Yo tenía una tía que era pobre vergonzante. Cada vez que me veía me decía ‘¿Papito esa camisa está hermosa, la compraste en Paris?’ Y yo nunca había ido a París. Los pobres vergonzantes son esas personas que tuvieron plata, que viajaron, personas cultas, con clase, que alguna vez formaron parte de la alta sociedad, que pertenecieron a clubes y que, por azares de la vida, en la actualidad andan con una mano adelante y otra atrás.
Recuerdo que cuando mi tía todavía no era una pobre vergonzante, tenía una casa esplendorosa, el olor de la casa era inexplicable, era un olor que solo he presenciado en las casas de los ricos, había señora del servicio interna, servían la cena a las 7 en punto y era plato encima del plato y cubierto para cada cosa que íbamos a comer, las lámparas relucían, las poltronas eran compradas en Venecia, había cuadros majestuosos y un cuarto lleno de comida como si el mundo se fuera a acabar, le calentaban a uno leche para antes de dormir y acostarse en la cama era como entrar en una nube.
Como todos los pobres vergonzantes, sus últimos años de vida fueron duros, su casa y todo lo de adentro se envejeció, se llenó de polvo, de humedad y poco a poco las poltronas y las lámparas caras, los cuadros imponentes y hasta las sabanas de 800.000 hilos desaparecieron.
Pero a pesar de todas las vueltas de la vida, mi tía siguió hasta el último momento mirando por encima del hombro y teniendo bien parado el copete.
En Armenia hay muchos pobres vergonzantes como mi tía, que siguen viviendo en sus casas grandes que alguna vez fueron admiradas y que ahora están caídas, llenas de maleza y moho, casas que podemos ver en La Castellana, en Coinca, Laureles, Profesionales o La Nueva Cecilia.
Pobres vergonzantes que se les ve de arriba para abajo por la Avenida Bolívar, posando de algo que ya no son, endeudándose para no desentonar y seguir aparentando una vida que se acabó, hablando de cuando fueron a Europa, a la China, al Japón, de los viajes por carretera en sus Mercedes, de los hoteles de lujo o de los días soleados y de shopping en Miami.
Personas que, al llegar a la soledad y oscuridad de sus casas caídas, al son de un huevito con arroz, reproducen una y otra vez con tristeza el momento en el que todo se esfumó.