Germán Estrada Mariño
La Navidad llega cada año como un recordatorio silencioso de que la vida es frágil, pasajera y a la vez profundamente sagrada. Vuelve diciembre y con él las luces, los adornos, los regalos, los afanes, las compras. Pero si apagáramos por un instante el ruido del mundo, si bajáramos el volumen del consumo, descubriríamos que la esencia de esta noche no brilla en las vitrinas sino en el corazón humano.
A veces vivimos como si este diciembre fuera uno más, sin preguntarnos si será el último para nosotros o para alguien que amamos. Esa posibilidad no pretende asustar, sino despertar. Cada Navidad es una oportunidad irrepetible para dar lo que tal vez nunca tengamos la ocasión de dar otra vez. Porque nada es eterno y el tiempo, aunque parezca generoso, no siempre regresa.
La psicología señala que el ser humano encuentra plenitud no cuando acumula, sino cuando aporta. No cuando exige, sino cuando ofrece. No cuando se llena de objetos, sino cuando llena de amor el corazón de otros. Viktor Frankl, quien sobrevivió a los campos de concentración, escribió que el sentido de la vida se revela cuando dejamos de preguntarnos qué esperamos de la vida y empezamos a preguntarnos qué espera la vida de nosotros. Y la Navidad responde con claridad: la vida espera que demos.
Jesús enseñó una verdad que sigue vigente dos mil años después. Dijo que en el rostro del hambriento, del desnudo, del enfermo, del preso y del extranjero habita Dios. No dijo que estaba únicamente en el templo, ni en los rituales, ni en la perfección moral, sino en la vulnerabilidad del ser humano. Cada vez que aliviamos el dolor de otro, Dios nace de nuevo. Cada vez que consolamos a quien sufre, es Navidad. Cada vez que compartimos con quien tiene menos, encendemos una luz que ninguna oscuridad puede apagar.
Porque la Navidad no se celebra bajo un árbol. Se celebra en el corazón que es capaz de dar aunque tenga poco, de amar aunque haya sido herido, de acompañar aunque también necesite ser acompañado.
El profeta Isaías dijo que la verdadera religión consiste en abrir los brazos al pobre, romper las cadenas de quienes están oprimidos y dar pan al que tiene hambre. El budismo enseña que la compasión auténtica consiste en aliviar el sufrimiento del otro como si fuera el propio.
El Islam recuerda que nadie es creyente pleno si no desea para su hermano lo mismo que desea para sí. El hinduismo señala que el servicio desinteresado es la forma más elevada de adoración. Y el humanismo afirma que la dignidad humana se sostiene gracias a la capacidad de ayudarnos mutuamente.
Todas las tradiciones espirituales coinciden en una misma verdad: nacimos para amar.
Sin embargo, la sociedad moderna intenta convencernos de lo contrario. Nos dice que valemos por lo que tenemos, por lo que mostramos, por lo que acumulamos. Nos seduce con la ilusión de que la felicidad está en el consumo y que la realización viene envuelta en papel de regalo. Pero nadie se lleva nada al partir. Y si diciembre nos sorprende, lo único que dejará huella de nuestra existencia no serán las compras, sino los actos de generosidad que hayan tocado a otros.
La riqueza del alma
Tal vez este año no tengamos dinero para regalos, cenas costosas o viajes. Pero la pobreza económica nunca ha sido obstáculo para la riqueza del alma. Todavía podemos ofrecer lo más valioso que existe: presencia, escucha, ternura, empatía, compañía, perdón. Hay personas que llevan años pidiendo silenciosamente un abrazo, un llamado, una palabra amable. Hay ancianos que solo desean que alguien los mire como seres humanos. Hay niños que sueñan con sentirse amados. Hay enfermos que solo necesitan sentir que no están solos. Hay personas privadas de la libertad que han olvidado lo que es ser tratados con dignidad. Hay familias enteras que no esperan regalos, sino un poco de esperanza.
Un gesto sincero puede transformar el destino emocional de alguien en esta Navidad. Una llamada puede salvar una vida. Un mensaje puede reparar una herida. Un plato compartido puede encender fe en un corazón que se apagaba. Un perdón puede liberar a dos almas que llevaban años en prisión emocional. Y si puedes dar algo más allá de eso, hazlo, desapégate y siente la indescriptible satisfacción de hacer feliz a otro mas necesitado esta navidad. Apoya una causa o campaña generosa, da una ofrenda o únete a un voluntariado.
Jesús dijo ámense los unos a los otros como yo los he amado. Ese mandato no es teórico. Es profundamente psicológico. Amar alivia, repara, sostiene. Amar sana traumas. Amar reduce ansiedad. Amar devuelve sentido. Amar restaura identidades. Amar humaniza. Amar salva.
Y no se trata solo de dar amor hacia afuera. También es tiempo de mirar adentro con compasión. De perdonarnos por lo que no logramos este año. De abrazarnos por lo que sí pudimos sostener. De reconocer nuestra sombra, como enseñaba Jung, para reconciliarnos con nuestra propia humanidad. De agradecer lo que la vida nos ha prestado y de cerrar ciclos sin rencores ni culpas. La Navidad también es un nacimiento interior. Una invitación a renacer espiritualmente.
Qué puedo ofrecer

En esta víspera, pregúntate qué puedes ofrecer, aunque sea pequeño. Pregúntate a quién puedes aliviar, aunque sea un instante. Pregúntate a quién puedes dar consuelo, luz o compañía. No es necesario cambiar el mundo. Basta con cambiar el mundo de alguien. Y recuerda que incluso un acto diminuto puede convertirse en un milagro para quien recibe.
La vida es corta. El tiempo se esfuma. Nadie tiene asegurado el próximo diciembre. Pero mientras estemos aquí, tenemos la oportunidad de amar sin medida. La riqueza verdadera no se mide en cosas, sino en huellas. Y quien vive para servir, vive para siempre en los corazones que tocó.
Esta Navidad, no busquemos recibir. Busquemos dar. No busquemos acumular. Busquemos compartir. No busquemos impresionar. Busquemos conmover. Porque la Navidad no es un evento de consumo. Es un recordatorio divino de que el mayor poder humano es amar.
Que en noche buena dejemos un rastro de luz en la vida de alguien. Esa será nuestra verdadera celebración. Y quizá entonces comprendamos que Dios está en todas partes donde hay amor, y que la Navidad comienza justo en el instante en que decidimos aliviar el sufrimiento de otro.
GERMAN ESTRADA MARIÑO
SOÑADOR DE UN MUNDO MÁS HUMANO y COMPASIVO
PSICOLOGO CLINICO
PSICOTERAPEUTA INDIVUDUAL DE PAREJA Y FAMILIAR BILINGÜE ONLINE
UNIVERSIDAD NACIONAL DE COLOMBIA
PERITO FORENSE
LIDER CAMPAÑA PREVENCION DE SUICIDIIO JUVENIL
+57 316 4502080
