En 2013 se iniciaron los diálogos entre el gobierno de Pakistán y el entonces primer ministro chino, Li Keqiang, con el interés compartido de poner en marcha el megaproyecto denominado “Corredor Económico China-Pakistán”. Ambas naciones consideraron prioritaria esta iniciativa porque les permitiría avanzar hacia una mayor independencia estratégica frente a otras potencias, en especial con relación a los Estados Unidos de Norteamérica. No se trataba únicamente de una apuesta económica, sino de una decisión geopolítica orientada a redefinir su posición en el orden mundial.
No es simplemente un “corredor económico”; es un proyecto concebido para garantizar soberanía a China y Pakistán. Así lo explica Noam Chomsky en su libro ¿Quién domina el mundo?, cuando señala que dentro del plan se incluye “un elemento del plan es una autopista a través de algunas de las montañas más altas del mundo hasta el nuevo puerto paquistaní de Gwadar, desarrollado por China, que protegerá los envíos de petróleo de una potencial interferencia de Estados Unidos…”. Este tipo de infraestructura no solo asegura rutas comerciales, sino que reduce la dependencia de corredores controlados por potencias rivales.
Surge entonces una pregunta: ¿por qué Washington no invade a China o no acusa a sus ciudadanos de narcoterroristas, como suele hacerlo con otros países? La respuesta es evidente. China es una superpotencia que ha concentrado sus esfuerzos en el fortalecimiento de su economía, construyendo alianzas comerciales en todos los continentes. Nadie se atreve a confrontarla directamente porque está profundamente integrada en el sistema económico global. Mientras tanto, la nueva Ruta de la Seda se extiende por el mundo, consolidando la influencia china, al tiempo que Estados Unidos busca desesperadamente golpear a países pequeños y débiles, ricos en recursos naturales, pero carentes de la tecnología y la infraestructura necesarias para aprovecharlos plenamente.
China, incluso, como lo expone Chomsky en su libro “Resistencia”, ha impulsado mecanismos de integración alternativos: “…La Iniciativa del Cinturón y la Ruta surgió a partir de la llamada Organización de Cooperación de Shanghái, creada por China hace unos años. Incluye estados de Asia central, Rusia, Pakistán y la India; se excluyó a Estados Unidos, que pidió formar parte como observador, pero fue rechazado…”. Este hecho resulta clave para entender la reacción de Washington, que ve amenazada su histórica hegemonía.
Desde entonces, Estados Unidos no propone una invasión directa a China, sino una guerra económica. Al gobierno norteamericano, independientemente de si lo preside un demócrata o un republicano, le incomoda profundamente que las naciones logren niveles de independencia económica que escapen a su control. Las sanciones, los bloqueos y las presiones financieras se convierten así en armas tan eficaces como las militares.
La historia de los gobiernos norteamericanos frente a los países que han sido invadidos con el objetivo de apoderarse de reservas petroleras ofrece numerosos ejemplos. Lo ocurrido recientemente con Venezuela no debería sorprender. Las intenciones de Washington hacia América Latina son claras: ejercer dominio sobre la riqueza natural de los pueblos del sur. En otro libro de Chomsky, que durante un tiempo fue censurado, titulado “Porque lo decimos nosotros”, se advierte que “los latinoamericanos no necesitan leer lo que se escribe en las universidades y los laboratorios de ideas norteamericanos para darse cuenta de que Washington apoya la democracia si, y solo si, esta se conforma a sus propios objetivos estratégicos y económicos…”.
Para ellos, la democracia en los pueblos del sur es legítima únicamente cuando se ajusta a sus intereses; de lo contrario, se convierte en una amenaza para la Casa Blanca. Los países herederos del ideario de Bolívar que se apartan de esa lógica son silenciosamente desestabilizados. La vieja táctica de acusar a una nación de comunista ya no resulta tan efectiva; hoy, la estrategia preferida es etiquetarlos como colaboradores del “narcotráfico”, una calificación que se eleva al máximo nivel de alarma al considerarse un asunto de “seguridad nacional”. Cuando se combinan ambas acusaciones —comunismo y narcotráfico—, consideran que cuentan con los argumentos suficientes para intervenir. La operación extracción.
Vuelve Chomsky y afirma que “América Latina tiene una riqueza enorme, pero esta está muy concentrada en una élite reducida, mayormente europeizada y blanca, que coexiste junto a una pobreza y una miseria masiva. Ahora se está intentando comenzar a lidiar con ese problema, una iniciativa importante que, además de constituir una forma más de integración, está haciendo que América Latina se aparte un tanto del tradicional control estadounidense…”. Esta afirmación revela por qué cualquier intento de transformación estructural en la región despierta inmediatas reacciones externas.
Cuando Chomsky se pregunta ¿Quién domina el mundo?, en realidad nos está invitando a reflexionar sobre quién es el verdadero dueño de los recursos naturales del planeta. En ese contexto, cabe preguntarse: ¿es posible que el gobierno norteamericano invada a Colombia? La respuesta es inquietante: sí, en cualquier momento podría hacerlo. Colombia es un país débil, no solo en términos militares, sino también en su limitada capacidad para desarrollar alta tecnología y un verdadero proceso de industrialización. Mientras otras naciones construyen nuevas rutas de la seda, nosotros seguimos atrapados entre vías rurales sin pavimentar, escuelas sin internet y una dependencia estructural que nos deja expuestos a los intereses de las grandes potencias.
Y más que limitaciones económicas, lo que realmente nos invade es una incapacidad mental que nos vuelve cada vez más pobres y vulnerables. No es solo la falta de recursos, es la ausencia de visión, de planeación y de responsabilidad con lo público. Basta con mirar el caso del municipio de Quimbaya y de Montenegro: ¿hasta cuándo van a permanecer inconclusas las galerías que durante los gobiernos de los exalcaldes Daniel Mauricio Restrepo y Abelardo Castaño fueron destruidas, dejando a decenas de familias, que subsisten de pequeños negocios, en las más lamentables condiciones? La pobreza no siempre llega desde afuera; muchas veces se construye desde adentro, con decisiones irresponsables que condenan a los más débiles al abandono y al olvido.