lunes 13 Abr 2026
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MONTAÑAS AZULES

12 marzo 2026 9:18 pm
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Desde la distancia, las montañas quindianas son inevitablemente azules: bajo el dosel de ese auténtico paisaje transcurre la novela de Juliana Gómez Nieto quien, desde hace unos años, decidió incursionar en este género como un preludio de los temas que iría a componer en ocasión posterior. Puede suponerse que el esfuerzo de experimentar comienza a darle frutos como en el más reciente relato, Nuestros dones, ganador del Premio Nacional de Novela Inédita 2025 con una obra que aborda la historia de una anciana que cuidó a su nieta siendo una niña y ésta cuida ahora de su querida abuela.[1]

Para iniciarse en el oficio, Juliana debió sentirse cerca de muchos autores tan distantes como Galdós o Stendhal, por decir lo menos, aunque he preferido relacionarla más con Hemingway porque la vitalidad de los primeros cinco relatos de Montañas Azules revelan un insuperable trabajo de diálogos cuya fórmula la veo extraña en los escritores de la actualidad. Es más, durante mi lectura a veces sentía que cada cuento parecía una diminuta obra de teatro y que, repito, encadenados todos ellos abordan una temática que ningún autor de estas lejanías se ha interesado recién bajo una modalidad similar.

Lo difícil, pero inevitable, era encontrar la etiqueta para esta novela corta: ¿es naturalismo o es realismo? La diferencia es tan sutil que parece mejor decir que Montañas Azules es un intento de narrar el terremoto de Armenia, en 1999, con la ayuda de varias voces: se trata pues un relato polifónico que bien merecería un escenario operático antes que unas expresiones terrígenas, apoyadas en la vivencia de unos protagonistas deambulando en medio de flashbacks y momentos propios que le confieren al libro la posibilidad de un buen rodaje fílmico entre los escombros y los voluntarios que suelen darle la mano a los sobrevivientes.

Es indudable la cantidad de pesquisas y hallazgos que soportan el contenido de esta novela con las montañas azules al fondo. Esos testimonios, unos propios, otros ajenos, permiten que las conversaciones se muevan por sí mismas –al contrario de Foster Wallace a quien es preciso leer dos o tres veces para hallar el significado a unas metáforas tan extensas como sus insolencias y descaros (y es más: sus notas al pie de página son tan extensas que se pueden amontonar para construir con ellas una nouvelle como pocas en la literatura norteamericana). La artesanía literaria de Juliana no da para tales excesos, sino para conformar un relato simultáneo de un desastre que aún deja huellas en la historia regional. Vale decir, se gesta así –con los diálogos asidos a la vida real– la prueba de un alegato narrativo y contra el olvido.

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