domingo 7 Jun 2026
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Las encuestas electorales en el mundo

12 mayo 2026 11:07 pm
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Durante décadas, las encuestas electorales fueron vistas casi como instrumentos de precisión quirúrgica. Sus resultados no solamente influían en campañas y partidos políticos, sino también en los medios de comunicación, los mercados, las narrativas públicas e incluso en el estado de ánimo de las sociedades. Un candidato “subía”, otro “caía”, una tendencia “se consolidaba” y, casi automáticamente, se construían percepciones de inevitabilidad política.

Pero el mundo contemporáneo ha demostrado que medir el comportamiento electoral de las sociedades es mucho más complejo de lo que muchos imaginaron.

La historia moderna de las encuestas tiene ejemplos extraordinarios de éxito. En 1936, George Gallup revolucionó la demoscopia al demostrar que una muestra científica y bien estructurada podía ser mucho más precisa que millones de consultas mal seleccionadas. Desde entonces, las encuestas se consolidaron como herramientas fundamentales de las democracias modernas y, durante muchos años, mostraron niveles de precisión notables para anticipar tendencias y resultados generales.

Sin embargo, también existen errores históricos que quedaron grabados en la memoria política mundial.

Quizás el más famoso ocurrió en Estados Unidos en 1948, cuando prácticamente todas las encuestas daban como ganador seguro a Thomas Dewey frente a Harry Truman. La confianza era tal que un importante periódico publicó anticipadamente el histórico titular “Dewey Defeats Truman”. Al día siguiente, Truman apareció sonriente sosteniendo el periódico equivocado después de haber ganado la elección.

Ese episodio obligó a replantear profundamente metodologías y tiempos de medición. Las encuestadoras habían dejado de medir demasiado temprano, convencidas de que el resultado estaba definido.

Décadas después, el mundo volvió a sorprenderse con el Brexit en el Reino Unido y con la elección de Donald Trump en Estados Unidos en 2016. Aunque técnicamente muchas mediciones estaban dentro de márgenes razonables, la interpretación política y mediática transmitió una sensación de certeza que terminó siendo desmentida por las urnas.

En ambos casos apareció con fuerza un fenómeno cada vez más estudiado: el llamado “voto oculto”. Ciudadanos que prefieren no expresar públicamente su verdadera intención electoral, ya sea por desconfianza, presión social o temor a la estigmatización. A ello se suma otro problema creciente: millones de personas simplemente ya no contestan encuestas.

Las transformaciones tecnológicas también cambiaron radicalmente las reglas del juego. Durante décadas, las encuestas se realizaban principalmente mediante llamadas telefónicas a hogares fijos. Hoy, buena parte de la población no tiene teléfono fijo, no responde números desconocidos o consume información política principalmente a través de redes sociales y plataformas digitales.

Y allí aparece otra enorme dificultad contemporánea: las redes sociales han fragmentado profundamente la conversación pública. Existen burbujas informativas, algoritmos que refuerzan sesgos, campañas hipersegmentadas y fenómenos virales capaces de modificar percepciones colectivas en cuestión de horas.

Paradójicamente, vivimos en la era de los “big data”, pero también en la era de la creciente dificultad para interpretar correctamente esos datos.

Aun así, sería un error concluir que las encuestas “no sirven”. Las buenas encuestas continúan siendo herramientas valiosas para identificar tendencias, preocupaciones ciudadanas y estados de opinión. El problema aparece cuando se transforman en oráculos absolutos o, peor aún, en instrumentos políticos disfrazados de ciencia.

Una encuesta seria no predice el futuro. Apenas fotografía un momento específico bajo determinadas condiciones metodológicas. Y en sociedades crecientemente emocionales, polarizadas y cambiantes, esas fotografías pueden volverse obsoletas con enorme rapidez.

En América Latina —y particularmente en Colombia— esta discusión adquiere especial relevancia. Cada proceso electoral viene acompañado de una avalancha de mediciones que muchas veces son utilizadas más para intentar influir sobre el electorado que para informar objetivamente. Algunas encuestas buscan generar sensación de victoria inevitable; otras, movilizar el llamado “voto útil”; otras más, desmotivar adversarios.

Por eso, más que nunca, las democracias modernas necesitan transparencia metodológica, rigor técnico y ciudadanos críticos capaces de entender las limitaciones inherentes de cualquier medición social.

Quizás el mayor aprendizaje de las últimas décadas sea precisamente ese: la política sigue siendo profundamente humana y, por tanto, inevitablemente impredecible. Los ciudadanos conservan una extraordinaria capacidad para sorprender a las élites, a los medios, a los analistas… y también a las encuestadoras.

Porque, al final, las elecciones se definen en las urnas y no en las encuestas.

2 respuestas

  1. Las encuestas electorales que últimamente vienen publicando no son realizadas con una muestra científica y bien estructurada. Una muestra que equivale cuando mucho al 0.3% de un electorado de más de 40 millones, están lejos de ser repreentativas y los Medios manipulan para que los elecores apueste, no elijan. Con o sin encuestas está visto que la única opción para salvar lo que nos queda, es #FajardoPresidente.

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