“Quien no sabe unir fuerzas cuando es necesario, aprende tarde el precio de la división”.
Paráfrasis de Maquiavelo (Discursos sobre la primera década de Tito Livio).
José Gustavo Hernández Castaño (*)
Hay una paradoja que merece ser estudiada con mayor detenimiento en las ciencias políticas regionales: los movimientos alternativos, capaces de coincidir en casi todo —diagnósticos, causas, luchas, consignas, enemigos comunes—, desarrollan una sorprendente habilidad para dividirse justo en el único momento en que la unidad importa: las elecciones. No es un accidente. Es un patrón. Y como todo patrón persistente, ya no puede explicarse por ingenuidad sino por cultura política.
Como analista político y asesor estratégico de campañas, he observado este fenómeno elección tras elección. Los movimientos alternativos hacen enormes esfuerzos por fragmentarse, como si la cohesión fuera una tentación peligrosa y la unidad un riesgo ideológico. El resultado es siempre el mismo: derrotas previsibles, balances melancólicos y una nostalgia recurrente por lo que “pudo haber sido”. Lo curioso es que esa nostalgia nunca se transforma en aprendizaje. La historia no se estudia: se repite. Y se repite con una fidelidad admirable.
Mientras tanto, los partidos del establecimiento —menos ideológicos, más pragmáticos— asisten al espectáculo con serenidad. No necesitan conspirar ni maniobrar demasiado: saben que sus adversarios harán el trabajo por ellos. La fragmentación alternativa es el mejor aliado de las maquinarias. Es gratis, constante y eficaz.
Durante años se han puesto sobre la mesa cifras, comparaciones, escenarios. Se han explicado umbrales, sistemas de asignación de curules, efectos de la dispersión del voto. Se han propuesto hojas de ruta comunes, metodologías de selección, reglas mínimas de juego. Todo ha sido dicho. Todo ha sido demostrado. Y, aun así, cada elección termina igual: con varios proyectos alternativos compitiendo entre sí por una porción del mismo electorado, convencidos —cada uno— de que esta vez sí será diferente.
La ironía es que, fuera del terreno electoral, los alternativos funcionan de maravilla. En el activismo social son ejemplares. Marchan juntos, se reconocen, se respaldan. Coinciden en las luchas estudiantiles, ambientales, animalistas, feministas, en la defensa de los derechos humanos y del territorio. Allí no hay disputas por el protagonismo ni peleas por el micrófono. Ese es su hogar común, el espacio donde la causa está por encima del ego. Allí son felices. Allí son mayoría.
Pero basta con que aparezca un tarjetón para que la armonía se rompa. El escenario electoral introduce una mutación extraña: la causa colectiva se diluye y emerge el liderazgo individual. Cada grupo siente que debe “marcar diferencia”. Cada liderazgo se percibe a sí mismo como imprescindible. Y así, lo que en la calle es convergencia, en las urnas se convierte en competencia fratricida. No por profundas diferencias ideológicas, sino por una convicción silenciosa pero extendida: “sin mí, no”.
El resultado es una coreografía conocida. Se presentan varias listas alternativas, se dispersa el voto, no se alcanza la representación esperada. Luego vienen los comunicados solemnes, las explicaciones técnicas, las acusaciones cruzadas (siempre cuidadosas, siempre indirectas). Nadie asume responsabilidad plena. Todos tienen razones. Y todos, curiosamente, coinciden en que la unidad era necesaria… pero imposible. Una conclusión cómoda, porque exonera a cada quien de revisar su propio papel.
En 2026, el libreto volvió a ejecutarse con precisión. Existía la posibilidad real de una sola lista alternativa fuerte, competitiva, capaz de disputar el poder de las maquinarias. Los datos estaban ahí. La historia reciente también. Sin embargo, se optó por cuatro listas. No por diferencias programáticas irreconciliables, sino por egos, excesos de liderazgos y cálculos de corto plazo. Lo que pudo ser una fortaleza se transformó en cuatro debilidades. Una decisión políticamente ineficiente, pero emocionalmente satisfactoria para quienes prefieren perder con identidad antes que ganar con método.
Aquí aparece la ironía mayor: el electorado alternativo, crítico y desconfiado, observa este comportamiento con creciente distancia. No se aleja por apatía, sino por cansancio. Vota en blanco, anula su voto o se abstiene. No porque no crea en las causas, sino porque no confía en la capacidad de sus representantes para actuar con madurez política. La fragmentación no solo cuesta curules; cuesta credibilidad.
Nada de esto se dice para descalificar ni para alimentar rencores. Al contrario: la crítica es una forma de respeto. Porque tomar en serio a los movimientos alternativos implica exigirles algo más que buenas intenciones. Implica pedirles eficacia política. Gobernar no es solo tener razón; es saber organizarla.
Tal vez 2026 no sea el año del triunfo alternativo. Pero puede —y debe— ser el año del aprendizaje definitivo. Un año para demostrar que, incluso desde la fragmentación, se puede hacer una campaña decente, pedagógica, sin agresiones internas, sin culpar al otro. Un año para acumular experiencia, no resentimiento. Para entender que el adversario no está en la lista vecina, sino en el sistema que se reproduce gracias a estas divisiones.
Porque en 2027 volverán a encontrarse. La pregunta es si llegarán a ese reencuentro con la misma historia repetida o con una lección aprendida. La política no castiga a quienes pierden una elección; castiga a quienes se niegan a aprender de ella. Y quizá la ironía final sea esta: los alternativos no han perdido por falta de pueblo, sino por exceso de yo.
Si alguna vez deciden tomarse en serio la unidad (no como consigna, sino como método), descubrirán algo elemental que las maquinarias saben desde hace décadas: en política, dividirse no es pluralismo; es colaborar involuntariamente con el adversario.
(*) Magister en Ciencias Políticas
Asesor en direccionamiento estratégico de campañas
E-mail: [email protected]