Gongpa Rabsel Rinpoché *
La paz, históricamente nunca ha sido barata, pero el costo de la seguridad en Europa está alcanzando dimensiones sin precedentes. El continente se encuentra inmerso en una gigantesca ola de gasto militar, proyectándose que los países podrían inyectar hasta 700 mil millones de euros anualmente en defensa durante el próximo lustro. Esta cifra, que parece extraída de una novela de espionaje, es la cruda realidad de una Europa que reacciona con urgencia ante el conflicto en Ucrania y un entorno geopolítico global cada vez más volátil e incierto.
Este giro de 180 grados en la política fiscal es el reconocimiento tácito de que la era del «dividendo de paz» pos-Guerra Fría ha terminado. La prioridad ha cambiado radicalmente: la seguridad pasa por delante del gasto social y de la financiación de infraestructuras verdes. Países que tradicionalmente invertían poco en sus ejércitos, como Alemania, están revirtiendo décadas de doctrina con compromisos de miles de millones de euros.
Sin embargo, detrás del ruido de los tambores de guerra, los economistas y ministros de finanzas de la Unión Europea y la Otan están lidiando con una pesada resaca. La pregunta central no es si se debe gastar, sino cómo hacerlo sin dinamitar la frágil estabilidad fiscal que ha costado años consolidar, especialmente en la eurozona. Financiar esta colosal reestructuración de la defensa implica un delicado acto de equilibrio. Las opciones son pocas y todas dolorosas: aumentar drásticamente el endeudamiento público, que ya se disparó durante la pandemia; aplicar subidas de impuestos impopulares; o recortar drásticamente otros servicios públicos esenciales.
El desafío es existencial. Los pactos de estabilidad de la UE diseñados para garantizar la salud fiscal de los miembros limitando el déficit y la deuda, se están viendo forzados al límite. Si bien la justificación de seguridad es ineludible, un gasto militar descontrolado corre el riesgo de avivar aún más la inflación y desviar inversiones cruciales que Europa necesita para mantener su competitividad económica y acelerar la transición energética.
En el corazón de la UE la preocupación es que la presión del rearme termine por crear una brecha de dos velocidades: entre los países con músculo fiscal para asumir el gasto y aquellos que se verán obligados a sacrificar el bienestar de sus ciudadanos. Esta iniciativa de rearme colectivo, aunque necesaria para la autonomía estratégica, se enfrenta a una prueba de fuego doble: lograr la seguridad militar sin desencadenar una inseguridad económica que ponga en peligro el proyecto europeo a largo plazo. Los líderes se enfrentan a una década donde defender la frontera podría ser tan difícil como defender la billetera.
* Contador público, exfuncionario bancario.