Faber Bedoya Cadena
Este lunes se celebra el día de las velitas, y recordamos con alegría y nostalgia, que nosotros nos alumbramos con velas, caperuzas, linternas y como mucho adelanto la planta eléctrica, que prendía el abuelito solo dos horas en la noche. Estoy hablando del domingo pasado, pero de 1948, cuando teníamos tres años de edad, en la flor de la niñez. Pudimos presenciar, en vivo y en directo, el grandioso milagro de ver como la oscuridad era vencida, por la luz tenue de un fósforo que se encendía para prender la vela y reinaba la luz. La electricidad como tal, la vivimos más tarde, cuando estábamos en el pueblo.
En la finca, nos acostábamos temprano, cuando se ocultaba el sol, tomábamos la merienda, rezábamos y a dormir. Las noches eran oscuras, negras, tenebrosas, el reino de las tinieblas, sombras nada más, no se veía ni se oía nada, nos infundían miedo de verdad, por eso preferíamos que nos cogiera ya acostados y al lado de mis papas. Diferencia total cuando aparecía la luna, tenia un encanto esta dama que decían, enloquecía a los que la miraban, inspiración de los artistas, poetas, cantantes. Tiene cuatro fases que eran guía para los sembradores, en este diciembre las fases lunares son, luna llena el 5 de diciembre, cuarto menguante el 11, luna llena el 20, y cuarto creciente el 27 de diciembre. Con este calendario en mano y con la ayuda del almanaque Bristol se programaban las siembras y el corte de pelo. Otra vez estoy hablando de las décadas del 50 y 60, o será que todavía tiene vigencia esta ilustre señora elegante y majestuosa.
Ya en la ciudad y cursando bachillerato podíamos estar hasta más tarde en la calle, por mucho hasta las ocho, y como fuimos menores de edad todo la secundaria y parte de la universidad, pues no se podía trasnochar, a la permanencia íbamos a parar. Eso ayudó mucho a tener una buena higiene del sueño, horas precisas para acostarse y a dormir. Cuando apareció la televisión las emisiones terminaban a las doce de la noche, inclusive hubo un programa “el Topo Gigio”, que invitaba a los niños a dormir, “a la camita”, porque empezaba la programación para adultos de las nueve en adelante.
Ya como adultos jóvenes, nos desjuiciamos y nos volvimos habitantes de la noche, fue amiga, cómplice, compañera. Asiduos clientes de Adecol, y cuando cerraban íbamos para los “amanecederos” al sur de la ciudad, “Fortunato” en la cincuenta, “la Iraca”, “los Arrayanes”, en la vía al aeropuerto, o terminar donde Carlota y su famosa lechona. La vida nocturna, en la de Armenia de antes, muy reducida, época de las serenatas y en esa ruta si nos tuvimos mucha confianza, fuimos excelentes consumidores de la música de cuerda, entonadas al pie de una ventana, pero hasta antes de las doce porque había que madrugar a trabajar al otro día. No fuimos trasnochadores reiterados, muy respetuosos de la noche, hecha para dormir, conservamos la higiene del sueño aprendida en la niñez y juventud campesina.
Pero un día con gran sorpresa apareció en nuestras noches, el insomnio, que era no poder dormir estando en la cama, nada, no se conciliaba el sueño. Y la mente se llenó de pensamientos de toda índole, se llaman, preocupaciones, por lo que se hizo, se dejó de hacer o se tendrá que hacer, un compromiso por cumplir y no tener con qué responder o teniendo, ansiando llegue la hora, o una cita importante, es una lista interminable de razones que la vigilia nos proporciona, con tal de no dejarnos dormir. Los ojos abiertos como un bombillo, y dando vueltas en la cama, tomamos otra pasta más agua aromática, no mejor no, porque nos dan ganas de orinar y pasan lentamente las horas. Empezó la romería de pastas, somníferos, antidepresivos, ansiolíticos, inductores del sueño, bebidas aromáticas, la meditación, oración, música instrumental, ondas alfa, ejercicios relajantes, hicimos amigos noctámbulos, noches aciagas, sin paz, tranquilidad. Y nos venció esta enfermedad, cambiamos horarios para dormir, leemos, contestamos mensajes, tomamos pastas, la infaltable melatonina, y dormimos entre cuatro o cinco horas, ya resignados con nuestro amigo, el insomnio.
En esas largas noches sin dormir, recordamos las velas que encendíamos para derrotar la profunda oscuridad de la noche, y como se iluminaba la vida, bastaba un pequeño pabilo, un rayo de luz, un destello. Y cuantas veces nosotros fuimos luz para tantas personas por nuestra labor como educadores, y fue más, la iluminación que recibimos de esos amigos estudiantes, fuerza generadora de energía positiva y con alto poder transformador. Esa luz no puede desfallecer, truncarse, somos luz en el camino de la vida para nuestra familia y amigos, no como la luciérnaga, “la luz llevando y la luz buscando.