JAIRO BAENA QUINTERO
UN CLAMOR DE LA TIERRA.
Carlos Mazo, alma y paisaje
Prosa y poesía
Colección Literaria del Fondo Mixto
para la promoción de la cultura y las artes del Quindío
Volumen 16
Proyecto de edición:
J. Mario Baena Mejía
Ilustraciones:
Luis Ángel Henao
Fotografías:
Jairo Baena Quintero y Gustavo Quintero Villa
Litografía Luz, Calarcá, Quindío, Colombia.
Junio 1999
140 páginas.
Hay libros que no solo se leen. Son libros modestos. Libros relegados en algún escondrijo de alguna biblioteca pública o privada. Libros de modesta edición pueblerina, sin ínfulas de perdurabilidad histórica ni literaria pero que con el transcurso de los años se transforman en eslabones de futuras pesquisas estéticas y poéticas. Libros que, como este de Jairo Baena, Un clamor de la tierra, se desentierran, junto con sus autores, hoy por hoy, en el olvido. Decir Carlos Mazo(1895-1939) para las nuevas generaciones quindianas, igual que para generaciones anteriores a las cuales nada les enuncia este autor; y mencionar relaciones académicas, pedagógicas, culturales y artísticas de este errabundo personaje, con poetas y pueblos del Quindío en la década de 1930, es vagar por opacas y enterradas zonas del pasado. Un pretérito que el poeta montenegrino Jairo Baena desenterró, visibilizó para la literatura de nuestra región al rubricar la obra de un antioqueño que durante algunos años residió y sembró semillas poéticas en el Quindío.
Clamor de la tierra, que reúne prosa y poesía, pertenece a esa estirpe de obras actuando como una pala fina y delicada sobre la memoria cultural, rescatando del olvido voces que alguna vez fueron rumor vivo en la sensibilidad de un país. En este caso, la figura evocada es la del poeta antioqueño Carlos Mazo, quien, como tantos otros, conoció la intemperie del tiempo: celebrado en su hora, desvanecido en la posteridad inmediata. El libro es una puerta entreabierta hacia el pasado. No hay en sus páginas la pretensión de la biografía exhaustiva, ni del ensayo interpretativo, ni del estudio académico riguroso. Encontramos en él algo más raro y, acaso, más valioso: la aproximación afectiva, anecdótica, casi conversada, donde Baena Quintero reconstruye con pulso de cronista y oído de poeta, la presencia de Carlos Mazo en tierras quindianas. Este gesto inicial, el retrato breve e íntimo, funciona como una suerte de invocación. El poeta olvidado comienza a respirar de nuevo en la página.
La prosa evocadora de Baena Quintero es sobria, no seca. Atravesada por una nostalgia que no cae en el sentimentalismo, sino que se sostiene en la dignidad del recuerdo. Baena no idealiza en exceso a Mazo, pero tampoco lo reduce. Lo deja aparecer como figura humana, con sus luces, sus recorridos, su paso por una región que entonces también se estaba narrando a sí misma. Hay en esta memoria un doble movimiento. Mientras se perfila la figura del poeta, se dibuja también el paisaje cultural del Quindío en las décadas de 1930 y 1940. Territorio donde la palabra aún tenía resonancias de tertulia y de café, de fonda campesina. De imprenta artesanal. Vicente Giraldo, notable empresario quindiano, en su tipografía VIGIG, “le imprimió a Mazo, en 1934, un folleto poético titulado Alma y paisaje, sin costo alguno, como tributo de admiración al bardo antioqueño, cuyos poemas humanos conmovieron el corazón del ejemplar industrial quindiano”, reconoce Baena Quintero. Luego, el libro da paso a lo esencial: la poesía de Carlos Mazo. Y aquí ocurre el verdadero acto de justicia literaria. Porque más allá del gesto evocador, Baena Quintero nos ofrece un corpus significativo de textos que permiten al lector contemporáneo encontrarse directo con la voz de aquel poeta. No es un homenaje vacío. Es una restitución. Mazo habla por sí mismo a lo largo de 18 extensos poemas cuya temática y estilo, cuya forma comenzó a despegarse del tradicionalismo absoluto, dando paso a una mayor libertad creativa. Aunque persistía el tono romántico entre numerosos poetas, y los del Quindío por aquellos años no fueron ajenos a tal influencia nacional, entre ellos Carlos Mazo, adoptaron nuevas formas líricas y temáticas más libres reflejando la vida cultural de la época, con una mezcla de romanticismo, modernismo y tendencias neoclásicas.
La poesía de Mazo, leída hoy por hoy, puede sorprender por su filiación con ciertas corrientes líricas de su tiempo, pero también por destellos de singularidad que justifican su rescate. Hay en sus versos una tensión entre lo telúrico y lo íntimo, entre la tierra como símbolo y la emoción como impulso. Quizá por ello el título del libro no es casual: Clamor de la tierra, no solo alude a un paisaje físico sino a una voz emergiendo desde lo profundo, desde aquello que insiste en no desaparecer del todo. El valor del libro radica, entonces, en varios niveles. En lo histórico, constituye un documento que ilumina una zona poco transitada de la literatura quindiana, rescatando a un autor que tuvo presencia en su momento y que, sin embargo, no logró consolidarse en el canon dominante. En lo literario, ofrece una lectura doble: la prosa evocativa de Baena Quintero y los poemas de Mazo, generando un diálogo entre dos tiempos, dos sensibilidades, dos modos de entender la escritura.
Pero hay algo más: una ética de la memoria. En una época donde la velocidad de la información tiende a borrar cuanto no se actualiza constante, libros de esta categoría operan como actos de resistencia. Recordar es una forma de justicia. Y en este sentido, Baena Quintero no solo escribe: repara y recompone y devuelve con el fin de contribuir además a la historia de Montenegro y sus personajes, nativos o foráneos, cerca de un siglo atrás. El lector que se acerque a Clamor de la tierra, no encontrará una obra grandilocuente ni un aparato crítico complejo. Encontrará algo más esencial: la persistencia de la palabra. La huella de un poeta que caminó por el Quindío y dejó en él, acaso sin saberlo, un eco que décadas después otro poeta decide escuchar, convirtiendo el libro en un puente entre Antioquia y el Quindío, entre el pasado y el presente, entre el olvido y la memoria. Y en ese tránsito, la figura de Carlos Mazo deja de ser sombra difusa para recuperar, aunque sea por un instante luminoso, su condición de voz. Porque, al final, eso es cuanto queda: la voz que resiste y la palabra que vuelve y el clamor que no se extingue: “Después, tierra mía, que hubiese juntado/todos los tesoros que espléndida abarcas;/todos los perfumes, todos los sonidos,/todos los colores que opulenta guardas,/quisiera mi mente formar un poema,/un hondo poema de armonías raras”.
Un comentario
Una bella remembranza del autor del libro, de su época y del inmenso bardo Carlos Mazo