AMPARO BETANCOURT GÓMEZ
EL HADA ZERAFINA EN EL PAISAJE CAFETERO
Apidama Ediciones
Poemario
Carátula e ilustraciones interiores:
Miguel Ángel Pineda de la Pava
Bogotá septiembre de 2024
Diagramación:
Marcos Zamudio
54 páginas
“Dibujada entre los pétalos/ veo una niña muy bella, / una varita en sus manos, / brilla como una centella. / Es un hada pequeñita/como un capullo de flor, /teje cuentos con primor, /sale por la nochecita”. En el prólogo, Amparo Betancourt, quien recibió en 1996 el Premio Nacional a la mejor labor de promoción de la lectura, otorgado por Fundalectura, la escritora nacida en Armenia y psicóloga de la Universidad Católica de Colombia, afirma que este es un poemario dirigido “no solo a niños y niñas entre 8 y 12 años, sino a la familia, y a todas las personas que quieran conectarse con la naturaleza generando diálogos intergeneracionales en torno a la memoria y a los atributos de nuestro territorio”.
Es verdad. Amparo nos bosqueja en 20 descriptivos poemas, complementados en sus contenidos, personajes y lugares, fauna y vegetación, con atractivas ilustraciones que incorporan para mayor pedagogía geográfica y literaria, pormenores de nuestra región invitándonos a un recorrido sensorial por el esplendoroso y bello camino que conduce a la contemplación y recuperación literaria del paisaje quindiano y del ámbito cafetero a lo largo de tres capítulos. Canto al paisaje, seis poemas: Estrella de agua, La colina iluminada, Mara y Vélez, El río de La Vieja, Sueño con ser nube, Alzamos vuelo las dos. El segundo, Personajes pintorescos, siete poemas: La guadua Carisucia, El frailejón Teofrido, Mariposa Cristal, Mono Aullador, Brilla un fantasma, Un miedo en el cafetal, Las hijas del sol. Y la tercera sección, con los poemas: Los quimbayas, Cuenta el abuelo, Camino de los arrieros, El baúl de los juguetes, Danza de los sombreros, Aves peregrinas, Versos con aroma de café.
“En un frondoso guadual/creció una guadua muy alta, /pretenciosa y egoísta, /vanidosa se miraba/en un claro espejo de agua”.
Todo lo compendian estos títulos y estos poemas de fácil lectura, clásicos en su forma, de leves metáforas con cuyas imágenes puede encontrarse cualquier persona que recorra veredas del Quindío. De sonoras rimas cuyos versos, estrofas y ritmos pueden ser memorizados, cantados, coreados y recitados por niños de cualquier edad. En la mayoría de textos, predomina el cuarteto de musicalidad adaptable al movimiento de la copla, sin perder su belleza literaria dirigida a niños. El hada Zerafina en el paisaje cafetero es un pequeño jardín de palabras y versos nada forzados que nuestro inolvidable cronista y cuentista Euclides Jaramillo Arango habría saludado con emoción, donde la infancia aprende a mirar y a nombrar. En sus cuartetos breves, claros y musicales, reside una directa y sencilla, efectiva pedagogía sutil: enseñar sin imponer. Nombrar sin agotar el misterio puesto que cada poema es semilla que germina en la imaginación del niño, invitándolo a recorrer los caminos verdes del Quindío, a reconocer el susurro del cafetal, el vuelo leve de las aves y la paciencia antigua de la montaña. “El cacique gentil nos ha invitado/a beber chicha de maíz en su casa, /la más grande y lujosa del poblado, /al entrar, el pasmo nos sobrepasa”.
Aquí, la didáctica no es un discurso. Es una experiencia poética y visual sensible donde el ritmo de los versos acompasa la memoria. La rima se vuelve puente entre el juego y el conocimiento. Zerafina, quien no se describe en el libro; la cual, como gran parte de hadas es diáfana, evanescente e invisible, pero cuya presencia benéfica impregna cada verso de los poemas, se reconoce en las experiencias y la memoria, en la sensibilidad de la autora como figura luminosa que guía sin dictar y sugiere sin exigir, transformando el paisaje cultural cafetero en casa abierta y solariega donde historia, flora y la fauna dialogan con la curiosidad infantil. “Te invito a emprender un viaje/por el norte hasta el poniente, /somos parte del paisaje,/lluvia, brisa y sol naciente”.
El libro logra algo esencial: vincular el aprendizaje con el afecto por la tierra. En tiempos donde lo cercano suele diluirse, estos poemas devuelven al niño la pertenencia, el asombro por lo propio. Cada cuarteto es lección de identidad, forma de arraigo. Leer El hada Zerafina en el paisaje cafetero, es aprender a nombrar el mundo con ternura y precisión, como quien recoge granos de café al amanecer: uno a uno, con cuidado, con alegría, con sentido. “Si yo fuera un barranquero, /volaría hasta la montaña/y desde mi cueva anidada, /mi amor gritaría a los cuatro vientos”.