Queridos lectores: saludos afectuosos desde el refugio del dharma (les cósmica y orden). En este espacio de reflexión, la sabiduría de Louise Hay se cruza con las enseñanzas eternas del budhismo para ofrecernos una perspectiva radical y liberadora sobre lo que significa amar de verdad. La frase, «Lo único que podemos hacer por los demás es amarlos y dejar que sean quienes son. Saber que su verdad está dentro de ellos Y que cambiarán cuando quieran hacerlo,» es – en esencia – un resumen poético de la compasión (karuna) y la ecuanimidad (upekkha).
En nuestra cultura, a menudo confundimos el amor con el apego o con la necesidad de intervención. Queremos ‘salvar’ a quienes amamos, guiarlos hacia un camino que consideramos mejor o más seguro. Sin embargo, el Budha nos enseñó que toda insatisfacción (dukkha) surge del apego. Cuando nos apegamos a la idea de quién ‘debería’ ser otra persona, o a cuándo y cómo ‘debería’ cambiar, creamos sufrimiento tanto para nosotros como para ellos.
La práctica budhista nos invita a una forma superior de amar: el amor sin agenda. Se trata de reconocer que cada ser está intrínsecamente completo. Dentro de cada persona reside la «naturaleza de Budha,» un potencial puro e inmaculado para la iluminación y la verdad. Cuando miramos a otro desde esta perspectiva, dejamos de ver un proyecto a reformar y empezamos a ver un ser que ya es perfecto en su imperfección momentánea.
Este concepto de «dejar que sean quienes son», es la manifestación práctica de la ecuanimidad, que es la capacidad de mantener un corazón firme y tranquilo ante las olas de la vida de los demás, sin ser arrastrado por sus altas o bajas. No significa indiferencia; significa una profunda aceptación de su karma y su proceso. Lejos de ser un acto pasivo, es un acto de inmensa confianza y respeto.
Cuando aceptamos plenamente a alguien, honramos su tiempo. El cambio genuino, el que perdura, nunca puede ser impuesto. Debe nacer de la madurez interna, de un momento de claridad personal. Al presionar o juzgar, levantamos una barrera. Al ofrecer un espacio de amor incondicional —un espacio seguro donde el error no es castigado, sino que se considera parte del aprendizaje—, proporcionamos el ambiente ideal para que la semilla de su propia sabiduría germine.
Como practicantes del budhismo, nuestra tarea es simplemente irradiar bondad amorosa (metta). Debemos ser el sol que calienta y la tierra que sostiene, sin intentar forzar el crecimiento de la flor. Es un ejercicio constante de rendición de nuestro ego, que siempre quiere controlar. Al soltar las riendas de la expectativa y abrazar la aceptación, descubrimos la verdadera paz. Esta libertad que damos a los demás es, paradójicamente, la mayor libertad que nos concedemos a nosotros mismos. Es el camino del budhista despierto: amar sin condiciones y permitir sin reservas.
Tashi delek para todos y todas.
* Lama sammasati para Latinoamérica.