En Colombia solo se conoce cerca del 25% de su diversidad total
Bajo las hojas caídas, en la humedad de los jardines o en los rincones menos explorados del campus, habita un mundo diminuto que pocos observan con detalle. Los isópodos terrestres —conocidos popularmente como bichitos bola— fueron los protagonistas del trabajo de investigación: Caracterización taxonómica de los isópodos terrestres (Crustácea: Isópoda: Oniscidea) del relicto boscoso “Cedro Rosado”, Universidad del Quindío, Colombia, de Alejandra Uribe Quimbayo, estudiante de décimo semestre de Licenciatura en Ciencias Naturales y Educación Ambiental de la Universidad del Quindío.
Diversidad
En Colombia, a pesar de ser uno de los países más biodiversos del mundo, se estima que solo se conoce cerca del 25% de su diversidad total. En el caso de los isópodos terrestres, esta brecha es aún más evidente: mientras en Brasil se han descrito cerca de 300 especies, en Colombia apenas se registran alrededor de 76. Los departamentos con mayor número de registros son Bolívar, Córdoba, Cundinamarca y Magdalena, lo que contrasta con amplias regiones del país — incluido el Quindío — que aún permanecen como vacíos en los mapas de distribución.
En el marco de dicha investigación, recientemente, en el auditorio del Jardín Botánico de la Universidad del Quindío, se llevó a cabo una actividad que permitió explorar la diversidad de estos organismos en la zona andina. “Presentamos una conferencia-taller sobre isópodos terrestres, su importancia y la ilustración científica”, explicó la estudiante uniquindiana al inicio de la jornada.
¿Qué son los Isópodos y dónde viven?
Aunque muchos los confunden con insectos, los isópodos son en realidad crustáceos completamente adaptados a la vida terrestre. Este grupo, perteneciente al suborden Oniscidea, ha logrado adaptarse a una amplia variedad de ambientes, desde bosques húmedos y suelos ricos en materia orgánica hasta zonas áridas como los desiertos, cuevas e incluso ecosistemas de alta montaña como los páramos, detalla el biólogo.
Los más conocidos son aquellos que tienen la capacidad de enrollarse en forma de bola, un comportamiento defensivo que además les ayuda a conservar la humedad. Sin embargo, existe una gran diversidad de formas y hábitos: hay especies corredoras, otras con capacidad de adherirse o trepar, algunas excavadoras e incluso formas espinosas. Esta variedad morfológica está estrechamente relacionada con su modo de vida y el tipo de hábitat que ocupan. En cuanto a su tamaño, pueden variar desde unos pocos milímetros hasta cerca de 10 o 15 milímetros en algunas especies.
Bajo amenaza
Más allá de la curiosidad científica, estos pequeños crustáceos cumplen funciones ecológicas importantes. Participan en la descomposición de la materia orgánica, contribuyen a la fertilidad del suelo y forman parte de los ciclos biogeoquímicos. Además, pueden actuar como bioindicadores dado que la presencia de especies sensibles, como algunas de la familia Philosciidae, puede sugerir condiciones de hábitat mejor conservadas.
“Si encuentro una especie introducida, podría indicar que el ecosistema presenta algún grado de afectación”, advierte Bravo. Hay ecosistemas que están desapareciendo más rápido que las especies que los habitan. Esto implica que algunas podrían extinguirse incluso antes de saber que existen.