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Los Árboles están muertos

17 enero 2026 12:59 am
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Árboles nativos y guadua fueron talados en el Parque del Café, en el municipio de Montenegro, Quindío. La intervención, de alto impacto ambiental, dejó troncos cortados y pérdida de cobertura vegetal en un predio de alto valor ecológico. Hasta el momento, no se conoce públicamente si la tala contó con autorización ambiental ni bajo qué condiciones fue permitida.

Hechos: “ 1) En el PARQUE DEL CAFÉ, ubicado en el departamento del Quindío, se realizó la tala de árboles nativos y guadua, constituyendo un arboricidio y una intervención ambiental de alto impacto…2) El parque del café es un predio perteneciente a la Federación Nacional de Cafeteros de Colombia…3) Como ciudadano tengo conocimiento directo de dicha intervención y cuento con pruebas fotográficas en las que se evidencia la tala de árboles nativos, observándose únicamente los troncos cortados y la perdida de cobertura vegetal…4) Debido a la magnitud de la intervención ambiental y al valor ecológico de los árboles nativos y la guadua, es necesario establecer si dicha actividad contó con la debida autorización ambiental y bajo qué condiciones fue permitida…”

Las pruebas: la foto abajo evidencia el árbol talado. Otros árboles fueron cubiertos con ramas, aparentemente con el propósito de ocultar la intervención realizada y minimizar el impacto visual de la tala.

Esta denuncia va acompañada de un derecho de petición dirigido a la Corporación Autónoma Regional del Quindío (CRQ), donde se le solicita “informar y entregar copia de las solicitudes presentadas por el parque del Café ante la CRQ para la tala de árboles nativos y guadua, indicando la fechas y números de radicado…”, y se le agrega otra solicitud a la CRQ: “…remitir copia íntegra de las autorizaciones, permisos, licencias o actos administrativos mediante los cuales la CRQ haya autorizado la tala de árboles nativos y guadua en el parque del café..”.

No hay que esperar mucho una respuesta por parte de la autoridad ambiental para concluir que se trató de un acto que, presuntamente, se justificará bajo la excusa de que se trataba de unos “árboles enfermos que, por su estado de salud, estaban generando riesgo para los que visitan el parque del café”. Ya es un libreto conocido. Este tipo de situaciones suelen resolverse con llamadas informales, acuerdos silenciosos y explicaciones complacientes, con el fin de cubrir el daño de la manera más “amigable”. La CRQ difícilmente se enfrentará a una entidad tan poderosa como el Parque del Café.

Lo grave no es solo la tala en sí, sino la naturalización de estas prácticas cuando quien interviene el territorio tiene poder económico e influencia institucional. Mientras al pequeño campesino se le persigue y sanciona por cortar un árbol sin permiso, a las grandes entidades se les permite actuar primero y justificar después. Esa doble moral ambiental deja en evidencia que la protección de la naturaleza no es igual para todos y que el discurso de conservación se diluye cuando entran en juego intereses económicos de gran escala.

Los árboles ya están muertos, o, mejor dicho, los mataron. Y no hay nada que podamos hacer para revivirlos. Quizás los sabios de la CRQ recomienden a la gerencia del Parque del Café “reponerlos con otros árboles la barbarie ecológica cometida”. O quizás haya una sanción económica, sanción que no les preocupa porque tienen con qué pagar. La lógica detrás de toda sanción que busca reparar los daños causados al ambiente termina reducida a una simple transacción monetaria.

Pero ningún dinero devuelve un árbol centenario, ninguna compensación reemplaza la pérdida de cobertura vegetal ni el daño causado a los ecosistemas que tardaron décadas en consolidarse. Reforestar no es sinónimo de reparar, y sembrar plántulas no borra el impacto ambiental ni la irresponsabilidad de quienes decidieron talar primero y responder después. Convertir la destrucción ambiental en un asunto contable es una forma más de trivializar el daño ecológico.

Esta denuncia no busca protagonismo ni confrontación gratuita. Busca que se esclarezca la verdad, que se conozca si existieron permisos, bajo qué criterios se otorgaron y quién responde por una intervención ambiental que hoy resulta irreversible. El silencio institucional y las respuestas evasivas solo profundizan la desconfianza ciudadana. Proteger el medio ambiente no puede ser un eslogan publicitario ni una fachada turística: debe ser una obligación real, incluso —y sobre todo— cuando los responsables son actores poderosos. De lo contrario, la tala de árboles seguirá ocurriendo a la sombra de la impunidad, mientras la naturaleza paga el precio más alto.

Esperamos la repuesta de la CRQ. 

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