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Columnistas  |  07 febrero de 2023  |  12:00 AM |  Escrito por: Juan Sebastián Padilla Suárez

Escribir el cuerpo

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Juan Sebastián Padilla Suárez

Por Juan Sebastián Padilla Suárez

 

¿Con qué adjetivo podríamos matar la genialidad literaria de Clarice Lispector? No se puede adscribir al capricho académico de los géneros. En todo caso no conviene hacerlo. Para qué. Inútilmente han tratado de colgarle etiquetas, pero ha sido tan difícil como coger con las manos un pez que salta del agua. De qué manera definir a una autora que, por ejemplo, inicia un relato con una coma y no una letra (Aprendizaje o El libro de los placeres). Vamos a zanjar la cuestión diciendo que su literatura supone un quiebre de la realidad. Eso debe bastar. Y que escribía para intentar romper en más pedazos los pedazos de su fría fatalidad cotidiana. Y la de todas, porque su sensibilidad está plagada de mujeres. Para conseguirlo no solo escribía con su cuerpo, sino desde él. Lo transmutaba en palabras. Es decir, escribía su cuerpo.

Me adentraré en un cuento suyo, Monos (1964), para hallar, espero, esos trozos de alma que esparció en toda su obra. No se trata de torturar el texto para hacerle confesar cosas que en realidad no dice, ni de interpretar signos misteriosos, aun cuando ella misma sea un misterio; se trata, más bien, de desgajar algunas ideas y rumiarlas, pues creo que este cuento es una invitación para que entremos a su casa y nos sentemos a escucharla. Además, sabido es que volcaba en sus trabajos los padecimientos propios, y los convertía en su máscara. O rostro. Ella era su propia arcilla. Y si no miremos a la pobre Macabéa, su personaje vudú en La hora de la estrella, que le destinó en las páginas de su vida simulada unos ovarios marchitos y le dio una muerte espantosa bajo las llantas de un Mercedes amarillo. Curiosamente, tal vez por venganza de la Macabéa, días después de la publicación de la novela le descubrieron a Lispector un cáncer de ovario. Luego de semanas murió. No teman al spoiler, la trama del cuento es mínima.

La mujer del relato nos habla de un mono que tenían en casa. El animalejo le incomodaba sobremanera, no solo por los golpes y gritos de un Chita desabrido, sino por la instintiva felicidad con la que trepaba todo; de hecho, confiesa la perplejidad que le causó cuando entró por primera vez examinándolo todo. A esa perplejidad le siguió una desazón por su vitalidad. Es incisiva en resaltar esos rasgos que ella aparenta no tener; la insistencia con la que remarca las capacidades del mono denota que el problema no es que él las haya tenido, sino que ella carecía de toda fuerza vital. Así lo vamos viendo. Allí estaba aquel hombre alegre, decía renegando cuando la tomaba por sorpresa. Es claro: el mono parecía tener la vida que a ella le faltaba.

No aguantó más. Pese a un vano esfuerzo de su hijo menor, que le auguraba la inevitable muerte al mono, diciéndole que cualquier día caería de la ventana y moriría estrellado y entonces sería el final, pese a esa suerte de triste promesa, ella decide deshacerse de él. Una amiga de la favela se conmueve de su amargura y arregla un inocente atraco dirigido por unos chicos que, en medio de una estruendosa algarabía, se llevan al semihombre. Y él ríe mientras huyen. Sin embargo, el consuelo de su desaparición es apenas una queja: parece que lo único bueno del Año Nuevo sería una casa sin mono.

Tiempo después, en la medialuna de la playa, ve a un sujeto vendiendo monos. Piensa en la alegría que le procuran sus hijos, que no son culpables, agrega, de los dolores de cabeza que también le causan. Y compra a Lisette. Tan pequeña que le cabe en el seno de la mano; adornada con falda, aretes, collar y pulsera. Era una mujer en miniatura, dice. A lo mejor así se sentía ella: reducida y vulnerable. Habla de sus ojos redondos, de su mirada redonda. Pero Lisette era delicada, apagada, de figura cansada y débil. A diferencia del gorila, extrañamente ella lo llama “mi gorila”, Lisette le causa ternura. Pero tal vez no sea ternura precisamente lo que le causa la mona, sino lástima; siente que ternura y lástima son lo mismo, quizás porque ve su propia fragilidad reflejada en la blanda Lisette; ambas comparten la misma falta de fuerza para vivir, es la empatía de una desgraciada por otra. Y así, admirando la enclenque belleza de Lisette, su corazón le advierte que aquella dulzura no es otra cosa que la muerte, y se lo comunica a sus hijos. La envuelven en una servilleta y la llevan al hospital.

En adelante todo es confuso. Los dos últimos párrafos, aunque cortos, son un hondo precipicio. Ya vimos que el problema no era el mono. A propósito, el mono nunca tuvo nombre, o no lo dice, y no decirlo ya es mucho decir. Esa omisión delata su rabia. El problema era que no sentía ningún vínculo con ese animal lleno de potencia y alegría, que podía moverse a su antojo y dar gritos de marinero. Con Lisette ocurre lo contrario. Tanto es así que cuando les anuncia a sus hijos su agonía, comprende a qué grado de amor habían llegado. Y hay algo especial en el anuncio de su muerte: salvo su lastimera descripción, no hay ningún indicio previo de enfermedad, ni si quiera cuando la compra. Es como si la mona hubiese nacido para morir, como si ella sintiera también su irremediable muerte.

En el hospital le ponen oxígeno. Y aquí Lispector nos hala de las patillas. Cuando a la mona le inyectan ese “soplo de vida” se revela una Lisette que no conocían. Sus ojos ya no eran redondos sino secretos, y su cara mostraba “cierta altivez irónica”. Más oxígeno “y le dieron tantas ganas de hablar que apenas aguantaba ser mona”. Pero ese hilo de vida se deshacía, y nuevamente era necesario el oxígeno. Un vaivén de vida y muerte. El diagnóstico fue contundente: no iba a vivir. Vaya juicio tan incontestable. Luego hay un diálogo entre el enfermero y ella, que también sugiere una incompatibilidad del personaje con la vida, o sea, revela el verdadero contraste urdido a lo largo del cuento. Él le reprocha haber comprado a una mona en la calle. Ella le responde, aunque no se excusa. Después de consultarlo con sus hijos le dice al enfermero que si Lisette se repone se la puede quedar. Él lo piensa. Ella le dice, como implorando: “¡está bonita!”, y él asiente, pero le dice que si consigue curarla será de ella. Este momento es valioso. Fíjense cómo ella reconoce que la mona está linda y viva, o por lo menos con posibilidad de vivir después del oxígeno, y en lugar de querer llevársela a su casa le pide a él que se la quede. Pero Lisette no se queda con ninguno. Sus hijos y ella vuelven a casa con la servilleta vacía.

Al día siguiente la llaman para enterarla de la muerte de Lisette, y les avisa a los niños. Uno de ellos, el más pequeño, le pregunta si cree que murió con los aretes puestos. Le dice que sí. Una semana más tarde, el chico mayor le dice: “¡Te pareces tanto a Lisette!”. Y ella, con parquedad, tal vez con resignación, le responde: “Yo también te quiero”. Paremos. ¿Qué le quiso decir su hijo? ¿Era una voz de cariño o una condolencia? ¿Él veía en su madre la palidez y el sufrimiento que ella creía sentir? Es, inevitablemente, la afirmación de una sospecha. Ella le responde que también lo quiere porque entiende que la compasión es una manifestación de amor, como el amor que sentía ella por Lisette, la frágil Lisette.

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