestructura.

El suceso concitó la curiosidad de los habitantes, que a diario llegan como turistas a montar en “brujitas”, o a caminar por el puente peatonal disfrutando del paisaje que brinda el sector.

La Comunidad de los Rieles, está constituida por unas 1.500 personas que habitan en ambos lados de la vía férrea, en su mayoría en el poblado de la antigua Estación Caicedonia, jurisdicción del municipio de Sevilla Valle del Cauca, en límites con La Tebaida Quindío. Para esta comunidad, por tradición, el sustento diario es con trabajos artesanales como la minería en el rio La Vieja: material de arrastre (arenas y balastro de canto rodado) o el oro de aluvión. Algunos son jornaleros de las haciendas vecinas, que, por el derrumbe del puente, han tenido que remplazar sus labores tradicionales por el transporte en moto de diferentes productos, desde improvisados “terminales”, instalados a lado y lado del rio.

Otros, han improvisado ventas ambulantes de bebidas, dulces y golosinas que ofrecen a los viajeros. El paisaje cultural cambió por la inesperada catástrofe y la comunidad utiliza una nueva jerga: “¿a ver quienes viajan?”, “¿qué hay para llevar?”, “suba la moto”, “baje la moto”, “muévalo”, “no se duerma, porque se lo comen parao”, “señora siéntese”, “¿le cargo el niño?”. Los bogas sudorosos, van y vienen a un ritmo vertiginoso. Mujeres y hombres, quindianos, vallunos y de otras regiones de Colombia, incluso venezolanos, en una competencia diaria por la supervivencia, sin tregua, se “rebuscan” en paz.

Hoy día, “Súper”, quien tenía un coche riel para un esporádico turismo, se cambió a una “brujita”. “Saguao”, vende agua, gaseosas y cervezas en el ferry, “la Noña”, vende agua, dulces y golosinas en el terminal de transporte de “brujitas” ahí en la cabecera del puente férreo y peatonal, don Alfonso y otros tenderos incrementaron ventas en la antigua estación del tren y don Polo cesó labores en el trapiche para “bogar una “brujita”, que es más rentable.

“Así es la vida, viejo Davi”, dice la mujer, que percibió de primera el estruendoso colapso del puente, a quien el suceso obligó a ganarse el sustento vendiendo empanadas con ají. La vida continúa; se han transformado las formas de sobrevivencia colectiva, gracias a un suceso inesperado, que generó cambios en el panorama y en el paisaje cultural, al igual que en el imaginario y en la mentalidad de los coterráneos de la “Comunidad de los Rieles”.

Esto es resiliencia.

 

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