José Gustavo Hernández Castaño (*)
¿por qué no elegir títeres?
Hubo un tiempo —y muchos ciudadanos todavía lo recuerdan con una mezcla de orgullo y melancolía— en que Cambio Radical significó algo distinto en el Quindío. No era un aparato, no era una franquicia, no era una lista cerrada diseñada en una oficina. Era, para bien o para mal, un proyecto político con rostro, con votos reales y con liderazgo visible. Ese tiempo tuvo un nombre propio que aún despierta lealtades y nostalgias: Mario Londoño Arcila.
La incursión de Cambio Radical en la vida política regional, en el proceso electoral de 2006, no fue accidental ni producto de una casualidad estadística. Se dio de la mano de la imagen del exalcalde de Armenia, quien en ese mismo proceso alcanzó el Senado con la mayor votación registrada en el departamento. Los 30.085 votos obtenidos entonces para la Cámara de Representantes no cayeron del cielo ni fueron fruto de presiones o contratos: fueron arrastre político real, construido en el territorio, en la ciudad y en la confianza ciudadana. Quienes votaron entonces lo saben y lo dicen sin rodeos: no votaron por miedo, ni por dádivas, ni por obligación. Votaron porque creían que ese partido representaba una forma distinta de hacer política regional, más directa, más visible, más responsable. Había liderazgo, había relato, había expectativa. Eso no se compra ni se improvisa.
Durante algunos años, esa energía se sostuvo. En 2010 y, sobre todo, en 2014, cuando el partido alcanzó su pico histórico con más de 59.000 votos y dos curules en la Cámara, muchos ciudadanos creyeron que ese proyecto había llegado para quedarse. Que el liderazgo visible se transformaría en institución duradera. Que el poder conquistado con votos seguiría respondiendo a quienes lo habían entregado. Pero algo empezó a torcerse. Lentamente, sin estruendo, casi sin anuncio público. El liderazgo se fue diluyendo, las decisiones comenzaron a tomarse lejos del debate ciudadano y el partido, que había nacido con votos reales, empezó a comportarse como un aparato. Para muchos de sus antiguos seguidores, especialmente quienes acompañaron a Mario Londoño Arcila, el sentimiento fue claro: algo propio les había sido arrebatado. El partido que ayudaron a construir con su voto ya no les pertenecía. Había sido secuestrado.
A esta altura del proceso, muchos ciudadanos ya no miran siglas: miran marcas. Y en el caso de Cambio Radical, la marca que hoy se percibe no es la del partido, sino otra, más simple y más inquietante. Una marca que no se imprime en el tarjetón, pero se siente. Una marca que huele. No son tres mosqueteros. Son tres títeres. No llegaron juntos por épica ni por convicción; llegaron alineados por obediencia. No actúan por voluntad propia, sino porque su voluntad fue quebrada —o negociada— por el titiritero que mueve los hilos desde la sombra. Aquí no hay camaradería ni proyecto: hay docilidad.
En el imaginario ciudadano, los tres aparecen como figuras débiles de espíritu, negociantes antes que líderes, vendidos al mejor postor. Y el postor —así se murmura, así se percibe— es quien tiene secuestrado al partido. El nombre con el que se le conoce en la conversación cotidiana no necesita presentación: “Toto”. No como persona jurídica, sino como marca. Una marca que no inspira; repugna. Una marca que no convoca; ahuyenta. Una marca que no representa ideas; administra silencios.
No se trata de pruebas judiciales —eso corresponde a otros escenarios—, sino de algo igual de decisivo en política: la percepción social. Y esa percepción es clara: la marca “Toto” se asocia, se percibe, huele a lo que la ciudadanía identifica como corrupción. No hace falta decirlo en voz alta: cuando algo huele mal, la gente se tapa la nariz.
Los tres candidatos no tienen identidad propia. No hay rasgo, causa, idea o liderazgo que los distinga. Obedecen. No al partido —que ya no manda—, sino a la marca que los controla. No representan a Cambio Radical: representan a “Toto”. Y eso, para el elector, cambia todo.
Aquí está el punto que muchos ciudadanos ya entendieron y otros están empezando a entender: en estas elecciones no se vota un partido; se vota una lista. Y esa lista no tiene la marca Cambio Radical. Tiene otra. Quien vote esa lista no estará votando por un proyecto político, sino por un mecanismo de obediencia. No estará eligiendo un representante libre, sino un delegado secuestrado, destinado a obedecer a quien lo maneja con hilos invisibles. El cargo será público; la voluntad, privada.
Por eso la discusión ya no es ideológica. Es moral. ¿Debe representarnos alguien sin autonomía? ¿Debe legislar por el Quindío alguien cuya lealtad no está con los votantes? ¿Debe llegar al Congreso quien no puede decir no?
En la conversación ciudadana aparece una certeza incómoda: quien resulte elegido de esa lista no debería serlo, no por capricho, sino por falta de legitimidad. No llega libre; llega condicionado. No llega a deliberar; llega a obedecer. No llega a representar; llega a responder ante la marca que lo puso ahí. Eso genera fastidio. Y el fastidio, cuando se acumula, se vuelve repugnancia política. No contra un nombre aislado, sino contra un sistema que vende candidaturas y compra voluntades. Un sistema donde los líderes se alquilan y el financiador gobierna sin votos.
Este texto no pide adhesiones. Pide distancia. No convoca a un partido. Convoca a un acto de higiene democrática. Si la lista tiene marca “Toto”, si los candidatos obedecen a “Toto”, si el elegido responderá a “Toto”, entonces el voto —ese último espacio de dignidad— no debe ir allí.
No votar esa lista no es abstención: es castigo cívico. No es rabia: es repugnancia consciente. No es silencio: es decisión. Porque cuando un partido es secuestrado, cuando los líderes se venden, cuando el financiador manda sin votos, la única forma de romper los hilos es no mover el títere.
La memoria vota.
El fastidio vota.
La dignidad vota.
Y esta vez, votar en contra también es votar.
(*) Magister en Ciencias Políticas
Asesor en direccionamiento estratégico de campañas
Investigador en historia política y comportamiento electoral.
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