jueves 11 Dic 2025
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Desciendo al núcleo íntimo de la sombra

16 noviembre 2025 9:33 pm
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Carlos Alberto Agudelo Arcila

La escritura surrealista desafía la lógica e invita a sumergirse en un universo donde lo tangible y lo intangible se entrelazan. Este breve análisis explora mi proceso creativo y el modo en que las palabras revelan mundos análogos.  

Conjugar el vocablo cotidiano con el idioma onírico devela una fusión donde lo subjetivo y lo objetivo confluyen. Vivo ambas realidades como ramas de un mismo árbol: sombras y cuerpos intangibles rozan la piel de lo perceptible. Tropiezo con el vaivén de una silla en el límite de existencia y no existencia; indiferente, se balancea entre su madera ausente y su movimiento imaginario. La lógica acecha, sin someterme. Sigo la estela de mis huellas alucinadas y caigo, sin pudor, en el abismo del lenguaje. 

Me torno absurdo, enfrento la mirada crítica sin miedo, inmerso en una marea de expresiones vivas en constante flujo. Palpo, palabra a palabra, un mundo múltiple: aquí, allá, en ninguna parte y en todas. Me ensangriento y me reconozco hasta encontrar, en lo profundo de mi carne, al hombre paralelo alojado en mis entrañas.

Mis pensamientos transgreden la rigidez verbal y atraviesan el devenir de mi sombra. Golpean la pared, se filtran entre vértebras y perciben el cáliz del tiempo inconcluso. Se aquietan o retozan vacíos invisibles. Lo real ocurre ante mí como matemáticas puras de la palabra: voz piedra, sombra de piedra, piedra hecha sombra. 

En catarsis, desciendo al núcleo de la sombra, a la médula del pedrusco. Me despojo de mí para dar expresión a riquezas desechadas por otros, atrapados en la apariencia superficial del azul, sin percibir el dinamismo oculto del mundo. La palabra, en cambio, se libera: se derrama en lo concreto, rompe su caparazón y avanza como una oruga del lenguaje en busca de formas nuevas de sí misma.  

Profeso la voz atemporal: el tiempo, líquido, se desliza por los costados del infinito. El pasado no es estático; el presente bebe de él, se transforma y se vuelve eterno frente a los tiempos por venir. La insólita realidad de nacer y morir danza como sombras de felino y roedor en la extensión de las eras. El brote asciende al verde; el verde crepita: el ciclo persiste en su giro incesante.

Energías contrapuestas se entrelazan: Luz y sombra giran, se persiguen. La sombra brilla desde su médula oscura; la luz, incansable, dibuja un sendero hacia el vacío de la sombra. Ambas vibran como música de dimensión única. 

¿Se ha adherido a mí una mística surrealista? ¿Es posible construir una exégesis de piedras y sombras, de dispersiones extrañas, cuando lo inanimado cobra vida y el escritor surrealista es ignorado por quienes reducen la literatura a una herramienta lineal? ¿Toda obra se torna arcana cuando su autor abandona la rutina para alcanzar la última palabra, la frontera del texto recién creado? 

Vivo, gozo y sufro ese matiz existencial. Lo atrapo en mi mente y lo reciclo en mis honduras, físicas y espirituales, como pregunta sin respuesta. El surrealismo no huye de la lógica: la expande, la dobla, la somete al rigor de lo absurdo. Allí encuentra su razón de ser y su relevancia en el contexto moderno. 

Cuando el arte nace sin cortapisas, el ser humano trasciende los límites del horizonte existencial. La palabra obtusa, como río limpiándose en el océano del pensamiento, armoniza mi existir: del absurdo extraigo lo efímero y lo perenne, fundidos en un mismo acontecer. 

Una hoja surreal busca la boca real; alguien mastica. ¿La hoja devora la boca, o la boca devora la hoja? Bebo el azul del agua lejana. Me levanto desde el abismo de mí mismo ycamino hacia la estepa del mirador de la vida. Leo el mundo, me sustantivo, me adjetivo. Molécula a molécula me fundo en la escritura: la sangre del oprimido, el refugio del desvalido, el viento dorsal, la palabra incierta. 

De martes a martes escribo: la mujer ausente, el ropaje de lo anónimo, la quimera de una voz cantando en el desierto. El silencio atrapado, el filo del viento, la coartada del salto. El rasguño del hombre invisible, el cuchillo del demiurgo, la música perdida en la aguja en el pajar. 

Escribo una noche en silencio, sin la melodía de tu pluma. Y aquella mañana, cuando aún no te conocí, viajaste. Antes de partir, en un escrito encontré tu promesa de reencontrarnos en el mundo de lo surreal. 

Escribo para no desaparecer, aunque desaparecer sea el propio acto de escribir…

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