Hace medio siglo –el 5 de enero de 1976– murió en el Hospital Militar de Bogotá, a la edad de 63 años, el general Jaime Polanía Puyo, héroe de Corea. Su muerte temprana, causada por repentina enfermedad, constituyó inmensa pérdida para el país. Entre 1951 y 1953 fue el primer comandante del Batallón Colombia, y con ese carácter dirigió la Operación Nómada.
El contingente que dirigía avanzaba en conquista de un cerro estratégico, y no obstante ser herido de gravedad, animó al grupo a redoblar esfuerzos para dominar el terreno, con él a la cabeza. Bañado en sangre, clavó en la altura de la montaña la bandera de Colombia, hazaña que se convirtió en uno de los sucesos más resonantes de la guerra de Corea.
En aquel país fue construido un museo en honor de los combatientes, siendo Colombia la única nación latinoamericana que participó en la contienda con un batallón de infantería y una fragata. En 1954, el prestigioso general fue nombrado representante de Colombia en la conferencia política de Ginebra. Toda su carrera estuvo marcada por la notoriedad. García Márquez hace especial mención sobre él en sus memorias inconclusas, Vivir para contarla (2002).
Nació en Garzón, Huila, el 24 de noviembre de 1912, y apenas de 20 años actuó en el conflicto colombo-peruano, donde se distinguió por su capacidad de liderazgo y estrategia. Fue agregado militar en la embajada ante Estados Unidos, delegado del país ante la Junta Interamericana de Defensa y jefe de la misma delegación, y gobernador del Valle, entre otras dignidades.
Por sus brillantes actos se hizo merecedor de numerosas preseas, entre ellas la Orden de Boyacá, en el grado de comendador. El presidente Truman lo exaltó con la Estrella de Plata, por “extraordinario heroísmo”, y la Legión del Mérito con los dos galardones más altos que otorga Estados Unidos a oficiales extranjeros. Como estudioso de la historia colombiana y de la vida militar, disciplinas que lo apasionaban y lo hacían sobresalir como profesional ilustrado, fue autor de varios textos sobre tales materias, y como consecuencia lógica, fue elegido miembro de la Academia Colombiana de Historia.
Ya en la época del retiro, se sintió atraído por la agricultura y la minería, y se fue a vivir a Armenia. Era frecuente verlo rodeado de altos funcionarios públicos que por gestión suya adelantaban estudios sobre yacimientos de la zona de Salento. Hombre sencillo, simpático y cordial, pronto se ganó en el Quindío el cariño de la gente. Se integró al ámbito regional como un habitante más y se hizo notar como la persona dinámica que siempre había sido, ahora vinculado a campañas cívicas y labores progresistas de la tierra cafetera.
Allí entablamos estrecha amistad que compartimos con Gracielita, su esposa –como la conocíamos por su gracia y amabilidad–, lo mismo que con su hija Magda. Lo llamé al Hospital Militar a saludarlo en la Navidad de 1975, y aunque fui advertido de que no era fácil pasarlo al teléfono, al fin lo conseguí. Estaba eufórico y optimista, y me dijo que pronto nos veríamos en el Quindío. Pocos días después quedé consternado con su muerte súbita.