En Manizales hay despedidas que no hacen ruido, pero estremecen el alma colectiva en todo el Eje cafetero.
El cierre del voluntariado civil del Batallón Ayacucho no es simplemente el final de un grupo de mujeres; es el cierre de más de 30 años de servicio constante y profundamente humano hacia los soldados del Ejército Nacional de Colombia, que prestan servicio en todo el Eje cafetero.
Los aplausos nunca fueron necesarios. Ellas entendieron algo más profundo: que la verdadera transformación ocurre cuando la comunidad, los empresarios y las Fuerzas Militares trabajan en una articulación genuina. Comprendieron que esos puentes, construidos sobre la confianza y el respeto, forjan lazos inquebrantables que sostienen el tejido social del Eje Cafetero y fortalecen ciudades como Manizales, Pereira y Armenia, por supuesto que todos los demás municipios que integran los tres departamentos, donde el soldado está prestando su mejor servicio, logrando aportar con su vocación un granito más, para que vivir en este lugar sea lo más cercano al paraíso.
Y sí, que lo entendieron ellas. Entregaron todas sus capacidades, habilidades y destrezas para asegurarse que el soldado de Colombia estuviera en las mejores condiciones para cumplir su misión al menos bajo su resorte, en esta región que produce el mejor café para el mundo. Porque sabían que cuando el soldado está respaldado, la región prospera; cuando la seguridad se fortalece, el desarrollo florece.
En las comunidades militares, tradicionalmente, las mujeres han ocupado el lugar de esposas de oficiales, suboficiales y soldados. Es un entorno estructurado, con códigos propios, donde los roles en la acción social suelen estar claramente definidos. Por eso, abrir espacios disruptivos dentro de ese mundo —integrando mujeres civiles que también querían servir— no fue un gesto menor, fue un acto valiente que desafiaba mentalidades tradicionales en aquellas épocas y ahora.
Seguramente, hubo quienes entendieron de inmediato el valor de esa articulación. Otros necesitaron tiempo para comprender que las mujeres civiles también podían generar valor agregado sin necesidad de tener vínculos o relaciones sentimentales y esto se expandió a un nivel más allá del vínculo, transformándose en responsabilidad y patriotismo femenino, gestionar recursos, suplir necesidades y, sobre todo, llevar afecto y reconocimiento a los soldados, desde su propia autonomía, con estatutos propios, gestionando y trabajando sin rendir cuentas a coroneles de turno sino al soldado directamente. Con respeto y delicadeza, lograron entrelazarse con las esposas de quienes hacían parte del Batallón Ayacucho y demás batallones que componen la Octava Brigada, honrando el lugar que ocupan las damas de los batallones y todas las familias que conforman la gran familia del Ejército Nacional de Colombia. Lograron lo inimaginable armonía ciudadana.
En medio de décadas de ires y venires, trabajaron apoyando a comandantes receptivos y también a otros más escépticos. El voluntariado se sostuvo con prudencia, carácter y coherencia. Aprendieron que la gratitud también podía organizarse; que el amor a la patria no solo se expresa con discursos solemnes, sino con gestos concretos y cotidianos y lo más importante, aprendieron que no llevar el uniforme en cuerpo propio, no es impedimento para tener el corazón camuflado.
La líder de esta organización, es la señora Ángela María Gómez de Cárdenas, quien asumió la responsabilidad de guiar, fortalecer y proyectar ese voluntariado con ternura y firmeza. Desde el año 2000 se dedicó de lleno a una causa que había nacido formalmente en 1994, cuando Blanca Lucía Osorio de Palencia convocó a señoras de la sociedad de Manizales para acompañar a los jóvenes que prestaban servicio militar en la ciudad.
Lo que parecía un gesto sencillo terminó convirtiéndose en una lección institucional: cuando mujeres comprometidas se organizan con firme propósito y superan los desafíos entre la cortesía militar y la rigidez, transformar incluso los entornos más estructurados. Porque servir al soldado no divide; une. No invade espacios; los dignifica. Y demuestra que el liderazgo femenino, cuando nace de la convicción, construye patria desde el corazón.
No era protocolo. Era vocación. No era caridad. Era gratitud.
Quienes fuimos parte de la Octava Brigada sabemos que el soldado no solo necesita botas y fusil. Necesita sentirse visto, cariño, una figura de mamá cuando su madre la tiene lejos. Necesita saber que la comunidad a la que sirve lo reconoce y lo respalda. Detrás del uniforme hay muchachos con historias, con miedos, con sueños y con una profunda nostalgia de hogar. Y en medio de la disciplina y el deber, una palabra oportuna o una mano extendida puede significar más de lo que imaginamos.
La señora, Ángela lo entendió durante décadas. Gestionó ayudas, tocó puertas, convocó empresas, organizó campañas y acompañó celebraciones. Su última gran acción, en diciembre de 2025, fue invertir $35 millones en colchonetas para que los soldados descansaran mejor. Para algunos puede parecer un detalle logístico; para quien duerme lejos de su familia, es dignidad. Es decirle al soldado: gracias por cuidarnos, nosotros también cuidamos de ti. Fui testigo de las navidades calurosas que ocuparon espacios de las unidades de Ayacucho en el Biter 8, encendieron esperanza y también la planta eléctrica de un batallón que no contaba con ello.
Yo he pasado por esas labores de gestión para los soldados y sé lo que implican. He sentido el peso del “no” y la alegría del “sí”, hasta los bancos de alimentos nos cierran las puertas. Sé que se necesita carisma para convocar, vocación para persistir y corazón para no rendirse cuando el entusiasmo ajeno disminuye y la crítica de quienes no se levantan se hace sentir fuerte. Esto no es vivir de otros. Es prestar amor a otros. Es comprender que el servicio auténtico no busca beneficios personales, sino bienestar colectivo.
“Le cogí amor y cariño a los soldados”, dijo Ángela al despedirse. Pero el cariño fue mutuo. La comunidad militar sabe reconocer a quienes caminan a su lado sin buscar protagonismo. Los comandantes que respaldaron su gestión lo saben, las señoras de la comunidad militar lo saben. El capellán Óscar Humberto Manrique lo sabe. Las empresas que acompañaron la causa —EMAS, Luker, Celar, Toptec, Progel, Riduco, Mercaldas y el Comité de Ganaderos— lo saben. Sin embargo, quienes más van a sentir el frio de esta ausencia son los soldados que encontraron en esas mujeres un abrazo casi materno en medio de la exigencia del servicio y con gestiones que se traducían en: “Gracias por su servicio”
En tiempos en los que todo se anuncia, se exhibe o, peor aún, se exige —donde algunos pretenden entrar a la fuerza o desacreditar a los comandantes y sus equipos—, ellas supieron actuar con respeto y retirarse con la misma armonía. Este legado nos recuerda algo esencial: el servicio verdadero no siempre se ve, pero siempre deja huella.
Que Dios y la Patria las premie eternamente.
2 respuestas
Qué bonito reconocimiento a la gran Angela María Gómez y sus compañeras de obra. Más que merecidas. Dios les compensará su dedicación y saber ser. Muy lamentable que se acabe la fundación. Una gran felicitación para Angelita y sus socias de obra. Ya se ganaron parte del cielo 🙏🙏❤️❤️❤️❤️❤️
Maravilloso escrito De Reconocimiento a ese grupo de voluntarios especialmente Angela, que hicieron una gran labor por nuestros soldados. Que siempre están pendientes de defendernos muy merecido, todo lo que se haga con ellos y muchas felicitaciones al grupo de voluntarios que hizo una gran labor.