En las pasadas elecciones presidenciales, Federico Gutiérrez quedó por fuera de la contienda electoral al ocupar la tercera posición en las votaciones, detrás de los candidatos Gustavo Petro y Rodolfo Hernández; entre las razones de su fracaso pueden enumerarse: desilusión con la forma como se ha manejado la política en Colombia desde hace más de 60 año; los electores lo veían como el continuismo de Uribe, su discurso no tuvo los elementos necesarios para convencer a gran parte de la población de que era un alternativa política, el respaldo recibido de las fuerzas tradicionales, lo cual lo identificaba con la forma de hacer política de clientelismo, de corrupción, de la tajada, de la mermelada, del irrespeto a la institucionalidad; además, no logró conectar con ese público joven.
Algo que me sorprendió fue su actitud al verse derrotado: “Mi voto en segunda vuelta será por Rodolfo Hernámdez”; ¿lo sentía, sinceramente o se trataba de castigar a otro candidato? Creo que no pensaba en Colombia, sus ideas giraban en torno a su individualismo narcisista. Pasaron los días y no abandonó su interés por el poder; se hizo elegir gobernador en su parcela, pero, constantemente, “hace sus pinitos” como presidente y se muestra como un verdadero federalista.
Según información reciente, Federico contactó a autoridades de Estados Unidos, incluida la embajada, para advertir sobre los efectos de la suspensión de órdenes de captura contra 23 cabecillas criminales, medida ligada a la paz urbana del gobierno nacional; según Fico, algunos de esos cabecillas tienen historial de narcotráfico con impacto internacional, además, la medida podía afectar extradiciones y operaciones judiciales y podría debilitar la seguridad al permitir rearticulación criminal.
Lo que olvida don Federico es que, en Colombia, la política exterior y la relación con otros Estados es competencia del gobierno nacional (también se le olvida a Paloma Valencia); el hecho de que un alcalde contacte a otro país puede interpretarse como un puente paralelo; esto es, realmente, una desautorización del gobierno central o incluso una forma de internacionalizar un conflicto político interno.
No se puede ignorar que hay una tensión estructural entre el gobierno de Gustavo Petro y autoridades regionales, como Antioquia; que la, política de paz total genera divisiones y unos la ven como pragmática y otros como concesión peligrosa a estructuras criminales, de allí que la acción del alcalde sea un acto político de oposición, un mensaje a sectores internacionales o una forma de presionar cambios en la estrategia nacional.
Lo anterior es problemático si se entiende como ruptura de la cadena institucional del Estado y, también, porque busca, claramente, posicionarse frente al gobierno nacional. Este episodio revela algo más profundo en Colombia: la tensión entre negociar con estructuras criminales para reducir la violencia y mantener la lógica clásica de la persecución penal; el, gobierno apuesta por negociación, mientras actores como Fico enfatizan el riesgo de legitimar actores ilegales.
Una lógica distinta a la guerra contra el crimen: contener y transformar, no solo, perseguir; ¿para qué más policías sin inversión social?
Como decía mi abuela: “Federico no va a descansar hasta que sea presidente y nosotros no lo aguantamos de candidato eterno”.