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El caso Zulma Guzmán: cuando el ego mata, una lectura forense del narcisismo psicopático femenino

Foto de RTVC
21 diciembre 2025 1:29 am
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Germán Estrada Mariño

El caso de Zulma Guzmán, acusada por las autoridades y con evidencias presentadas ante la administración de justicia, de haber presuntamente envenenado a dos niños y sindicada de una tentativa previa de homicidio a la exesposa de su amante, debe interpelarnos como sociedad más allá del horror inmediato que producen los hechos.

Sin anticipar juicios ni sustituir el debido proceso, este caso nos recuerda una verdad incómoda: la psicopatía no es exclusiva de los hombres ni siempre adopta formas evidentes. Puede habitar rostros socialmente funcionales, discursos seductores y narrativas de victimización.

La psicología forense ha advertido durante décadas que ciertos perfiles psicopáticos y narcisistas integrados pueden pasar desapercibidos hasta que el daño es irreversible. Reflexionar sobre estos fenómenos no busca estigmatizar ni condenar sin sentencia, sino desarrollar conciencia social, preventiva y ética frente a personalidades carentes de empatía y responsabilidad moral, independientemente de su género.

Existen crímenes que no pueden explicarse desde la emoción desbordada, la pobreza extrema o el impulso momentáneo. Hay conductas que responden a una arquitectura psíquica más profunda, fría y calculada, donde el otro deja de ser un ser humano y se convierte en un objeto funcional. En psicología forense, este fenómeno se observa con particular claridad en ciertos perfiles de psicopatía integrada con rasgos narcisistas severos, una combinación que, cuando se ve frustrada, puede desencadenar conductas de extrema crueldad.

Este artículo no analiza un caso particular, sino un perfil psicológico arquetípico, construido a partir de la literatura clínica y forense, que permite comprender cómo una mujer aparentemente funcional, socialmente integrada y seductora, puede perder los escrúpulos morales y llegar a cometer actos atroces, incluso contra niños, cuando su ego se siente herido y su necesidad de control es amenazada.

El narcisismo patológico: cuando el yo lo devora todo

El narcisismo clínico, descrito por autores como Otto Kernberg y Heinz Kohut, no se limita a la vanidad o al amor propio exagerado. En su forma patológica, se trata de una estructura frágil del yo que depende obsesivamente de la admiración, el reconocimiento y la validación externa. El otro no es amado: es utilizado.

Para este tipo de personalidad, la pareja no es un vínculo, sino un trofeo, una extensión del propio valor. Cuando ese “objeto” decide irse, elegir a otra persona o retirar la admiración, no se vive como una pérdida afectiva, sino como una humillación intolerable. El abandono no hiere el corazón: hiere el ego.

Kernberg (1998) señala que en estos casos el narcisismo puede coexistir con rasgos antisociales, dando lugar a personalidades capaces de actuar sin culpa, empatía ni remordimiento cuando sienten que su imagen o poder están en riesgo.

Psicopatía integrada: funcionalidad sin conciencia

A diferencia del psicópata clásico marginal, la psicopatía integrada, descrita por autores como Robert Hare, se caracteriza por individuos que pueden funcionar socialmente, mantener empleos, vínculos y una apariencia de normalidad. No presentan delirios ni pérdida del contacto con la realidad. Lo que falta no es inteligencia, sino conciencia moral.

Hare (2003) explica que estos sujetos muestran:

  • Encanto superficial
  • Manipulación instrumental
  • Ausencia de empatía
  • Incapacidad de sentir culpa
  • Cosificación del otro

En este perfil, incluso los niños pueden ser deshumanizados si se convierten en obstáculos o instrumentos dentro de una narrativa de venganza o poder. No hay conexión emocional real; solo cálculo.

La venganza narcisista: cuando el ego manda matar

Cuando una personalidad narcisista-psicopática pierde control, prestigio o reconocimiento, puede activarse lo que algunos autores llaman venganza narcisista. No se trata de justicia emocional, sino de restablecer el dominio perdido.

Desde esta lógica distorsionada, el fin justifica los medios. El daño causado no se evalúa desde el sufrimiento ajeno, sino desde la eficacia para restaurar la sensación de poder. El otro, la expareja, su entorno, incluso sus hijos, se convierte en un mensaje: “Si no eres mío, te destruyo”.

La ausencia de empatía permite una crueldad que resulta incomprensible para la mente sana. Como señala Simon Baron-Cohen, la psicopatía implica una ceguera empática, una incapacidad estructural para resonar con el dolor ajeno.

Cinismo, victimización y culto a la imagen

Otro rasgo central es el cinismo elevado. Tras el acto criminal, estos perfiles suelen construir narrativas de victimización, buscando manipular la opinión pública o preservar una imagen idealizada de sí mismos. No hay reconocimiento genuino del daño causado; hay cálculo comunicativo.

La apariencia importa más que la verdad. La imagen, más que la vida. Como explica Paul Babiak, estos individuos no sienten vergüenza moral, solo vergüenza narcisista cuando son expuestos.

El colapso del ego y la fantasía del suicidio

Cuando el poder se pierde definitivamente, cuando hay rechazo colectivo, condena social y caída del prestigio, el ego narcisista puede colapsar. En estos casos, algunos perfiles consideran el suicidio no como acto de culpa, sino como último gesto de control: “Prefiero desaparecer antes que enfrentar la humillación”.

Históricamente, esto se ha observado en líderes narcisistas extremos. El paralelismo con figuras como Hitler no es casual: ante la derrota total, la aniquilación del yo se vuelve preferible a la rendición moral.

A diferencia de un criminal no psicopático, que puede experimentar culpa, pedir perdón o buscar reparación, el psicópata narcisista no concibe la responsabilidad ética. La reparación implicaría reconocer al otro como humano, y eso es precisamente lo que no puede hacer.

Una reflexión final

Comprender estos perfiles no busca justificar el crimen, sino proteger a la sociedad. La psicología forense nos recuerda que el mal no siempre grita: a veces sonríe, seduce y se disfraza de éxito. La ausencia de empatía, combinada con un ego herido, puede ser letal.

La verdadera prevención comienza cuando dejamos de romantizar el narcisismo, de confundir encanto con bondad y de premiar la apariencia por encima de la ética. Porque cuando el ego gobierna sin conciencia, el otro deja de existir.

GERMÁN ESTRADA MARIÑO

SOÑADOR DE UN MUNDO MÁS HUMANO y COMPASIVO

PSICÓLOGO CLÍNICO

PSICOTERAPEUTA INDIVUDUAL DE PAREJA Y FAMILIAR BILINGÜE ONLINE

UNIVERSIDAD NACIONAL DE COLOMBIA

PERITO FORENSE

LÍDER CAMPAÑA PREVENCION DE SUICIDIIO JUVENIL

+57 316 4502080

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