El concepto mismo de poder político, puesto en práctica, ha sufrido profundas mutaciones a lo largo de la historia. Se acabó el ideal de las buenas intenciones que animaba a la política de la antigua Grecia, aquella que se pensaba como un ejercicio racional orientado al bien común. Sin embargo, incluso ese modelo originario estaba lejos de ser justo. La democracia griega tenía defectos estructurales graves: el “bien común” se definía de manera excluyente. Quedaban por fuera del debate político quienes eran considerados carentes de la “fuerza mental” necesaria, entre ellos las mujeres, los esclavos y los extranjeros. El poder, incluso en su forma más idealizada, nació marcado por la exclusión y la jerarquía.
Quienes llevaron a juicio a Sócrates y lo condenaron a muerte sin pruebas suficientes no actuaron en nombre de la justicia. Más bien, experimentaron el placer del poder político cuando este interfiere y se impone sobre las decisiones judiciales. No castigaron una culpa, sino una diferencia. Nietzsche identificó ese tipo de placer en La gaya ciencia, cuando afirma que “haciendo bien o haciendo mal ejercitamos nuestra potencia sobre los demás, y con eso nos contentamos…” (aforismo §13). La potencia, como advierte el filósofo, no se ejerce sobre las cosas, sino sobre los otros. El poder político no actúa sobre una piedra ni sobre un objeto inerte: actúa sobre cuerpos humanos, sobre voluntades, sobre conciencias.
Podemos afirmar entonces que el poder político es una potencia en busca de satisfacción personal. Cuando Nietzsche dice “y con eso nos contentamos”, deja ver el goce oculto del dominador. El político ríe ante un estado general incauto. El sujeto ingenuo es fácil de identificar: basta con hablarle para que obedezca. En ese estado de inocencia política, la potencia actúa con todo su vigor. El alimento del poder es, precisamente, la ingenuidad colectiva. El político no gana elecciones por mérito propio; se confirma en un mundo dispuesto a obedecer. No es feliz por poseer potencia, sino por ejercerla sobre el otro. En ese estado de dominio permanente, la emancipación se vuelve imposible.
¿Por qué, entonces, no existe la libertad? Porque el sistema fue diseñado para obedecerlo. El orden político actual no está hecho para formar sujetos autónomos, sino para producir obediencia. Entre más obedecemos, más se perfeccionan las técnicas para que sigamos haciéndolo. Desde el vientre materno dependemos de un sistema, y creemos erróneamente que al nacer somos libres. No lo somos, ni llegaremos a serlo plenamente. Simplemente transitamos hacia un sistema más fuerte y sofisticado: el gobierno. Salimos obedeciendo pequeños poderes circundantes sin advertirlo. Esos poderes accidentales, cotidianos, se alimentan de una masa política transitoria: siempre obedecemos al líder del momento y aguardamos con ansiedad al próximo para jurarle lealtad. La historia de la humanidad no es la historia de la libertad, sino la historia de la obediencia.
Por eso hacemos filas interminables. Por eso esperamos. Esperamos al político, al salvador, al nuevo rostro del poder. La fila no es solo un acto físico; es una metáfora de nuestra condición política. Esperar es obedecer antes de que se nos ordene. Mientras esperamos, el poder se reproduce, se legitima y se fortalece.
El poder político no se sostiene únicamente por la fuerza ni por la ley, sino por una obediencia profundamente interiorizada. Desde Grecia hasta nuestros días, la promesa del bien común ha servido para encubrir el ejercicio de una potencia que goza dominando. No somos libres porque el sistema no necesita sujetos libres, sino cuerpos dóciles y conciencias ingenuas. Mientras sigamos haciendo fila —esperando líderes, esperando órdenes, esperando salvación— el poder seguirá satisfecho. La verdadera ruptura no consiste en cambiar de gobernante, sino en cuestionar la obediencia misma como fundamento de la vida política.