Hay conflictos que parecen lejanos, casi ajenos, como si ocurrieran en un tablero distante donde las potencias mueven fichas sin tocar nuestras realidades cotidianas. Pero la historia —y la economía— enseñan lo contrario: cuando el mundo arde, países como Colombia terminan pagando la cuenta.
Una escalada militar de gran magnitud entre Estados Unidos e Irán no sería un episodio regional más. Sería un choque con capacidad de sacudir los cimientos del sistema económico global. Y Colombia, pese a su lejanía geográfica, no sería espectadora: sería, como tantas veces, receptora de sus efectos.
El primer impacto sería inmediato y tangible: el precio del petróleo. Basta con que se amenace la estabilidad del estrecho de Ormuz —por donde fluye una proporción sustancial del crudo mundial— para que los mercados reaccionen con nerviosismo. El resultado: combustibles más caros, transporte más costoso y, en cadena, una presión generalizada sobre los precios. En el caso concreto de Colombia ya hemos visto, en las últimas semanas, la escalada alcista del precio de los combustibles.
Para una economía como la colombiana, donde el costo del transporte permea prácticamente todos los bienes, esto significa inflación. No una inflación abstracta, sino concreta: alimentos más caros, tiquetes aéreos más altos, insumos importados que encarecen la producción nacional. En pocas palabras, el conflicto termina reflejándose en el bolsillo de cada ciudadano.
El segundo efecto es menos visible, pero igual de determinante: el financiero. En tiempos de incertidumbre global, los capitales buscan refugio en economías consideradas seguras. Eso suele fortalecer el dólar y debilitar monedas como el peso colombiano. La consecuencia es doble: por un lado, se encarecen las importaciones; por el otro, aumentan las presiones inflacionarias y se dificulta la reducción de tasas de interés.
En ese contexto, el margen de maniobra de las autoridades económicas se reduce. Controlar la inflación exige tasas altas, pero sostenerlas enfría el crecimiento. Es una tensión clásica que, en escenarios de crisis global, se vuelve aún más aguda. Flaco servicio presta nuestro ministro de Hacienda cuando, apenas comenzando los impactos de esta realidad, prefiere desconocer sus responsabilidades y, más bien, “echarle gasolina al fuego” de las confrontaciones.
Ahora bien, Colombia podría experimentar un efecto aparentemente favorable: mayores ingresos por exportaciones de petróleo. Un barril más caro implica más dólares entrando al país y, en teoría, un alivio para las finanzas públicas.
Pero ese beneficio es, en el mejor de los casos, parcial y transitorio. Porque si el conflicto escala lo suficiente como para elevar sostenidamente los precios del crudo, también lo hará a costa de un menor crecimiento global, mayores costos financieros y un deterioro del comercio internacional. Es decir, Colombia vendería su petróleo más caro… en un mundo que crece menos.
Y ahí reside la paradoja: lo que parece una oportunidad es, en realidad, un espejismo. El país no vive del petróleo en aislamiento; depende de una economía global dinámica, de flujos de inversión y de condiciones financieras estables. Cuando esas variables se deterioran, el efecto neto tiende a ser negativo.
A esto se suma un componente político y diplomático nada menor. Colombia, históricamente cercana a Estados Unidos (excepto en el gobierno actual), se vería enfrentada a la necesidad de equilibrar su posición internacional: respaldar principios como la estabilidad y la legalidad internacional, sin quedar atrapada en una lógica de alineamientos automáticos en medio de un conflicto de alta complejidad.
Pero más allá de las cifras, los mercados y la geopolítica, hay una reflexión de fondo que conviene no perder de vista. Este tipo de crisis revela, una vez más, la vulnerabilidad de economías como la nuestra frente a decisiones que se toman a miles de kilómetros. Dependemos de rutas marítimas que no controlamos, de precios que no fijamos y de conflictos que no provocamos.
En ese sentido, la lección es clara, aunque incómoda: la verdadera soberanía económica no se proclama, se construye. Diversificar la economía, fortalecer la producción interna, reducir dependencias críticas y consolidar instituciones sólidas no son consignas técnicas; son condiciones de supervivencia en un mundo cada vez más incierto.
Porque, al final, cuando el mundo arde, no basta con mirar desde lejos. Tarde o temprano, el humo también llega.
Un comentario
Muy oportunas, acertadas y actuales las opiniones de Hans.
En Colombia también subirá el petróleo, triste que ya no lo tengamos para vender a precios internacionales
Colombia también paga la cuenta de estas guerras