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La cineasta colombiana Marta Rodríguez cumple 92 años y Retina Latina le rinde homenaje

4 diciembre 2025 10:54 pm
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La plataforma de cine Retina Latina celebra los 92 años de la documentalista colombiana Marta Rodríguez, una figura clave del séptimo arte latinoamericano con un legado audiovisual que abarca la historia de nuestro país desde mediados del siglo XX.

Retina Latina presenta dos películas fundamentales del recorrido artístico de Marta Rodríguez. La primera de ellas es Chircales, su primer cortometraje documental codirigido con Jorge Silva. La otra producción es Camilo Torres y el amor eficaz, su largometraje más reciente codirigido con Fernando Restrepo.

Estos dos puntos distantes en su trabajo cinematográfico dialogan entre sí y revelan la mirada de una mujer que ha registrado la historia de Colombia desde mediados del siglo XX, desde una posición clara y urgente: la defensa de los derechos humanos.

Aprender a sostener la mirada

Marta Rodríguez nació en Bogotá el 1 de diciembre de 1933 en un país que salía de la República Liberal para entrar en la llamada época de la Violencia y, luego, las décadas de conflicto que han marcado el sentido de la obra documental de Marta. Su padre muere cuando ella estaba en el vientre de su madre y ella, Conchita Otero, una mujer conservadora que había sido profesora, enviudaba y migraba del campo a la ciudad para dar a luz y rehacer su vida junto a sus 5 hijos. El asesinato de Jorge Eliécer Gaitán en 1948, cuando Marta tenía quince años, y el posterior ciclo de violencia, marcaron a su generación. Los barrios populares crecían al ritmo de una urbanización desigual y Marta aprendía a entender el complejo contexto colombiano que la rodeaba.

Desde sus primeros años, Marta se encontró inmersa en una realidad donde la vulnerabilidad humana era palpable y cotidiana, quizás esta exposición temprana a las grietas del sistema y a la disparidad social forjó una sensibilidad profunda en su carácter que luego veríamos reflejada en sus películas.

El comienzo: el cine etnográfico y las clases con Jean Rouch

A los dieciocho años se trasladó a la España franquista, caracterizada por un orden autoritario y una universidad vigilada. De ahí, Marta decide viajar a París huyendo del control de su madre y es recibida por una orden religiosa que, a cambio de hospedaje y alimentación, le ofrecen dictar clases de español. En 1962 Marta obtuvo una beca y una habitación en la Université Paris Cité, pronto se vincula al Museo del Hombre a través de un programa de cine etnográfico encabezado por Jean Rouch, con quien descubrió el poder de la cámara de cine para la antropología y viceversa. Este encuentro le permitió integrar el cine a la sociología, lo que también definió su ética en este quehacer. Hacer documental para ella implicaba registrar gestos y silencios pero, sobre todo, devolver esas imágenes a las personas para discutirlas colectivamente.

A su retorno a Bogotá en 1964 ingresó a la recién creada Facultad de Sociología de la Universidad Nacional, marcada por la teoría que había traído Fals Borda y la perspectiva de Camilo Torres que buscaba llevar la disciplina a la práctica y el trabajo directo con los sectores más afectados de la sociedad. Fue bajo este pensamiento que Camilo invita a Marta a participar en MUNIPROC a través de procesos de alfabetización para los niños y niñas del Sur de Tunjuelito.

Chircales: transformar la indignación en método

Durante su exploración de campo a Tunjuelito y su aproximación a las familias explotadas por las ladrilleras de entonces, Marta era asidua a los cinemas de la Bogotá de ese momento y fue en la Alianza Francesa, con la proyección Cleo de 5 de Agnès Varda, que conoció a Jorge Silva. Él ya había realizado un corto titulado Los Días de Papel, a propósito de una infancia atravesada por la pobreza, lo que conmovió a Marta e impulsó para que invitara a Jorge a realizar su Ópera Prima junto a ella: él sería la cámara sensible y audaz y ella la mirada antropológica y humanista que había forjado una relación con la familia Castañeda, fabricantes de ladrillos en condiciones de explotación severa que abrieron su vida cotidiana y familiar al proyecto cinematográfico que denunciara su propia situación y la infancia reprimida que esto acarreaba: Chircales. En 1968 esta Ópera Prima se proyecta por primera vez en el encuentro de Cine Político Latinoamericano en Mérida, Venezuela. Tras una segunda edición en 1970, Marta Rodríguez y Jorge Silva ganan la Paloma de Oro en Leipzig, Alemania, en 1972.

Chircalesrealizada entre 1966 y 1970, sigue la rutina diaria de la familia Castañeda: el barro, los hornos, el esfuerzo de adultos y niños. Rodríguez y Silva canalizaron la emoción bruta en un trabajo de convivencia junto a esta familia, tanto en sus penas -el trabajo prolongado bajo duras condiciones y altos riesgos- como en sus celebraciones -la primera comunión de Leonor, una de las hijas-. Su fuerza cinematográfica radica en la  forma con que muestra la relación entre trabajo, ciudad y familia, además de la ternura con la que mira a sus protagonistas. Ver el documental Chircales en este enlace: Chircales – Retina Latina

La reforma agraria y el movimiento indígena a través del cine

De documentar la lucha por la supervivencia en los márgenes de una ciudad capital como Bogotá, Marta y Jorge investigan la reforma agraria, el exilio forzado más grande de la ciudad en los años setenta, los etnocidios a causa de la Violencia y la emergencia de los movimientos y procesos organizacionales en la lucha por la tierra de campesinos e indígenas, tales como el CRIC y la ANUC. Películas como Campesinos o Planas: testimonio de un etnocidio registraron este contexto. Esta investigación de parte de los documentalistas cobra su máximo punto creativo en  Nuestra voz de tierramemoria y futuro, película que nos deja una memoria del surgimiento del CRIC e incorpora los mitos de las comunidades indígenas del Cauca alrededor de la posesión de la tierra y el sentido de sus procesos organizacionales. De este proyecto se deriva también La Voz de los sobrevivientes, película que denuncia el asesinato del líder Benjamín Dindicué por defender la recuperación de tierras como la base del movimiento indígena. Desde entonces, la relación entre Marta Rodríguez y la causa de este movimiento ha sido estrecha, multifacética y de largo aliento. 

Del cine etnográfico a la transferencia de medios

La década de los ochenta trajo al país el narcotráfico, el paramilitarismo y tragedias como la avalancha del volcán en Armero en 1985, la masacre del partido político de la Unión Patriótica o la toma del Palacio de Justicia. En este panorama, Marta realiza Nacer de nuevo, una memoria de dos ancianos sobrevivientes de Armero que intentan reconstruir su casa y su rutina. En 1987 fallece Jorge Silva, dejando su proyecto Amor, mujeres y flores inconcluso, lo que se convirtió en un trabajo atravesado por el duelo de Marta que rinde homenaje a su esposo y compañero a manera de epilogo en esta película que no solamente denuncia los efectos de los pesticidas en las mujeres trabajadoras de la floricultura de la sabana de Bogotá, sino que llega a transformar las políticas de estas industrias para priorizar el cuidado de las mujeres durante estos procesos de riego de pesticidas prohibidos internacionalmente.

Posteriormente, Marta empieza a realizar cine junto a su hijo, Lucas Silva, con quien documenta el problema de los cultivos ilegales en el Cauca para las comunidades indígenas y la relación de estas con la tierra a mediados de los años 90. De este proyecto surgen la trilogía de documentales en video: Amapola, la flor malditaLos hijos del trueno y La hoja sagrada. En 1991, gracias al apoyo de la UNESCO, Marta impulsó procesos de formación audiovisual junto a Iván Sanjinés a través de varios talleres con jóvenes indígenas; estos talleres consistieron en una transferencia de medios y tecnologías de la época, pero también en encuentros de constante reflexión sobre el quehacer y las problemáticas centrales que aquejan a las comunidades.

A finales de los años 90 Marta Rodríguez conoce a Fernando Restrepo, con quien inicia un trabajo arduo y comprometido desde la exploración del video y en un contexto bélico complejo en el país que los lleva a realizar su Trilogía de Urabá: Nunca más (2001), Una casa sola se vence (2004) y Soraya: amor no es olvido (2006). Este trabajo mancomunado continuaría hasta hoy junto a Fernando y afianzará en la trayectoria de Marta un modo de hacer cine en que la reflexión y el valor de la memoria resultan ser los ejes centrales. La indignación de Marta frente al aumento del asesinato de líderes, el dolor de las madres que pierden a sus hijos y la impunidad que se agrava con el conflicto se traduce después en No hay dolor ajeno (2012) y La sinfónica de los Andes (2020)documentales que denuncian la muerte de niños y niñas a causa de minas antipersonales y exalta el duelo de la comunidad por medio de los cantos e instrumentos de una sinfónica en el Cauca que reordena la experiencia de la guerra en una oportunidad de resistencia y reivindicación étnica.

Camilo Torres y el amor eficaz

Casi seis décadas después de Chircales, Marta vuelve a la fuente de su vocación con Camilo Torres y el amor eficaz. La película propone un diálogo entre Marta y Camilo, quien es representado en la voz ficcional de Fernando Restrepo, y es interrogado por Marta respecto a su decisión de haberse afiliado a un partido político y armado, cuestionado por haberse ido cuando más se le necesitaba. El concepto de «amor eficaz» enseñado por Camilo Torres Restrepo recorre esta apuesta documental. Al dialogar con la figura de Camilo, Marta realiza un gesto de reconciliación con su propia historia y con los muertos que marcaron su camino.

Este documental está disponible con acceso libre en Retina Latina (ver película aquí). La evolución de Marta como cineasta se entrelaza de manera poderosa con su compromiso social y su sensibilidad crítica que ha denunciado las injusticias, los conflictos sociales y la violencia estructural. A través del cine logró capturar la esencia de la dignidad humana en medio de la adversidad. Más allá de la cámara, su método de trabajo se caracterizó por la convivencia, el respeto y el acompañamiento prolongado a las comunidades, lo que le permitió trascender la mera observación para construir narrativas auténticas y polifónicas. Hoy celebramos sus 92 años retomando algunas lecciones invaluables: su habilidad para encarar la injusticia con el poder de las imágenes y su persistencia en defender la dignidad humana como un ejercicio cotidiano de amor eficaz.

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