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¿Quién quiere ponerse un uniforme y servir al país?

27 marzo 2026 11:04 pm
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Durante décadas, miles de jóvenes respondieron sin dudar. No por necesidad, sino por convicción. Ser militar o policía no era simplemente un empleo; era una vocación profunda que implicaba proteger, liderar y representar al país con honor. Además, ofrecía estabilidad, orgullo familiar y una ruta legítima para construir futuro.

Esa fue, durante mucho tiempo, una de las expresiones más auténticas del compromiso con la nación. Sin embargo, ese significado se ha venido debilitando de manera progresiva. Y no porque hayan desaparecido las amenazas que hoy, por el contrario, son más complejas y desafiantes, sino porque el entorno en el que se ejerce el servicio se ha deteriorado.

La vocación de servicio sigue existiendo, pero la motivación se ha erosionado. Enfrentamos una contradicción que, como sociedad, debemos asumir con honestidad; exigimos seguridad, reclamamos mayor pie de fuerza, pero no todos estamos dispuestos a que nuestros propios hijos hagan parte de quienes la garantizan.

En muchos sectores, especialmente en los estratos más altos, el uniforme dejó de ser una aspiración. Allí, los estudios en el exterior o las conexiones adecuadas se convierten en el camino para evadir ese compromiso, delegándolo en otros. Mientras tanto, son jóvenes de contextos más humildes quienes continúan asumiendo esa responsabilidad, poniendo el cuerpo, el carácter y la convicción en escenarios de alta complejidad.

Hoy, cualquier procedimiento es puesto en duda. Se graba, se edita, se descontextualiza y se viraliza sin responsabilidad. Surgen señalamientos, burlas y, en muchos casos, agresiones físicas humillantes contra quienes cumplen su deber. La autoridad legítima se ha convertido en un blanco fácil.

A esto se suma una creciente sensación de abandono. No siempre existe un respaldo jurídico claro ni un apoyo social consistente. Quien actúa se expone; quien duda, también. En este escenario, ejercer autoridad no solo exige formación, sino una fortaleza personal extraordinaria.

Y, aun así, siguen ahí. Permanecen quienes han visto caer a sus compañeros, quienes enfrentan la indiferencia de una sociedad que exige seguridad, pero no siempre respeta a quienes la garantizan. Son quienes soportan la presión, el desgaste y, en ocasiones, la indolencia institucional.

Esta es otra realidad incómoda. Muchos de quienes hoy lideran y comandan estas instituciones, llamados a proteger la Constitución, a sus integrantes y a la sociedad en general, parecen más condicionados por las dinámicas políticas de turno que por el deber de fortalecerlas.

Un país no puede sostener su seguridad sobre discursos. La seguridad es una construcción colectiva que exige respeto, coherencia y responsabilidad. Implica respaldar a quienes integran las filas, dotarlos adecuadamente, garantizarles condiciones jurídicas claras y, sobre todo, dignificar su labor y hacerlos respetar.

Porque cuando un joven decide servir, está asumiendo riesgos que muchos no están dispuestos a enfrentar. Y si seguimos debilitando esa decisión, el problema no será únicamente la falta de uniformados… el verdadero problema será quién ocupará ese espacio.

*Máster en Gestión de Riesgos. Especialista en Seguridad.

www.kiavik.com

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