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Pico y placa: 3 - 4

HARAKIRI COLECTIVO

5 marzo 2026 11:14 pm
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Este domingo 8 de marzo, en tres días, 504,543 quindianos tendremos en nuestras manos un poder extraordinario: decidir quién nos representará en el Congreso de la República. Pero aquí está el problema: si se repite la tendencia histórica, apenas 250,000 votaremos, como máximo. Una minoría decidiendo por una mayoría ausente. Y eso no es solo estadística electoral: es peligroso para la democracia. Porque cuando más de la mitad renuncia a su voz, los que sí votan —muchas veces sin criterio, por clientelismo o conveniencia— terminan hipotecando el futuro de todos. En esa renuncia colectiva perdemos mucho más que una elección: perdemos nuestra dignidad democrática.

Estamos cansados, y entiendo el cansancio. Estamos hartos de las promesas incumplidas, de los cambios desteñidos, de las instituciones debilitadas. Pero aquí está la verdad incómoda: la democracia, aunque imperfecta, aunque a veces parezca un teatro cada vez peor actuado, es el único mecanismo civilizado que tenemos para ordenar este estado de cosas. Renunciar a ejercerla no es rebeldía ni protesta: es un harakiri colectivo. Es destruir voluntariamente el único instrumento que nos permite transformar sin violencia, decidir sin guerra, convivir sin autodestruirnos.

Digámoslo con franqueza: los partidos políticos perdieron su alma. Atrás quedaron las ideologías, las agendas coherentes, los debates de fondo. Hoy, «partido», «movimiento» o «alianza» -muchas inconsistentes- es solo mecánica electoral. Máquinas vacías que suman y restan basadas en el famoso umbral. Por eso, cuando los partidos no representan nada, lo único que queda es evaluar a las personas: sus trayectorias, sus causas, sus apuestas, sus ideas convertidas en acción. Si los colores partidistas se volvieron irrelevantes, entonces votemos por coherencia personal de quienes puedan hacer reales causas pertinentes para la sociedad quindiana.

Valorar el voto implica entender esto: cuando elegimos bien, no solo beneficiamos nuestra vida individual, sino el futuro de nuestros hijos, la calidad de nuestros hospitales, la infraestructura de nuestras vías, la educación en todos sus niveles con ciencia, tecnología e innovación. Cuando elegimos mal, hipotecamos años de desarrollo. Y lo hacemos conscientemente, porque en democracia no hay víctimas inocentes: solo hay consecuencias de nuestras propias decisiones.

La ciudadanía activa y responsable que tanto necesitamos no se construye automáticamente. Requiere esfuerzo, información, criterio, cultura política. Requiere preguntarnos: ¿Qué ha hecho este candidato antes de pedirme mi voto? ¿Sus propuestas son concretas o son retórica vacía? ¿Ha demostrado coherencia entre lo que dice y lo que hace? ¿Su trayectoria habla de servicio público o de interés personal? ¿Este candidato representa una renovación real en una estructura de poder? Estas preguntas incómodas son las que una ciudadanía madura debe hacerse. Y si no las hacemos, si votamos por inercia o por emociones manipuladas, entonces merecemos exactamente los gobernantes que tenemos.

Las anteriores son preguntas necesarias porque nos llevan a visualizar la política, incluso, no desde la ideología o el romanticismo, sino desde las posibilidades reales y concretas de transformación: quiénes tienen la capacidad y el deseo de incidir de forma determinante, porque su misma aspiración o candidatura ha sido -en una estructura de poder ya desgastada- una alternativa diferente o la otra versión, debido a factores como su juventud y sus propuestas.

Hemos normalizado la mediocridad política. Hemos aceptado que los candidatos prometan sin cumplir, que hablen de transparencia mientras operan en opacidad, que defiendan causas en campaña y las traicionen en el ejercicio del poder. Y lo peor: nos hemos acostumbrado. Por eso, restaurar las ideologías, los partidos con causas reales y la coherencia en la política no es un lujo intelectual es una urgencia democrática.

Este domingo 8 de marzo, los quindianos nuevamente tenemos una oportunidad. Podemos seguir votando como siempre hemos votado, reproduciendo las mismas prácticas que nos han traído hasta aquí. O podemos hacer un ejercicio diferente: votar con criterio, con responsabilidad, con dignidad. Votar pensando en el Quindío que queremos, no en el favor que nos deben. Votar por quien demuestre coherencia entre su discurso y su trayectoria. Votar como ciudadanos, no como clientes.

El poder del voto reside en nuestra capacidad de transformar realidades cuando lo ejercemos con consciencia. Pero ese poder se desvanece cuando lo regalamos, cuando lo vendemos, cuando lo ejercemos sin pensar. Que este 8 de marzo nuestro voto sea un acto de dignidad y no un harakiri colectivo. Porque el Quindío que merecemos no lo construirán los políticos. Lo construiremos nosotros eligiendo bien.

* Comunicador Social y Abogado Liberal – CEO de HIVE Lab Quindío

Un comentario

  1. Por que los billetes no piensan, ANDRÉS GUZMÁN es el mejor cambio para el QUINDÍO apoyemos sus ideas por un mejor vivir en el departamento 👌👍

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