domingo 8 Feb 2026
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Crónica: Nostalgias de acetato

Escrita por Carlos Fernando Gutiérrez Trujillo
12 enero 2026 10:50 pm
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I

La nostalgia, ese hogar del regreso. Estoy en el centro de Armenia. Me dirijo al negocio más espontáneo, informal y con una tradición singular para los melómanos: un local público, sin puertas, protocolos ni mobiliario. Un negocio de unas cuantas horas, pero que jamás cierra para los transeúntes. Allí no hay auxiliares, certificados de comercio, facturas ni IVA. Mucho menos avisos ni bienvenidas. Su publicidad es un pequeño muro donde expone, en orden espontáneo, su mercancía de nostalgia. El aviso más destacado son las carátulas descuidadas de ídolos pasados de moda.

Saludo a “Mechas”, el vendedor más legendario de discos de vinilo de la capital del Quindío. Esta vez tiene guardados tres discos de mi gusto: Joven y activo de Paul Anka, Selección de canciones de los Tres Reyes del sello RCA Víctor y Canciones a Latinoamérica de Los Chalchaleros. Me dice que hoy tiene música nueva: unas señoras de Sevilla (Valle) le trajeron acetatos de los años 70. La muestra con entusiasmo, pero solo me llevo estas pequeñas joyas musicales para soñar esta tarde.

II

Un día escuchas una canción en acetato y regresas a lo más común y universal que tenemos los humanos: la nostalgia. Suenan letras que ni siquiera recordabas, esa “insaciable sed de memorias” que describía León Tolstói. Con aquella melodía olvidada, volvemos a nuestro pasado. Regresamos a momentos sagrados cuando suena ese estribillo, aquella voz única que nos transporta a un lugar o momento inolvidable de la infancia o la juventud. Como decía Miguel de Unamuno: “Vuélveme a la edad bendita en que soñar es vivir”. Sonidos melódicos que no se pueden explicar con palabras, pero que, al sentirlos, nos regresan a paraísos perdidos que nos atarán para siempre a un pasado feliz.

III

Hace más de quince años que colecciono discos de vinilo. Es una paradoja: mientras tengo acceso a millones de canciones de forma ilimitada con un solo clic, elijo un disco en formato físico que tiene un número limitado de canciones, sin posibilidad de saltarse ninguna. Quizás, al elegir este tipo de música, estoy asistiendo al ritual primigenio de los primeros reproductores de sonido: encender el tocadiscos, sentir el disco al tacto y escuchar el roce de la aguja entre los surcos del vinilo. Esta ceremonia nos conecta con la nostalgia. Llegar a casa y elegir un disco de la Sonora Matancera o de Julio Jaramillo es sentir el ambiente de los bares y cantinas que veía, de niño, en los pueblos cafeteros de mi región. Al elegir un disco de acetato, asistimos a una experiencia tangible y profunda con la música.

Podría también enfatizar el valor de las carátulas de estos vinilos. Hoy, muchas de ellas son íconos que se han elevado al nivel de coleccionistas y melómanos. Las carátulas de los Beatles, Pink Floyd, los Rolling Stones, ídolos del jazz y grandes clásicos universales se han convertido en piezas sobrevaloradas y de gran valor económico.

Me encanta la ceremonia de escapar al frenesí de esta época y detener las prisas. Sentir que el tiempo se hace más pausado entre disco y disco. Escuchar estas piezas musicales requiere atención y escucha, cierta actitud melancólica. Detener el frenesí del presente y revivir un pasado habitado por saudades.

IV

El negocio de José Ever Serna, “Mechas”, empezó en una de las calles de la ciudad. Comenzó tomando fotos con una Canon 250. Tiempo después, el hijo de un fotógrafo reconocido le vendió un archivo de negativos y fotos de la antigua Armenia. En un andén de la calle 20, empezó a colocarlas a la vista del público. Con la novedad de estas imágenes vivió por un tiempo. Pero, al no tener más fotografías, su negocio decayó. Un día le dejaron un paquete de discos en acetato para revenderlos, y así comenzó su actual negocio. Su local de exhibición es el corto muro de un edificio esquinero; allí sus dueños lo aceptan con gentileza. Desde hace trece años abre su espontáneo local. Hoy es reconocido por los demás comerciantes y los habituales transeúntes que aprecian su arte y dedicación a esta cultura de la nostalgia.

El gusto por la música antigua es parte de su pasión; la valora “por sus letras hermosas y sus melodías”. Rechaza la música popular y urbana de hoy por su vulgaridad y sus mensajes de violencia. A pesar de tener una amplia colección de boleros, tangos y baladas de los años 60 y 70, prefiere los clásicos del rock como Super Tramp, Kiss, Rolling Stones, Queen, Pink Floyd, Air Supply y los Beatles. Sabe que muchos jóvenes vienen a comprar discos de salsa clásica y rock de las bandas clásicas. Pero estas piezas son escasas y costosas porque los coleccionistas no se desprenden de ellas.

La mayoría de sus discos los adquiere de personas que llegan a dejarlos porque están “encartados con ellos” o no tienen espacio en sus casas. También viaja a pueblos cercanos por recomendaciones de compra. Sabe que sus clientes “vienen por la nostalgia del disco físico. Mucha gente culta está pensando en esta música por las letras y su significado; vienen por el recuerdo, por añorar los lugares de su infancia y juventud”. Con orgullo dice que este oficio del rebusque le “enseña a ser culto”.

V

Alguien llega a su casa, enciende el tocadiscos y escoge, al azar, un álbum de son cubano o baladas de Air Supply. Escucha esa canción que no recordaba, pero que conoce demasiado bien. Se trata de una melodía que sonaba sin parar aquel año en que se enamoró. Recuerdos de noches de rumba en aquellos años de universidad o con viejos compañeros de oficina. Bien lo decía Óscar Wilde: “El arte de la música es el más cercano a las lágrimas y los recuerdos”. Las canciones nos llevan al lenguaje más universal de las emociones. Una expresión que no se puede explicar, pero que se vive en un silencio interior, en nostalgias por lo que se extraña y quizás no regrese.

Vivimos tiempos frenéticos, con formatos digitales y electrónicos que cambian sin cesar. Todo se vuelve anacrónico por el consumo desmedido; con un clic puedo acceder a la totalidad de lo digital. Ante este incesante progreso, este ritual del vinilo se ha convertido en un acto de resistencia cultural. Esta ceremonia física, tangible y personal de sentir la calidez del acetato, apreciar la carátula del artista favorito, contemplar su rostro inmortal, su atuendo anticuado y escuchar su voz sin envejecer, es una conexión única con el pasado. Escuchar cómo cruje la aguja en el redondel de los surcos del vinilo es, quizás, una experiencia de inmersión única y romántica para estos tiempos en que los objetos se usan y se tiran al poco tiempo. Neil Young, el gran solitario del rock, dijo sobre el disco en vinilo: “Captura el alma de la música de una manera que ningún otro formato puede lograr”. El tocadiscos nos permite oír un pasado, evocar épocas en que fuimos felices y no lo sabíamos. En una época de dispositivos y entidades sin rostro, de multinacionales que expenden entretenimiento masivo, hacer esa pausa y concentrarnos en esta esencia es reencontrar una espiritualidad personal. Entre las letras de esa vieja canción que suena en nuestro presente, encontramos un pasado que niega su rostro.

VI

Miguel de Unamuno, implorando a Dios, le decía: “Vuélveme a la edad bendita en que vivir es soñar”. En muchos de los discos de mi colección descubro nombres de personas, dedicatorias de amor, despedidas con dolor, fechas y lugares. Firmas y nombres para demarcar una efímera propiedad en el tiempo. Algunos con nombres de antiguos bares y tabernas, quizás hoy inexistentes. Pienso en las historias de cada disco. De quién prometió un amor para siempre. De quién lloró por una pena o rompió un alma. De quién se sintió inmortal en un abrazo y dedicó una canción. Cuántas almas y sombras habitan en estas caligrafías que buscaban permanecer y hoy no están. Es bello y nostálgico pensar en el envés de estas carátulas, en las huellas de recuerdos que las acompañaron.

Al dejar rodar la aguja sobre el disco, estoy dialogando con una o dos generaciones de melómanos anteriores. Me encuentro en un espacio íntimo que conecta con mis años de juventud. Al bajar el brazo de la aguja lectora sobre el acetato, evoco mi niñez en los bares de mi pueblo, mientras sonaban tangos de arrabal y música de carrilera. Allí, entre cafés, billares y canciones montañeras, la nostalgia de lo atemporal me salva del frenesí actual.

VII

Aliosha, un personaje de Los hermanos Karamázov, decía que lo esencial que podía dársele a una persona en su infancia era “un recuerdo sagrado”. Una evocación de un tiempo feliz. Hoy, cuando los dispositivos reproducen infinitas músicas, cuando el frenesí de las tecnologías trae cambios cada vez más radicales, cuando nadie puede predecir hacia dónde nos llevará esta apuesta sin límite de lo digital, encontrarme de nuevo con José Ever y su colección anárquica de discos, puestos en su improvisado local, me detiene en una memoria más atemporal. Ver y tocar estos vinilos me lleva hacia una forma de vida que se niega a desaparecer, a consumir y desechar. Estos objetos físicos me recuerdan que el pasado está escrito para ser ese camino que nos iluminará en los años de oscuridad, para conectarnos con esas memorias que se niegan al olvido.

En un lugar cualquiera, un joven estará acariciando una antigua carátula de Pink Floyd, o una chica contemplará el rostro eterno de Roberto Carlos, mientras piensa en los primeros amores de su madre o su abuela. Así son estas nostalgias de la música en acetato.

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