La vida cotidiana se nos ha convertido en un terreno minado por la intolerancia. Hoy, una simple mirada, un comentario mal interpretado o un tropiezo involuntario pueden desencadenar tragedias irreparables. Según cifras del Ministerio de Defensa, en 2025 dos de cada diez homicidios han surgido de riñas que pudieron resolverse dialogando. Hasta el 2 de noviembre, más de 2.000 homicidios están relacionados con hechos de intolerancia, y más de 1.500, es decir el 15% de las muertes violentas, han sido cometidos con arma blanca.
Estos datos Son números que no solo alarman; nos estremecen, y describen un fenómeno que crece aceleradamente. La intolerancia dejó de ser un comportamiento aislado para convertirse en una amenaza colectiva. En Bogotá, un joven fue asesinado a golpes por dos sujetos después de salir de una fiesta; lo vivimos en Armenia, donde padre e hija fueron ultimados tras un accidente que, supuestamente, ya se había solucionado de manera concertada. Y lo padecemos en cada esquina del país; discusiones que terminan en agresiones entre parejas, ataques por un mal parqueo, peleas por un adelantamiento en la vía, y hasta por una simple mesa en un restaurante, entre muchos otros casos.
Vivimos bajo una presión social asfixiante, con escasos espacios de orientación emocional y con un deterioro evidente de la cultura ciudadana. La intolerancia no surge de un día para otro, se construye lentamente en una sociedad que no aprende a convivir con la diferencia ni a tramitar el conflicto sin violencia.
Para agravar el problema, como sociedad hemos adoptado una actitud peligrosa ante una agresión. En lugar de intervenir para mediar o separar a quienes a pelean físicamente, sacamos el teléfono para grabar, convirtiendo el dolor ajeno en espectáculo, alimentamos el amarillismo digital y celebramos, consciente o inconscientemente, la derrota del más débil. Creemos que subir los videos a redes sociales generará conciencia, cuando en realidad producimos el efecto contrario, normalizamos la violencia, la viralizamos y la convertimos en entretenimiento.
Hoy todo parece resolverse “a los puños o a puñal”, bajo la lógica del más fuerte. Se perdió el diálogo, la palabra, la confianza y la capacidad de asumir responsabilidad sin que un conflicto escale a niveles irreparables, a la vez que los más jóvenes crecen viendo que la respuesta inmediata ante cualquier desacuerdo es la agresión. Esta cultura del impacto, del video y de la burla pública está sembrando una sociedad emocionalmente insensible y peligrosamente reactiva.
No basta con pedir más presencia institucional o esperar que otros solucionen el problema. Cada uno de nosotros como ciudadanos debemos convertirnos en un actor consciente, capaz de intervenir, mediar, contener y, sobre todo, dar ejemplo. La violencia no es inevitable, es una decisión colectiva que construye o destruye la convivencia.
La invitación es pensar antes de actuar, a mantener la calma y dialogar. A enseñar a los niños que la palabra vale más que el golpe; a mostrarles que el respeto no se exige con fuerza, sino con el ejemplo.
El cambio comienza en nuestros hogares, en las acciones que sembramos con quienes más las necesitan; sigue en la escuela y se refleja en la calle. Depende de todos decidir si seguimos grabando violencia, o recuperando conciencia.
*Máster en Gestión de Riesgos. Especialista en Seguridad.
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