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Calarcá: sus paredes se pintan de versos

19 noviembre 2025 11:04 pm
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En la cuna del cacique, el tiempo se desliza al compás del viento que baja de sus verdes montañas. Es un arrullo constante, un susurro que nos recuerda el origen de la vida: el agua pura y cristalina que emana de ellas, bendiciendo nuestros ríos en cántaro ancestral.

Hoy, las paredes de Calarcá se han vestido de versos. No es una metáfora, sino una hermosa realidad tejida por los poetas de mi bella comarca. En el corazón de esta metamorfosis visual y literaria, encontramos las manos prodigiosas de las hermanas Muriel. Ellas, con su talento pictórico paisajístico, no solo pintan, sino que plasman el alma de nuestro territorio, conjugando la palabra con la pintura en una danza sublime. Son, en verdad, grandes pintoras y, a la vez, grandes ateneas del paisajismo.

Sus lienzos y murales son un diálogo entre colores y versos. Los grandes pinceles de las Muriel se convierten en plumas que elevan nuestros cantares, volando entre gamas de colores que deslumbran. En mi pueblo, cada habitante es un cultor de la belleza, un guardián de la inspiración. En sus murales se despliegan grandes paisajes bucólicos que realzan la mezcla onírica de Calarcá, tan bellos como los claveles que adornan nuestros jardines.

Pintores y poetas, colmados de dones, continúan embelleciendo cada rincón, cada casa que hoy resplandece con iridiscentes colores. ¡Deléitense, señoras y señores! Calarcá los recibe con la hospitalidad del arte, la dulzura de la poesía, el suave aroma del café recién tostado y la fragancia inconfundible de la guayaba madura.

Calarcá es un sueño de amores, un lienzo de arcoíris y soles radiantes, tapizada por el oro de los guayacanes y la promesa verde de sus cafetales. Su esencia es una receta mágica, una poética paleta de inspirados matices.

En la historia que se narra en sus muros, emerge la figura del ventrudo cacique, con su lanza victoriosa, surgiendo de las montañas envueltas en la mágica aurora. Su obra, plasmada para la eternidad, nos recuerda que los indomables poetas no están muertos; perviven en sus versos, en el eco de su espíritu.

Los cultores de esta villa aman la vida con la fuerza de la tierra. Con su arte, siembran la paz y tejen la armonía. Versos de amor, versos de vida, que florecen de los pinceles, creando una linda sinfonía. En esta villa, sus acogedores cafés, el tiempo se detiene para escuchar las melodías que brotan del alma.

Hoy, sobre las blancas paredes, entre sonetos y versos, se percibe el susurro de las aves, la fragancia delicada del jazmín, el aroma penetrante del café y la belleza embriagadora de sus mujeres. Es el alma de Calarcá que se respira, que se siente.

Y así, en la villa del cacique, nos arrullamos con el viento de sus diamantinas montañas, con la certeza de que ellas nos regalan agua pura y sagrada, que nutre nuestros ríos y nuestra existencia. En el horizonte lejano, donde los atardeceres pintan el cielo con pinceladas de ensueño, las hermanas Muriel dan vida a paisajes oníricos. Mi pueblo es todo, es la memoria viva de los rapsodas del pasado, un eco eterno que resuena en cada palabra y en cada trazo de color…

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