Asumir la música como un simple acto de entretenimiento sería un error. En sociedades donde existe la pobreza, migración y diferentes tipos de violencia, la música cumple una función profunda: narra lo que el Estado no alcanza a decir y sostiene la identidad del pueblo quienes pocas veces ocupan el centro del discurso oficial. En Colombia, la música popular ha sido durante décadas una expresión de dignidad colectiva, Las comunidades rurales y figuras como Yeison Jiménez encarnan ese relato del país, a través de su historia personal y la poesía que atraviesa sus canciones.
La reciente muerte del artista, para el Eje-cafetero y el país, contiene una magnitud de pérdida cultural como referente geopolítico que se exporta al mundo. Es, en esencia, un golpe al tejido social donde las narrativas de comunidades enteras se ven identificadas, describe sus vivencias con el tono que más las identifica.
Sus canciones describieron desamores, proyecciones personales y mensajes dirigidos al trabajo honesto y duro que proporciona dignidad y que también generan sentimientos contradictorios como la envidia, migraciones internas y/o al exterior, donde muchos colombianos se ven reflejados como en su tema el aventurero, que en un principio pareciera describir un espíritu libre, pero traducido a hechos reales es más bien el reflejo de la carencia económica que viven hombres y mujeres, carencia que los hace migran buscando mejores condiciones y lo logran, asimismo las premoniciones de descansar en paz como forma de mitigar el dolor de una sociedad que pierde a un ser querido, transformando incluso el concepto social de la muerte, sin lágrimas cerca de Dios, con el último beso de una madre. En su voz se reconocen miles de historias que no encuentran eco en los discursos institucionales y si en los cotidianos arraigados al sentimiento de pujanza de la sociedad cafetera.
Desde una perspectiva geopolítica, este fenómeno puede explicarse a través del concepto de soft power, desarrollado por el politólogo estadounidense Joseph S. Nye. Para Nye, el poder en el siglo XXI ya no se ejerce solo con ejércitos o coerción económica, sino mediante la capacidad de atraer, inspirar y legitimar valores a través de la cultura. La música, el cine y el arte se convierten así en instrumentos de influencia internacional y cohesión interna. Cuando Colombia exporta su música popular, no solo exporta sonidos: proyecta una imagen de país trabajador, resiliente y emocionalmente honesto que tiene valores dirigidos a la proyección exitosa de una sociedad concentrada en crear su propio desarrollo.
Esta idea se conecta con lo planteado décadas atrás por Antonio Gramsci, quien sostuvo que el poder no se impone únicamente por la fuerza, sino que se consolida cuando una visión del mundo logra convertirse en sentido común. La música popular cumple precisamente esa función: traduce la experiencia social en un lenguaje comprensible, legítimo y compartido. Allí donde el discurso político divide, las canciones unen.
Pierre Bourdieu aporta otra clave esencial al hablar de capital simbólico: ese reconocimiento social que otorga autoridad e influencia sin necesidad de cargos formales. Un cantante de música popular acumula capital simbólico cuando su voz es reconocida como auténtica por su comunidad. Por eso, la muerte de un artista como Yeison Jiménez no deja solo un vacío artístico, sino un silencio simbólico que afecta el autoestima colectivo del país.
La música popular, entonces, no es marginal ni secundaria. Es una forma de poder blando que dignifica, representa y posiciona a Colombia en el tablero cultural global como herramienta para exponer una cultura trabajadora y soñadora rica en transformación de recursos. Ignorar su valor es desconocer que la identidad nacional también se construye desde las canciones que acompañan la vida cotidiana, desde los pueblos, sus galerías, desde sus dificultades, por eso nuestro apoyo como sociedad debe ser inequívoco; donde los artistas tienen vidas que están trazadas por viajes y ausencias al servicio de su público y de nuestra nación.
Cuando una voz colombiana se apaga, el país pierde algo más que un artista: pierde un puente entre la emoción y la memoria histórica colectiva, entre la cultura y la nación. Y ese silencio, en términos geopolíticos, también cuenta.
Como ciudadana he acompañado a muchos artistas: he ahorrado para comprar sus boletos, he trasnochado disfrutando de su talento y he cantado sus canciones. Hoy quiero invitar a los cafeteros y a los colombianos a tener una conciencia más íntima sobre el apoyo que podemos brindar al arte, desde nuestros propios gustos.
Bibliografía
Nye, Joseph S.
Nye, J. S. (2004). Soft Power: The Means to Success in World Politics. New York: PublicAffairs.
Nye, J. S. (2011). The Future of Power. New York: PublicAffairs.
Gramsci, Antonio
Gramsci, A. (1971). Selections from the Prison Notebooks. New York: International Publishers.
Bourdieu, Pierre
Bourdieu, P. (1991). Language and Symbolic Power. Cambridge, MA: Harvard University Press.
* ABG. Magister en estrategia y Geopolítica