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Cultura  |  18 marzo de 2023  |  12:00 AM |  Escrito por: Administrador web

Parálisis de sueño

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Un texto de Luis Carlos Vélez Barrios. Foto tomada del Diario de Sevilla.

Días antes investigó en la biblioteca: “La parálisis del sueño es un fenómeno común. No te preocupes ni creas en las supuestas implicaciones sobrenaturales o espirituales de este tipo de episodios”. Uldarico, a solas en su alcoba, entre dormido y despierto y sin sospechar que esta noche será diferente a las anteriores, sueña que pasea y fuma por las calles de Armenia, que lleva de la cuerda a Dogo, el perro que por consejo de sus amigos compró como mascota para hacerse a una compañía que lo ayudara a curar su soledad; que al escuchar en sueños un vocerío lejano que se acerca, acelera el paso para salir a su encuentro.

Lo investigado y soñado empieza a entremezclarse en extraña confusión: “La parálisis del sueño es una incapacidad pasajera, cualquier movimiento voluntario durante el periodo de transición, al comenzar a dormir o al despertarse, se acompaña de una sensación de angustia. Por durar poco, entre uno y tres minutos no hay nada que temer. Después la parálisis termina”.

Uldarico sabe que está en total consciencia, pero incapaz de moverse o hablar, empieza a sufrir ansiedad, y apoyado en sus lecturas concluye que no habrá peligro para su vida porque sus pulmones funcionan, “…que pasado el evento es conveniente levantarse de la cama y mantenerse despierto unos minutos antes de volver a acostarse”; aun así, no puede impedir que por segundos el terror a morir lo invada.

Lucha por animarse al recordar que en eventos anteriores, bastaba que Dogo levantara las patas delanteras, subiera a su cama y al recostar la cabeza en su pecho, lo despertara. Por eso esta noche no huye del alboroto: camina hacia él. Seguro de que no hay motivo para temer, nada hace para controlar al Dogo que en su sueño corre adelante y, para evitar que lo tironee, decide liberarlo de la cuerda. Lo deja corretear, saltar y regresar a su lado, y hasta permite que le muerda las piernas al caminar. Al doblar la esquina se topan con una manifestación que, como ocurre en los sueños, adivina de revolucionarios y, seguro de que despertará, no teme al recordar: “Algunos circuitos neuronales continúan sobreexcitados y a eso se debe la pesadilla que experimenta”.

Pese a todo, Uldarico sólo desea despertar de inmediato para evitar que Dogo lama su rostro y aparte el hocico caliente de su boca, para respirar sin dificultad.

Está seguro de “vivir” momentos de la revolución francesa, del furor sangriento de la Gironda. Distingue y recuerda sucesos y crímenes leídos sobre algunos personajes de la revolución: Danton, Marat, Necker, Couthon… Escucha sonidos intensos, rumores y gritos de manifestantes; los correteos de pánico de los perseguidos; los rugidos de hordas furiosas y campanas a duelo; el clamor de los curiosos al caer las cabezas cercenadas en las cestas ensangrentadas; disparos, cañonazos y silbidos, chillidos, gemidos y el “sálvese quien pueda”. Ve cómo arrastran muebles para avivar las hogueras callejeras; el sonido de vidrios rompiéndose, redobles de tambor y, a la distancia, los últimos alaridos de los condenados a morir bajo la cizalla fría y roja…

Por segundos, intenta moverse en su lecho. Siente la dureza del colchón, la rigidez de su cuerpo y al notar que su parálisis se hace interminable, cae en el terror…

El sueño-pesadilla continúa: por los clamores sospecha que el patíbulo se encuentra en algún lugar cercano, y un sentimiento de temor lo envuelve al observar los andrajos malolientes de los revolucionarios; sus típicos sombreros de tela de la época, los gorros frigios y las chaquetas de bolsillos amplios; los pantalones con mangas hasta las rodillas y los zapatos de chapas torcidas y empantanadas… De pronto las imágenes se suceden en torbellino y ahora es guiado por Dogo hasta el sitio donde reconoce, con el cabello revuelto, el rostro del energúmeno Robespierre, mismo que ilustra los libros y ahora en su pesadilla, empuña las sentencias de muerte, al tiempo que lanza arengas furiosas a multitud para que aplauda sedienta de sangre...

Hay otros cambios bruscos de escenarios y sucesión de sensaciones en medio de las frases que recuerda. Aunque Uldarico siente los tirones en la cuerda, la gravedad de la situación lo hace olvidar que Dogo marcha a sus espaldas… Avanzan por otras calles de Armenia, y la “claridad” de reconocer a sus amigos en las puertas de un club de billares, los ve correr con caras descompuestas y amenazantes a formar un círculo a su alrededor. Por primera vez trata de retroceder ante el círculo “revolucionario” que lo encierra como candado. El sueño-pesadilla se convierte en caos: “…para evitar la parálisis es conveniente que hagas ejercicio, evites el café y tengas un horario para dormir las horas necesarias…”. Una mano férrea lo sujeta como tenaza y alguien grita: “¡Lo tenemos, es él, el químico Lavoisier, ¡que no escape el maldito traidor!”. Lo arrastran por las calles de Armenia hasta la máquina de muerte levantada en la esquina que reconoce, justo al lado del guayacán donde un librero impávido ofrece libros de segunda. No comprende por qué lo confunden con el descubridor del oxígeno y el silicio, tampoco la razón para que sus amigos aplaudan su marcha, que adivina, lo lleva hacia el patíbulo...

Robespierre lee la sentencia en un papel y en idioma que Uldarico no entiende… Dogo, por protegerlo de la turbamulta, se revuelve amenazante, a dentelladas trepa al patíbulo apoyándose en las espaldas de los revolucionarios que, apiñados al borde de la tarima y armadas las manos de puñales, gritan y piden su cabeza...

Uldarico observa cómo el mismo Robespierre le ata las manos a la espalda, traba el nudo corredizo en la soga que espera su cabeza, y la arroja varias veces hasta hacerla pasar por la rama más alta del árbol donde el librero, como en otra dimensión, espera indiferente la llegada de posibles compradores.

Uldarico, aterrorizado, siente bajar la soga por su cabeza, y cómo Robespierre ajusta el nudo en su cuello… y al empezar la opresión en el pecho, la dificultad para respirar y el inesperado dolor agudo en su esternón y la mandíbula, recuerda: “…a este episodio se le conoce como: se le subió el muerto, y sirve para describir la angustia de saberse consciente sin poder tomar control del cuerpo…”. Se equivoca cuando piensa que la parálisis del sueño es la causante de la rigidez de sus músculos, del estado de sofocación que cree producida por el terror a morir ahorcado.

En su último momento recuerda las recomendaciones: “… relajarse, no perder la calma, ya que sólo se trata de una situación temporal”. Para aplicar las explicaciones del libro, intenta “…mover piernas, ojos, parpados, manos, brazos”.

Uldarico se engaña al suponer que no tendrá una muerte extraña, que superará este enésimo episodio, que se levantará y saldrá para contar a sus amigos lo sucedido y “que afecta a la mitad de la población…”. De nada le valdrá tranquilizarse por pensar que, como lector atento, descubrió en su pesadilla la diferencia entre la soga de ejecución y la cuchilla descrita en los libros de la revolución francesa. Se cree vencedor porque sabe que en ella no hubo horca. Esta noche es la excepción: por última vez intenta mover un ojo, una mano o un párpado y levantarse…

Uldarico no será más el hombre solitario que vive en un cuarto de alquiler. No escuchará otra vez los aullidos lastimeros de Dogo, ni la lengua lisa que lame y lame en vano su rostro frío.

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