domingo 7 Jun 2026
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Parque Nariño

Un texto de Enrique Álvaro González, publicado en el libro Nostalgia a partir de imágenes II, del Taller de Escritura Café y Letras Renata.
16 mayo 2026 10:54 pm
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Las ciudades cambian. Mudan las esquinas mientras las personas crecen o se mueren, pero aparte porque son vanidosas; al fin y al cabo, mujeres. La mejor forma de comprobarlo, son las fotos antiguas, porque en ellas quedó para siempre la ciudad vieja con sus modas y sus paisajes; la que nos vio crecer, soñar y vivir, antes de que el tiempo y la historia la disfrazaran.

Fotos como esta, que alguna vez fue en blanco y negro y hoy es café y amarillo, son raíces más que recuerdos. Aparecemos mi mamá, embellecida por una moña, cuyo ritual preparatorio siempre admiré por su paciencia, vestido negro ceñido de una sola pieza, adornado con un collar de llamativas piedras blancas y la infaltable cartera. Yo visto un jean que al parecer me quedaba grande, un suéter que si mal no recuerdo era azul marino con vivos amarillos y camino sobre una de las tantas materas que adornaban el, por esa época, “parque público” Nariño. 

Lo evoco entre las carreras séptima y octava y las calles octava y novena del Bogotá de los primeros años sesenta, aún existe, pero hace unos años dejó de ser público, porque los inquilinos del Palacio de San Carlos, residencia de los presidentes de antaño, lo convirtieron en parte oficial del nuevo Palacio Presidencial Antonio Nariño. Además la conversión arrastró la siguiente cuadra hacia el sur, con otro sitio emblemático: “El Parque de los Leones”.

La foto pertenece a los tiempos en que los fotógrafos callejeros “congelaban un instante de la vida”, según su eslogan, y fijó para siempre nuestro paso por la acera oriental, o carrera séptima, de aquel parque que por razones que no sabría explicar, siempre he recordado como triste. Era ruta obligada del llamado entonces, “septimazo”, para quienes vivíamos en los barrios Santa Bárbara, Las Cruces, San Bernardo u otros, y veníamos a cine o al comercio cercano de la plaza de Bolívar, lo cual se hacía por la carrera séptima.

El parque Nariño representó muchas cosas para mí; por eso al verme caminar sobre la matera en aquellos tiempos, convierte en imágenes la nostalgia: 

Veo una construcción cilíndrica de algo más de diez metros de altura, en la carrera octava con calle octava, rodeada de jardines y rejas con un significado misterioso en mi infancia, porque según mis clases de historia patria de la primaria, supe que entre sus paredes nacieron las primeras conversaciones independentistas. Es el Observatorio Astronómico José Celestino Mutis, desde cuyas ventanas los rebeldes, mientras urdían la revolución, miraban la capilla del Sagrario, todavía en pie, y pedían por el bien de sus planes.

Se respiraba el aroma de flores y plantas. Los domingos era colmado de niños, a pesar de que no había columpios, rodaderos, balanzas, pasamanos o algo parecido, por eso tal vez, digo yo, me pareció siempre triste. 

Sobre la calle novena, a la espalda del Capitolio, había una estatua de no sé quién. (Podría ser Rafael Núñez) de la que me pregunto por qué no tenemos fotos a su lado teniendo en cuenta que los fotógrafos explotaban cualquier posibilidad de disparar sus cámaras. Era obvio, porque les pagaban según la cantidad de fotos que fueran reclamadas, para este caso, en el almacén Tía de la carrera décima con calle once, que ya no existe.  

En la acera oriental de la carrera séptima del parque, es decir, a la derecha del niño en la foto y a la izquierda del observador, la remembranza trae dos imágenes. La primera es una vitrina, donde los lunes aparecía una foto con el mejor gol del domingo en el estadio El Campín, y a un lado, sobre algo que en mi memoria parece cartón paja, estaba la jugada explicada con banderitas rojas o azules, según el gol fuera de Millonarios o de Santafé, y la trayectoria del balón dibujada con puntos de igual color.

La segunda e inolvidable imagen, es la de tres, quizá cuatro almacenes de “libros usados” que quedaban sobre la misma acera, donde compré primero y después me fiaron, obras de Julio Verne que me fascinaron, y de las cuales, estoy seguro, quedé debiendo alguna al anciano librero que me dio la oportunidad de conocer a crédito esos personajes.

Quiero comentar aquí entre nos y sin que nadie más lo sepa, que sentados en una de esas materas, a lo mejor sobre la que camino en la foto, una linda dama morena, santandereana, de caminar sinuoso, cuerpo magistral, hermosa y larga cabellera negra, que me llevaba algunos años, me obsequió las primeras caricias y besos de amante clandestino cuando yo tenía dieciocho años. Hermoso recuerdo.

Ella y yo, camuflados entre los capitalinos que nos reuníamos a las cinco de la tarde a ver arriar el pabellón nacional en el “parque de los Leones”, a una cuadra del Nariño, nos apretamos las manos, acercamos nuestros cuerpos y dejamos enterrados entre las flores que ornaban el parque, los besos, las caricias, los te quiero y aquellos sueños imposibles. ¿A dónde la habrán llevado sus pasos? 

Años después, luego de partir a mi trasegar laboral en otras regiones, regresé de visita a la capital, vi las que habían sido mis cuadras, ataviadas para una élite lejana y supe que la ceremonia de arriar la bandera se efectuaba en privado para ellos. En cuanto supe que el inquilino presidencial tenía al parque Nariño como su vivienda personal y que los bogotanos no volveríamos a ver arriar nuestro pabellón, en “el Parque de los Leones”, en vivo y en directo, me sentí usurpado y ofendido. 

Mas con el tiempo llegué a estar conforme, por la seguridad de saber, que aquellos momentos tan amorosos como clandestinos, solo los conocimos, ella, el parque y yo.   

No obstante, la historia cambia como los ríos con el paso del tiempo, por eso en el momento en que vi en la televisión las puertas del parque Nariño abiertas al público y a un buen número de bogotanos presenciando respetuosos la ceremonia del descenso de la bandera, sentí, a pesar de que los leones ya no están, que me habían devuelto mi pasado.

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