Edwin A. Vargas Bonilla *
Hace poco más de dos décadas frecuento, cada que puedo, la obra del maestro Libaniel Marulanda. La primera vez que entré en contacto con ella fue a través de la música. Una noche de principios de siglo, en medio de un evento académico realizado en una de las tantas fincas cafeteras convertidas en hoteles, me encontraba embebido en mi trabajo en la habitación asignada cuando escuché, a lo lejos, los tangos que emergían del acordeón de Libaniel cantados por Ana Patricia Collazos. Fue como si sonara la flauta de Hamelín: olvidé la tarea y busqué, curioso, la fuente del sonido. Recuerdo el brillante acordeón que respiraba en las habilidosas manos del músico y los poemas cantados a través de la voz y cuerpo de Ana Patricia, que hasta ese momento solo había escuchado en el transistor de mi padre cuando se afeitaba. “Así que esto es el tango”, pensé.
Recuerdo, también, haberle escuchado a alguien decir en esa reunión, vaso de canelazo envenenado en mano, que “la juventud es una enfermedad que se cura con el tiempo”. Puede que suene a lugar común, pero para un muchacho de esa época, doliente de tal enfermedad, una frase de esa naturaleza funciona como cápsula de realidad. Y el tango, como un oráculo, me lo estaba revelando: la vida es un cambalache en el que todo da igual, porque para el mamón no hay ley; los años pasan, y uno camina entre sombras hasta que le da por volver sobre sus pasos y darse cuenta que llegó la “sejuela”. Eso, hace más de veinte años, era una línea difusa que el tango ponía en el horizonte; hoy es el territorio en el que vivo. Así que, sin dudas, afirmo que la relación con el maestro Marulanda, desde el principio, es y ha sido literaria: porque el tango no es otra cosa que poesía cantada y bailada al son del dos por cuatro.
Luego vino la escritura. En el año 2007 Libaniel publicó Al son que me canten cuento, volumen que compila los relatos de su primer libro (La luna ladra en Marcelia, 1995) junto a otros cuentos inéditos, algunos de ellos finalistas y ganadores de distintos concursos literarios del país. A este tuve acceso, haciendo cuentas alegres, hacia el 2010: lo leí y, de inmediato, intuí en él un no sé qué: algo que me movía la aguja y me invitaba a releer con la risa contenida en el asombro. No sabía, en ese momento, qué era aquella impresión o como racionalizarla bajo la necesidad de entender. Hoy, con la perspectiva que dan los años, puedo decir que lo que me llamaba, como las sirenas a Ulises, era el excelso arte de la palabra pulimentada por la pluma de un talentoso artista.
Es que la narrativa de Libaniel Marulanda mezcla, de manera creativa y juguetona, el más alto rigor de la escritura con el humor, la ironía, la imaginación ilimitada y el rico diálogo entre una visión local de la cultura con un pensamiento de orden universal. Todo esto, comunicado vivamente a través de un trabajo consciente con la lengua, material básico que cuida todo escritor consagrado. Por ello, cuando se lee un cuento como “La silla vacía” (1999), que intencionalmente el autor pone en la página sin puntuación a fin de señalar la oralidad y el pensamiento de un narrador que cuenta las afugias del guerrillero más viejo del mundo, Tirofijo, luchando contra la bragueta que presiona su prepucio en la trastienda de la tarima en que lo espera el presidente de turno, a quien por supuesto deja metido, no queda sino hacer el ejercicio de adentrarse en esa voz para recrear en la mente la ficción que reinventa uno de los momentos memorables de la fallida historia reciente del país.
De ahí que resulte contradictorio que el intento de homenaje a semejante escritor, en el marco de la exposición “Rostros, Voces y Patrimonio” (diciembre de 2025), realizada en la nueva calle peatonal de Calarcá, que incluye una bella fotografía de la maestra Olga Lucía Jordán acompañada por un fragmento del cuento referido sin puntuación sea modificado, bajo la excusa del criterio editorial y la corrección lingüística, por quienes fungen de curadores de dicho evento. La explicación que se le da al maestro Marulanda ante su justo requerimiento no la puedo calificar sino de insulsa. Si la voluntad del artista es crear un relato sin puntuación con un fin comunicativo específico que suscriben sus lectores, no tiene por qué ser corregido bajo un academicismo pedante detrás del cual se asoma algo peor: un intento de corrección política y blanqueamiento cultural con el pretexto de que los turistas entiendan. Si hay curadores tan preocupados por las comas, éstos debieron buscar, entre la obra del maestro, uno de sus tantísimos pasajes de antología que cuenta con las comas perfectamente puestas en los incisos.
No dudo de la intención de reconocer al maestro y demás escritores tenidos en cuenta en la exposición por parte de sus organizadores, pero que uno de ellos exija el respeto por su texto debería ser tomado como señal que, si hay algo que corregir, no es la puntuación inexistente, sino ese complejo de ombliguismo intelectual que nos lleva a actuar creyendo que lo poquito bueno que tenemos siempre tiene alguna mácula que hay que limpiar para no quedar mal con los visitantes. Así que invito a quienes el maestro Marulanda llama sus “censores” a revisar, entre sus tantas crónicas escritas con el metro de las ciento cincuenta palabras por párrafo, o entre los muchos versos poéticamente elaborados para musicalizarlos con melodías compuestas por él mismo, o entre sus juguetones cuentos de ficción histórica e imaginativa, algún fragmento con los puntos y comas en su sitio, si les causa tanto sarpullido su ausencia.
Sí: en la obra del maestro Marulanda hay mucho de donde escoger un texto puntuado, pero también hay que decir que si la voluntad del autor es poner en su retablo uno de sus fragmentos sin puntuación, no veo por qué tenga que ser corregido. O, ¿qué pasaría si le corregimos la puntuación al Otoño del Patriarca o a Ulises? ¿Qué pasaría si le quitamos las eses de más a las canciones interpretadas por Héctor Lavoe? ¿No vemos en esa “incorrección” perfectamente orientada a la creación del sentido textual una de las marcas indelebles del arte? Ese complejo de ombliguismo intelectual nos lleva a creer, también, que lo propio es menos que lo que de afuera, porque lo de aquí es solamente local y, lo de allá, ampliamente universal. ¿Por qué Joyce puede escribir sin puntuación y Libaniel Marulanda no? ¿Es que el castellano de Libaniel es calarqueñuco y, por ende, menos que el de Gabo?
Qué no se solape la corrección política de la lengua tras la máscara de criterios curatoriales fallidos.
Desde La casa entre la niebla,
a 15 enero de 2026
*Edwin A. Vargas Bonilla, profesor del magisterio y de la Universidad del Quindío en las áreas de filosofía y literatura; profesional en filosofía y licenciado en Español y literatura de la UQ; magíster y doctor en literatura de la UTP.