El 13 de noviembre de 1985, Colombia se despertó entre cenizas y lodo. Armero —un pueblo de espíritu liberal, trabajador y profundamente religioso— fue borrado del mapa por la furia del volcán Nevado del Ruiz, que no estalló de improviso, sino después de meses de advertencias científicas y señales ignoradas. La tragedia no vino de la naturaleza, sino del desdén humano ante la evidencia. Murieron más de 23.000 personas, no solo por la erupción, sino por la sordera institucional de un país que ya había aprendido a convivir con la tragedia como si fuera rutina.
Era un país en ruinas morales y políticas. Apenas habían pasado ocho días del asalto al Palacio de Justicia —una herida abierta en la conciencia nacional— cuando la avalancha de Armero se llevó consigo lo que quedaba de esperanza. Dos símbolos se hundieron con fuerza ese mes: la justicia y la vida. Noviembre de 1985 condensó la impotencia de un Estado que improvisaba frente al caos, que callaba ante los científicos y se encomendaba a la suerte como política pública. Colombia no solo perdió un pueblo: perdió la posibilidad de demostrar que podía aprender de sus propias advertencias.
Armero había recibido informes, estudios y alertas. Los vulcanólogos del Servicio Geológico Colombiano, con voz serena pero insistente, habían anunciado el riesgo inminente de una erupción. Los pobladores lo sabían: el olor a azufre, los rugidos del volcán, la lluvia de ceniza eran señales evidentes. Pero la respuesta oficial fue burocrática y lenta. El gobernador pidió “calma”, el alcalde que murió en la tragedia pidió ayuda, pero “nadie lo atendió”, y el gobierno central pidió “confirmar”. Nadie quiso cargar con la decisión de evacuar. La prudencia política se disfrazó de sensatez, pero fue, en realidad, cobardía institucional.
Décadas antes, ese mismo suelo había sido escenario de otra tragedia moral. Tras el asesinato de Jorge Eliécer Gaitán, en 1948, un grupo de liberales enfurecidos linchó en Armero a un sacerdote conservador, el padre Pedro María Ramírez Ramos, símbolo del viejo orden que culpaban de la muerte del caudillo. La sangre corrió entonces por razones políticas, no naturales. Aquel crimen quedó grabado en la memoria del pueblo, y con los años se transformó en leyenda: la idea de que una maldición había quedado suspendida sobre la tierra. Treinta y siete años después, el mito se invirtió —no por las manos de los hombres, sino por la furia del volcán— como si la historia cobrara su deuda con la misma violencia que antes fue política y ahora era telúrica.
Pero más allá del drama humano y de la poesía del desastre, Armero nos recuerda algo esencial: la tragedia no fue inevitable. Pudo evitarse. Bastaba escuchar a la ciencia, coordinar una evacuación, actuar con la humildad que exige la naturaleza. Sin embargo, prevaleció la arrogancia de un Estado más preocupado por la imagen que por la prevención. En 1985, la información existía; lo que faltó fue voluntad política. Y esa falta de voluntad, esa negligencia, fue el verdadero alud.
Cuarenta años después, la memoria de Armero no puede reducirse a homenajes y flores. Tiene que servir para exigir una cultura de prevención, no de lamento. Los desastres naturales son inevitables; los desastres institucionales no. Cada vez que se ignoran los informes técnicos, cada vez que se recortan presupuestos de gestión del riesgo, cada vez que se posterga una decisión que salva vidas, el país se asoma de nuevo al mismo abismo.
En los ojos de Omaira Sánchez —esa niña que resistió bajo los escombros mientras el mundo la miraba— quedó grabado el retrato de un país que observa sus tragedias sin aprender de ellas. Su voz, calma y valiente, fue la súplica de toda una nación ahogada en indiferencia. Cuarenta años después, su imagen nos sigue interrogando: ¿cuántas veces más necesitaremos una Omaira para entender que la prevención es la forma más noble del amor por la vida?
La historia de Armero no es solo un lamento: es una advertencia que sigue viva. Porque en un país que olvida rápido, la memoria es también una forma de resistencia. Recordar es prevenir. Y prevenir es, al fin y al cabo, el único homenaje que puede honrar verdaderamente a los muertos de Armero.