Faber Bedoya Cadena
Si había algo en la vida, digno de destacar en épocas lejanas, era estrenar, tener algo nuevo con nosotros, era una dicha muy grande. Por insignificante que fuera, perdón, no había nada despreciable, desechable, mínimo, todo tenía mucho significado, reutilizable, “esto sirve hasta cuando se acaba”, era perdurable, aguantaba el uso y el abuso. La ropa, se remendaba, los cuellos de las camisas se volteaban, las medias se remallaban o zurcían, a los pantalones se les alargaba el ruedo, los zapatos se remontaban, los pocillos tenían portillos, despicados, lo mismo los platos. Los menores heredaban muchas cosas de los mayores, en mi caso fui afortunado, soy el primer hijo, nieto, sobrino, privilegiado, o sea, lo que me ponía era nuevo. Lleno de amor y atención prodigada por abuelos paternos, cuatro tíos, dos tías y los trabajadores de la finca.
Aprendimos a cuidar las cosas, enseres, y objetos de la casa. A pesar de ser tan finos éramos en extremo cuidadosos, el uniforme lo doblábamos, lo metíamos debajo del colchón o detrás de la nevera para que mantuviera planchado. Era tanto el esmero por la ropa, que una vez me rompí la “espinilla” de la pierna, y mi papá me regañó, porque rompí el pantalón.
El orden y la pulcritud constituían pilares de nuestro comportamiento, sustento de la urbanidad, e importante signo de madurez física y emocional. Ya en bachillerato nos dimos el lujo de ser desordenados, pues teníamos empleada del servicio entonces creíamos que esas eran obligaciones de ella y no nuestras. Mi hermana si fue exageradamente ordenada y ella nos llamaba la atención todos los días.
Todas esas normas aprendidas en la casa nos proporcionaron herramientas útiles para enfrentar la dura realidad de estudiante alejado del “hotel mamá”, y conformaron nuestro equipaje para poder decirle a la vida, presente y siempre combatiente como profesional, y me moldearon como jefe de hogar para poder enseñar y formar con el ejemplo.
A nosotros siempre nos parecían muy duras las exigencias paternas, hasta exageradas, y las de la escuela, esos maestros tan rígidos y estrictos, serios, lejanos, el colegio tan impersonal y en la universidad éramos, un código. Para después compararlas con lasnormas de la vida en comunidad, eran pálido reflejo, no eran ni parecidas, en nuestra época era bien difíciles. Todos queríamos superarnos, salir adelante, y veíamos como se rezagaban muchos, desertaban, “fracasaban” en los estudios y después nos los encontrábamos triunfando en otros estadios de la sociedad. Se dio muchas veces el caso, que terminábamos siendo empleados de aquellos que no terminaron estudios. Actualmente se destaca, como algo notable, el no haber terminado estudios universitarios, y triunfar hasta llegar a ser de los hombres más ricos del país o del mundo.
Un hito en nuestra vida era iniciar las labores estudiantiles, precisamente este mes, se inicia el año escolar, antes, todo era expectativa, ansiedad juvenil, sentíamos tristeza de dejar la casa, los niños lloraban al entrar al colegio, casi nos los despegan de la falda de la mamá. Fueron dos épocas muy diferentes, la de estudiantes, todo estricto, sencillo, uniforme, tranquilo, como dijeran los profesores y los padres, nuestra misión era estudiar, rendir, nada de ir a la escuela o colegio a “calentar banca”. Ya de padres, muy diferente, los niños estudiaron preescolar, y transición. La lista de útiles incluía hasta papel higiénico, fueron dignas de muchas crónicas esas famosos peticiones de los colegios. Sobrevivimos. En primaria la misma historia, pero en bachillerato, esos jóvenes iban al colegio con un morral cargado de libros pesados, y otros utensilios para estudiar, ya no me acuerdo de tantas cosas que le cargué a David, para coger la ruta del bus para el colegio. Todo de marca, nuevo, pero él era, es, extremadamente juicioso y sus cuadernos y libros servían para siguientes alumnos.
Estoy hablando de la década del 70 al 80, porque el hijo menor, ya en la década del 90, fue todo lo contrario, sus compañeros eran descomplicados, sencillos, tranquilos, y así formaron a sus profesores. Nada les quedaba grande, todo lo podía hacer, todos tenían sobrenombre. El profesor director de grupo dijo en una reunión de padres, que el grupo se dividía en buenos, regulares y malos, y los padres estuvimos de acuerdo, que no fuera a nombrar los buenos, que con seguridad nuestros hijos no estaban en esa lista, esos “muérganos” eran de regulares para abajo. Solo había uno muy bueno “el gringo”, los demás regulares, gracias. Sobrevivimos, padres e hijos.
El primer día de clases era lo máximo, la clausura una incógnita, pero en los últimos años ya sabíamos cómo le iba durante el año, con eso de los logros no había problema, todo se podía acordar, deber logros, seguir y después cursar lo no aprobado, eso fue un despelote, pero fuimos bachilleres y hasta obtuvo mi hijo una medalla, por perseverancia, pues estuvimos desde primero hasta once.
En todos los niveles de la educación, iniciar labores escolares es un placer académico, reservado solo para espíritus nobles y con ansias de superación. Y cómo será hoy con tanta tecnología y modernismo. Y para acabar de completar somos tan veteranos, que ya nuestros nietos son de bachillerato o universitarios, o sea que no tenemos como asomarnos a un preescolar y menos a un colegio o universidad.
Este año me matriculo en la Universidad para Mayores, presencial, o hago un curso en el Sena, porque el dueño del aviso existencial, Dios, me renovó por un día más mi licencia para vivir y me lo voy a gastar estudiando, quiero volver a vivir el primer día de clases. Él cree mucho en mí.