A propósito del día del maestro que se celebra hoy, comparto con los amables lectores —entre los que se encuentran varios amigos y colegas a quienes dedico esta columna— la actualización de un ensayo publicado en 2019 en el Espresso literario, agenciado por la Secretaría de Cultura de la Gobernación del Quindío y editado por la Fundación Torre de palabras. ¡Feliz día, maestros!
La pregunta
Hace trece años, para la celebración del día del maestro, los estudiantes de grado once de la Institución Educativa Jhon F. Kennedy de Calarcá, donde a la fecha laboro como docente, propusieron a los niños escribir una carta al profesor que ellos mismos escogieran. Un chico que para ese entonces estaba en sexto, recién desempacado de la primaria y al que yo no le daba clase, me escribió un mensaje que aún conservo en mi archivo y de cuyo contenido recuerdo una pregunta que, viniendo de un pequeño de máximo once o doce años, me dejó frío: ¿Qué tan difícil es ser profesor? Tamaño cuestionamiento desencadenó en mí una avalancha de pensamientos e imágenes que, desde ese tiempo y hasta ahora, me acompañan cada vez que veo a Cristian (nombre cambiado por asuntos bioéticos) por los pasillos de la Universidad del Quindío, pues llegué a ser su profesor de Filosofía en el colegio y ahora es un estudiante universitario, a punto de graduarse.
Fijémonos en la pregunta: la dificultad de este oficio, para cuya comprobación los investigadores sociales han desplegado cantidad de esfuerzos teóricos y estadísticos, resulta una suposición en la mente de aquel niño. No está inquiriendo por si es difícil o no; de entrada lo sabe, porque su experiencia de siete años como estudiante así se lo dice. Lo que quiere saber es el grado de dificultad que implica la práctica pedagógica de esa persona que se para enfrente de él y su grupo con la pretensión de enseñar algo que, a veces, le puede resultar útil o inútil, interesante o tedioso, llevadero o insoportable. Ante esto, no me ha quedado más que responderme, desde mi fuero interno, que el grado de dificultad es alto, altísimo; tanto, que en muchas ocasiones siento que excede los límites de mis capacidades.
La otra parte de la pregunta señala la acción que implica la práctica docente: no dice ejercer, ni oficiar, ni ejecutar. Dice ser: verbo copulativo que afirma una condición, una esencia, que tiene que ver más con la identidad que con aquello que se hace para lograr un objetivo. He aquí otra afirmación que sintetiza, desde la curiosidad de Cristian, todas las concepciones del docente promovidas por las teorías pedagógicas contemporáneas: éste, más que un profesional de la educación, es un sujeto que ha incorporado a su ser una decisión, una vocación y un éthos que hace que los otros lo reconozcan como maestro. Este ser que se forja con el tiempo y la experiencia, se exterioriza en una serie de acciones que le permitirán desarrollar su profesión.
Tal dificultad de ser radica en que la labor del maestro no consiste solo en pararse ante los estudiantes para llevarles un contenido y luego hacerles un examen, como si se estuviera repartiendo y recogiendo paquetes de encomiendas. La práctica pedagógica implica poner toda la capacidad posible en una multiplicidad de acciones, entre las cuales encontramos las de enseñar y evaluar. Cuando eso hacemos, esperamos que la respuesta de los estudiantes sea el aprendizaje. Pero esto es un supuesto porque, como lo dije, no estamos entregando paquetes, sino trabajando con seres humanos con el fin de transmitirles un saber que les permita formarse desde las dimensiones cognitiva, práctica y ética.
En mi caso y, sin perder de vista la pregunta, el triángulo enseñanza-aprendizaje-evaluación exige una planeación en la que me propongo pensar qué, cómo, para qué, con qué y a quién enseñar. Al observar este panorama, procuro tomar decisiones que me permitan llegar al aula con los contenidos, materiales, propósitos y estrategias adecuadas a las características de los estudiantes, con el fin de lograr el resultado de un aprendizaje que, para ellos, resulte significativo. Y, además, en el desarrollo, establezco maneras de valoración permanente tanto de las intervenciones pedagógicas como de sus efectos sobre el avance de los estudiantes en múltiples sentidos. De este modo, concibo la evaluación como un proceso permanente que va más allá de la calificación, que comprendo solo como un momento de aquella.
Volviendo a Cristian, recuerdo que cuando llegó a grado once, leí con su grupo el libro La sociedad de la transparencia, del surcoreano Byung-Chul Han. Realizamos la lectura juntos y, dado el asunto tratado sobre el mundo configurado por las tecnologías y medios digitales, apelamos a los celulares y las pantallas para, a través éstos, pensar críticamente tales dispositivos. Para incentivar la reflexión y el diálogo al respecto, vimos algunos capítulos de la serie Black mirror, que funge como denuncia a aquel espejo negro que es toda pantalla. Como resultado de esto y de las acciones pedagógicas necesarias para su estudio (talleres, debates, explicaciones, etc.), se derivó un aprendizaje para todos, incluyéndome. Es inevitable, a estas alturas del siglo XXI, que tengamos un celular o una pantalla al frente. El asunto es: ¿para qué? La existencia de estos aparatos no es el problema; la cuestión radica en el uso que hagamos de los medios digitales que tenemos a mano y el propósito que nos trazamos. Muestra de ello es que, aquella vez, utilizamos nuestros celulares y el televisor del aula para hacer algo que, para los jóvenes de su edad, resulta atípico: leer un libro y ver una serie con un propósito reflexivo. Cristian levantó la mano varias veces para participar de la discusión.
Este 2026, el niño que hace trece años me preguntó por la dificultad de ser maestro se graduará como profesional. En la medida que se han sucedido los impredecibles inviernos y veranos, he pensado en su pregunta y en la manera de respondérsela con la mayor honestidad intelectual y la claridad pertinentes. He esperado a hacerlo en un momento en que este (ahora) joven adulto dimensione el efecto que ha causado en el profesor ese cuestionamiento tan sencillo, pero tan complejo. Le diré que esa dificultad la vivo todos los días desde la aurora hasta el ocaso; que nunca me siento aventajado sobre mi labor, sino que siempre estoy con el saldo en rojo; que no hay día que pase en el que no me cuestione por la forma como estoy haciendo las cosas y por la manera de mejorar; y que todo lo hice para que, cuando él llegara a mis clases, se sintiera con la motivación y la confianza suficientes para levantar la mano y decir lo que pensaba. Ese día, si su mirada me aprueba, experimentaré uno de los modos de la felicidad.
Desde La casa entre la niebla, a Mayo 15 de 2026
4 respuestas
SOLO UN PROFESOR INTELIGENTE PUEDE RECONOCER, COMO SÓCRATES, QUE EL CONOCIMIENTO NUNCA ES SUFICIENTE
PARA SACIAR LA SED DE APRENDER.
PERO ENSEÑAR A PENSAR -Y SÓCRATES LO HACÍA- ES SALDAR LA DEUDA HISTÓRICA
DE LA EDUCACION EN UN MUNDO QUE HACE TODO LO QUE PUEDE POR AUTODESTRUIRSE.
Admiro a los maestros, a los que son como usted; porque es una profesión de vocación y sacrificios, en especial cuando tienen por delante que trabajar con esta generación llamada Z y la creatividad y paciencia es puesta todos los días al límite.
Un buen profesional es ante todo un buen ser humano. Usted lo es, Edwin.
Lo porofundo del alumno que sale a describir lo mejor de los que lo educan para el futuro proximo, habiendo entendido que es una labor de nobles que hace crecer el saber de cada ser.
FeLiZ dIa DeL mAeStRo.