Juan Carlos Ramírez Gómez
Que un cuadro del pintor austriaco Gustav Klimt haya sido subastado por 237 millones de dólares — como en efecto ocurrió antier en la afamada Casa Sotheby’s de la Avenida Madison en Nueva York — ya no es un hecho representativo de asombro. Al fin y al cabo, desde su aparición artística, Klimt supo enajenar su pintura a precio superlativo, gracias al refinado esteticismo en ella incorporado, siempre matizado de verde, azul, blanco, negro y dorado aurífero, colores exuberantes que plasmó con sensualidad, elegancia, sutileza y misterio.
Si bien es cierto, en el Museo Belvedere en Viena, presta guardia un valioso número de las obras del artista austriaco, entre ellas El beso y El retrato de Adele Bloch-bauer I y II, quizá sus obras más universales junto a La dama del abanico, también es cierto que un porcentaje apreciable de la producción de Klit se mantiene en poder de coleccionistas privados.

La imagen expuesta, corresponde al óleo sobre lienzo titulado El retrato de Elisabeth Ledere, pintado en 1914. Como podrá inferirse, es uno de los cuadros más alucinantes de Klimt, y sobre él, hasta el martes pasado, ejerció propiedad la legendaria familia del industrial cosmético Leonard A. Lauder, toda vez que fue adquirido en disputada puja por un comprador anónimo.
De Gustavo Klimt debo recordar que, además de haber sido poseedor de un estilo único e inimitable — facilitado por su talento como diseñador, artista gráfico y dibujante arquitectónico — también fue un pintor absolutamente disruptivo como que en la elaboración de su obra, próxima al Art Nouveau, se apartó de los cánones académicos vigentes para la época, dando origen al denominado “secesionismo vienés”, en virtud del cual la composición pictórica se elaboraba a partir de las vivencias cotidianas.
Desde una perspectiva ideológica, Klimt fue uno de los pioneros del “simbolismo”, movimiento caracterizado por la importancia que, a contracorriente del impresionismo y el realismo, le atribuyó a la realidad onírica por encima de la evidencia objetiva.
En la historia del arte, al menos en la moderna y contemporánea, es difícil hallar un artista que se encuentre en el mismo escalafón de Gustav Klimt.