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Pico y placa: 1 - 2

El peor policía del mundo

15 enero 2026 10:56 pm
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Mi nombre es Andrés Acosta Romero. Fui integrante de la Policía Nacional de Colombia por más de
una década. Durante mi permanencia en la institución siempre, en el fondo, supe que tarde o temprano me apartaría de las filas sin obtener la pensión. Escribí este libro por dos razones. La primera de ellas es poder representar, aunque sea en una pequeña parte, el diario vivir del policía y su rol en la sociedad; y la segunda, recordar que en un país en donde no hay ciudadanos ejemplares, no se pueden exigir policías integrales.

En estas memorias les narraré de manera honesta mi experiencia como agente de la seguridad en uno de los países más violentos y corruptos del mundo. Quiero contarles mi verdad, porque tengo la convicción de que con una cadena de verdades llegaremos algún día a encontrar la paz que hoy más necesitamos: la paz interior.

“El curso de patrullero duraba apenas un año. Yo consideraba insuficiente el tiempo para preparar a un policía en un país como el nuestro, pero en esa época estaba vigente el Plan Diez Mil del presidente Álvaro Uribe. El nombre lo indicaba, consistía en incorporar diez mil uniformados en un solo año para que hicieran cursos cortos de seis meses. Fuimos la carne de cañón de la política de Seguridad Democrática y la base de su éxito. En resumidas cuentas, se trataba de que miles de nuevos policías incrementaran el pie de fuerza, no solo en las grandes ciudades, sino también en aquellos pueblos saturados de guerrilla en los que antes nunca hubo presencia del Estado.

Otros fragmentos del libro

Algunos compañeros, además del fusil, llegaron con pica y pala en mano a los caseríos para construir estaciones y adecuar trincheras. Eran sitios remotos en donde cualquier noche se podrían meter los subversivos a disparar AK-47 y lanzar cilindros bomba. Eso éramos, unos lampiños que nos hicimos policías en un semestre. De uniforme colegial a uniforme policial, de muchacho de barrio a autoridad, de cuadernos a revólver, de andar a pie a conducir vehículos oficiales, de ser civil a ser nada más ni nada menos que funcionario público.

Esa política guerrerista que para la época muchos justificaron, no solo dejó cientos de policías muertos, sino también cientos de demandas contra la Nación que interpusieron los familiares. Una guerra que desangró familias y también el erario ”, página 23

“La consigna de los comandantes era «operatividad y más operatividad». Nos formaban en las mañanas cual robotcitos y nos leían las dichosas estadísticas que teníamos que cumplir mes por mes. Por más que me negaba a creerlo, funcionaban de manera inversa, la delincuencia no tenía que disminuir, sino aumentar. Los números no solo medían el promedio delictivo de la zona, sino también la productividad de cada comandante, es decir, el jueguito era el siguiente: cada vez que llegaba un nuevo comandante tenía que superar la operatividad del anterior, y este debía ser superado a su vez por el entrante.

En esa oportunidad el coronel Polonia tenía que superar al coronel Serrador. Esto se traducía en que debería haber más cantidad de droga incautada, más personas capturadas, más armas decomisadas, más comparendos de tránsito y así sucesivamente, y no disminuir los crímenes y contravenciones como cualquier ciudadano esperaría. Al pasar de los meses las cifras nos asustaban hasta a nosotros los policías. Sin importar el reto estadístico había que dar la cuota de operatividad exigida a cada grupo, de lo contrario, tendríamos anotaciones negativas en los folios de vida, nos alargarían el turno o, peor aún, perderíamos días de la franquicia.

Resultado de esa presión, la arbitrariedad empezó a ganar protagonismo. Salimos dispuestos a capturar a cualquiera que diera papaya. Las contravenciones las convertimos en delitos. Cargamos a los chirretes con droga. Hicimos incautaciones ficticias de papel, mezclamos marihuana con césped o estiércol seco de res para que pesara más, realizamos capturas ilegales, allanamientos y registros sin orden judicial. Fueron épocas en las que los delincuentes obraban mal y nosotros los policías también.

Pero más allá de la legalidad de los procedimientos capturamos a verdaderos expendedores e incautamos droga pura. Legalizamos las capturas con la alcahuetería de los fiscales. No nos importaban los derechos del capturado ni el tal habeas corpus, manteníamos personas retenidas hasta una semana en la estación. Todo esto me parecía confuso porque al final de la cacería de brujas caían verdaderos delincuentes, pero también pagaban justos por pecadores ” Página 62

“Todo iba desde arriba hacia abajo. El Congreso hacía leyes inútiles, los magistrados y jueces las aplicaban de manera injusta. Los fiscales investigaban ilegalmente y los policías procedíamos de forma arbitraria”. Página 74

“Entre mis amantes estaba Verónica. Estudiaba veterinaria en la Universidad Santo Tomás en Bogotá. Con ella tenía una relación que no pasaba de ser solo encuentros ocasionales. Una noche, después de que hicimos el amor, le pregunté si quería ser mi novia, ella con tono de madre, me dijo: Mira, Andrés, no es que tú seas un mal hombre, por el contrario, creo que eres diferente a los demás. Noto en ti inteligencia y aspiraciones y eso es un gran punto a favor, pero quiero serte sincera, esta relación es extraña, es como si llevara dos vidas, una en la universidad y otra acá en el pueblo. No te ofendas, pero yo no quiero ser novia de un policía. Entiéndeme que yo estoy sacando mi carrera adelante y cuando uno quiere progresar en todos los aspectos es necesario tener a
alguien que esté al mismo nivel de uno o a un nivel superior. Yo salgo con un ingeniero industrial. El otro año se va a hacer una maestría en los Estados Unidos. Tú tan solo eres un patrullero que apenas terminó bachillerato. Eso no quiere decir que no seas nadie, pero conmigo no Andrés, conmigo no.

Se vistió y se fue. Al final de todo concluí que ella tenía razón, me di cuenta de que transcurrían los años y al paso que iba yo no llegaría muy lejos”. Página 115

“En una reunión, el director de aviación manifestó su descontento por lo sucedido y prometió que iba a
investigar a fondo. Aunque, a decir verdad, lo que más le indignó no fue el ilícito de las rémoras voladoras, sino que el patrullero hubiera denunciado ante los medios de comunicación sin antes hacérselo saber a él. Pero cómo iba a hacerlo de otro modo si siempre que se denuncia corrupción a los mismos directivos dentro de la institución, todo se tapa y queda impune.

Los casos de control interno para altos oficiales se manejan por debajo de la mesa. «Archivos definitivos, fallos absolutorios o fallos inhibitorios». Todo era cuestión de tiempo, esperar a que pasara el escándalo y seguir como si nada y más bien mirar cómo obtener la próxima condecoración. Ese cuento de que la ropa sucia se lava en casa no aplicaba, la Policía es una institución pública y de esa forma deben ser expuestos sus actos. Todo esto terminó en darme la razón sobre la situación de la Policía, está contaminada, mal estructurada y necesita un revolcón. «Hermano, si no le gusta la Policía, pues pida la baja».

«En la Policía a uno le pagan no por lo que hace, sino por lo que dure». «Lo que a mi comandante le gusta, a mí me encanta». «Si su comandante dice que es negro, pues es negro». «En la Policía no se trata de hacer, sino de tramar». «Para durar en la Policía hay que estar en el montón». «No se queje, no juegue con la cucharita». Fueron algunas de las frases que escuché en las filas y que eran aceptadas o toleradas por la mayoría. La conformidad,
la alcahuetería y el temor reverencial imperaban”. Página 170

Sobre el escritor Andrés Acosta Romero

Villavicencio, 1980. Ingresó a la Policía Nacional de Colombia como patrullero en el año 2003 y se retiró de manera voluntaria como subintendente en 2016. Mientras vestía el uniforme, y después de cada turno, estudió Derecho en la Universidad Militar Nueva Granada. Su relación con la escritura inició con la redacción de artículos en revistas policiales. Participó en el Taller Distrital de Cuento Idartes y en el Taller de Novela de la Red Relata. En 2021 obtuvo la residencia literaria en Santa Marta, Guion Bajo; fue finalista en el concurso de microrrelatos
Bogotá en 100 palabras VI versión, y en 2023 ganó el concurso de cuento Julio Daniel Chaparro de Villavicencio. En 2022 publicó el libro de relatos Sala de espera.

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