El reciente fallecimiento de un joven tras recibir golpes mientras simulaba un evento de boxeo inspirado en los “combates de influencers” ha encendido las alarmas sobre la influencia que tienen las redes sociales en las nuevas generaciones. Este tipo de contenidos, que mezclan espectáculo, competencia y viralidad, pueden distorsionar la percepción de los límites entre la ficción y la realidad. Según el reporte digital de We Are Social 2024, las personas pasan cerca de tres horas y media al día navegando en alguna de estas plataformas, principalmente desde nuestro celular donde nos dejamos influenciar.
Durante la adolescencia, los jóvenes construyen su identidad y autoestima, lo que los lleva a buscar referentes externos y validación social. Las redes sociales, con su dinámica de comparación, aprobación y popularidad, se convierten en un escenario altamente influyente. Seguir tendencias no es negativo en sí mismo. De hecho, muchos retos o “trends” pueden ser una vía para expresar creatividad, generar comunidad o promover causas sociales y saludables.
Sin embargo, Andrés Escobar, Psicólogo y estudiante de Maestría en Psicología y Daniel Espinosa, docente Investigador de Adipa, plataforma de educación online para psicólogos, comentan que las redes representan una ventana de vulnerabilidad, especialmente cuando apelan a la necesidad de pertenencia o reconocimiento, aspectos muy presentes en la adolescencia. Desde la psicología se encuentran los siguientes:
- Desarrollo cerebral y emocional: Durante esta etapa, el cerebro atraviesa cambios en áreas relacionadas con la regulación emocional, la recompensa y la sensibilidad social. Esto incrementa la búsqueda de aprobación y la reactividad ante la retroalimentación de los pares.
- Construcción de identidad: Los adolescentes están definiendo quiénes son y cuál es su lugar en el mundo. Las redes pueden potenciar este proceso, pero también amplificar la comparación social, afectando la autoestima y el bienestar emocional.
- Presión de grupo y miedo a la exclusión: El sentido de pertenencia cobra especial relevancia. No participar en una tendencia puede generar la sensación de quedar fuera del grupo, lo que incrementa la exposición a conductas de riesgo o malestar psicológico.
- Diseño de plataformas: Las redes están diseñadas para retener la atención mediante recompensas variables y notificaciones constantes. Esto explota los mecanismos de recompensa del cerebro adolescente, favoreciendo patrones de uso compulsivo o adictivo.
Estas dinámicas pueden derivar en consecuencias psicológicas como ansiedad, depresión, baja autoestima, alteraciones del sueño y dependencia digital. Por eso, más que prohibir el uso de redes o las tendencias, el reto está en educar en pensamiento crítico y fortalecer la comunicación entre padres e hijos. El acompañamiento adulto y la educación digital son claves para transformar esa vulnerabilidad en resiliencia.
Además, ver películas o videojuegos de acción no vuelve agresivo a un joven, pero la exposición constante a contenidos donde la violencia o el riesgo se muestran como algo divertido o admirable puede afectar su desarrollo emocional y conductual. Durante la adolescencia, el cerebro aún está en formación y lo que se consume influye directamente en la construcción de valores y empatía. Este tipo de contenidos pueden normalizar la agresividad, reducir la sensibilidad ante el dolor ajeno y distorsionar la percepción del peligro.
En ese contexto, Escobar y Espinosa agregan que la exposición repetida a este tipo de contenidos puede conllevar a los siguientes aspectos emocionales:
- Aumentar la agresividad y la aceptación de conductas de riesgo, al normalizar la violencia como forma de relación o entretenimiento.
- Reducir la empatía y la sensibilidad emocional, generando desensibilización ante el dolor ajeno o la violencia real.
- Alterar la percepción de la realidad, haciendo que el riesgo, la imprudencia o el daño se vean como algo cotidiano o sin consecuencias.
Para terminar, promover un uso más consciente y crítico de las redes sociales empieza en casa. Padres y adultos cercanos deben conocer el mundo digital en el que se mueven los jóvenes, no para juzgarlo, sino para acompañarlo con diálogo y empatía. Las redes no son negativas por sí mismas; bien orientadas, pueden fortalecer vínculos, fomentar la creatividad y aportar a la construcción de la identidad.