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Entre el mandato y una apuesta política para Colombia

24 enero 2026 12:23 am
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La apuesta política que hoy vive Colombia no es una más en el calendario democrático. Se siente en la calle, en las conversaciones cotidianas, en la desconfianza acumulada y en la expectativa de quienes todavía creen que es posible un rumbo distinto. No solo elegimos nombres o partidos, elegimos una forma de entender el poder, la representación y el sentido mismo de lo público.

En medio de esta contienda, se multiplican los discursos que prometen cambios inmediatos y soluciones totales. Las palabras abundan, las imágenes se pulen, las consignas se repiten hasta volverse cómodas. Pero detrás de esa puesta en escena, la pregunta sigue siendo la misma: ¿Quiénes están realmente preparados para asumir el peso del mandato que el ciudadano entrega con su voto?

Aquí conviene detenernos en una diferencia que parece simple, pero que define la calidad de nuestra democracia; y me refiero a mandar, que no es lo mismo que tener un mandato. Mandar es ejercer autoridad desde el cargo; y tener un mandato es administrar lo que pertenece a todos por delegación del pueblo. El primero puede apoyarse en la fuerza del poder formal; el segundo se sostiene en la legitimidad que da la confianza ciudadana. Cuando esa distinción se pierde, el representante corre el riesgo de creerse propietario del Estado y no su administrador temporal.

El mandato no es un cheque en blanco, es un contrato moral y político que exige responsabilidad, transparencia y resultados. Es la obligación de rendir cuentas, de escuchar incluso a quienes no votaron por este candidato, de gobernar para la totalidad y no para una fracción. En esa lógica, la política deja de ser una carrera por la visibilidad y se convierte en un servicio que requiere formación, conocimiento técnico y una profunda comprensión de la realidad social que se pretende transformar.

En los últimos años, Colombia ha sido testigo de movimientos oscuros que han minado la confianza en las instituciones y en los liderazgos tradicionales, promesas incumplidas, cambios de bandera según la conveniencia, candidaturas que aparecen y desaparecen al ritmo de la coyuntura. Ese desgaste ha abierto, paradójicamente, una oportunidad, y es la de las nuevas opciones, los nuevos movimientos que buscan renovar la política desde la ética, los valores y el compromiso real.

Pero la renovación no puede ser solo estética. La verdadera alternativa debe venir acompañada de preparación, experiencia, propuestas claras y viables, además de una trayectoria que demuestre coherencia entre lo que se dice y lo que se hace, porque renovar la política es, ante todo, elevar su nivel sin llegar a rebajarlo a la lógica del espectáculo.

Este momento exige ciudadanos más críticos y candidatos más responsables. Exige que podamos ver más allá del eslogan, preguntar por los ¿cómo?, los ¿con qué? y los ¿para quién? Exige reconocer que el poder se recibe, se confía y se usa no para imponer, sino para servir.

Creemos en que esta apuesta política no se quede en la emoción del instante, sino. que se convierta en una decisión consciente, informada y valiente, porque en cada voto no solo se define una representación de nosotros como ciudadanos, se define la calidad de nuestro futuro común. Y en esa elección, el mandato que entregamos dice tanto de quienes nos representan como de quienes somos como sociedad.

*Máster en Gestión de Riesgos. Especialista en Seguridad.

www.kiavik.com

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