domingo 16 Ago 2026
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Apología del mango

14 diciembre 2025 10:15 pm
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José A. Soto

Todo empieza a fluir, cuando empezamos a soltar

Si alguna fruta merece que uno se quite el sombrero antes de darle el primer mordisco, es el mango. No es una simple pieza de alimento: es un pequeño milagro envuelto en cáscara brillante, un tesoro que huele a sol, a tierra húmeda y a verano eterno. El mango es, sin exagerar, la prueba viviente de que la naturaleza también sabe escribir poesía.

Porque mire usted: el mango no se come, se conquista. Primero hay que observarlo, sentirlo, buscarle ese punto perfecto entre firme y suave, como quien tantea un abrazo esperado. Luego viene el ritual de abrirlo, un acto que siempre sorprende: la cáscara se rinde y aparece ese amarillo profundo que parece guardar luz propia. Y ahí, en ese instante, uno ya sabe que la vida vale la pena.

El mango tiene la virtud de hablarle a todo el mundo. A los que crecieron trepándose a un árbol para tumbarlos a piedra. A quienes aprendieron a pelarlo sin ensuciarse, y a los que terminan con las manos pegajosas y la boca pintada, pero felices. A los que lo prefieren en tajadas finas, a los que lo comen verde con sal y limón para despertar el alma, y a los que esperan a que esté tan dulce que casi se derrita solo.

Además, el mango es un maestro de la democracia del gusto: está en las mesas ricas y en las humildes, en jugos, postres, ensaladas, helados, salsas y hasta en los recuerdos de infancia. No discrimina, no exige nada, solo da. Y da mucho.

Y dígame si no: ¿qué otra fruta es capaz de cambiarle a uno el humor con solo abrirla? ¿Cuál otra reúne dulzura, frescura y un toque de rebeldía tropical? El mango no se contenta con alimentar; también alegra, perfuma, despierta, acompaña.

Por eso, cuando uno come mango, no está simplemente comiendo. Está celebrando. Celebrando el árbol que lo cargó, el sol que lo maduró, la mano que lo alcanzó y la fortuna de tenerlo enfrente. Cada bocado es una pequeña fiesta privada.

Así que sí, que quede dicho sin pena: el mango es una gloria. Una bendición sencilla. Una invitación permanente a disfrutar el mundo un poquito más.

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