Una mujer vestida de blanco aparece flotando bajo el agua y ascendiendo a la superficie. Al mismo tiempo, su voz en off comenta: “Y ella le cuestionó: ¿qué se parecerá el reino? Y él respondió: es como una semilla, un único gramo de semilla de mostaza, que una mujer tomó y sembró en su huerto, y creció y creció. Y las aves del cielo anidaron en sus ramas”
Una joven llora y se prepara para el alumbramiento. María trata de calmarla y al final lo logra, teniendo mucha paciencia. Ya que es algo natural, son los dolores propios que anteceden el parto en una mujer. De esta forma se muestra como es por medio del dolor que llega la vida al mundo.
María de Magdala no es como el resto de sus hermanas; en ella hay un espíritu de libertad que no es propio de su tiempo. Se entera de que su padre la ha entregado como esposa a un viudo llamado Efraín. Lo que ella piense no importa; no tiene derecho a decidir sobre su destino. Ante la noticia, María huye en la noche y se mete al templo donde están los sacerdotes. Allí busca consuelo y, al no encontrarlo, huye del lugar.
Luego regresa a su casa, esperando encontrar comprensión de su padre; sin embargo, este dice que la familia ha sido deshonrada y señala que, igual el compromiso aún se puede hacer. En la noche, es sacada de su casa, supuestamente para realizar el matrimonio, y una vez que llega a orillas del mar, se ve un grupo de hombres, entre ellos Efraín. Allí, su padre la toma violentamente por el cuello y la sumerge varias veces, sin dejarla respirar; parece que la quiere matar, y mientras realiza este acto brutal en contra de su hija, grita: “déjala en paz”, aludiendo a un demonio que parece haber poseído a María. Es el demonio de la rebeldía y espera que con esto pueda ser liberada, para que regrese la sumisión de ella a la familia.
Después de esto, María ya no puede confiar en su familia. Y mientras está en el pueblo de Magdala, ve a un curioso predicador que aparece; su nombre es Jesús, y la cautivan sus palabras. Él dice: “Todos deben lavar la mancha de la corrupción y volver a nacer como niños, ya que de nada sirven la apariencia de su fe, con cantos y sacrificios, si no entregan su corazón”.
Ella no duda, decide seguirlo; sería su única discípula mujer, ya que este predicador solo está rodeado de hombres. Ese camino no era para una mujer; su deber era ser esposa y procrear hijos. Su padre, al enterarse, se siente desafiado de nuevo y busca al extraño personaje. Llega al lugar donde está María, al lado de los otros discípulos del predicador, y en tono airado reclama: ¿Rabí, acaso separarías a una hija de su padre? Él responde: «De una hija de su padre, hijas de madres.» Ha dejado claro su punto.
María camina hacia el agua, se voltea y mira que atrás viene Jesús. Este se le acerca, la toma del cuello y la sumerge en el agua, mientras dice estas palabras: “Te bautizo con agua para purificarte, te bautizo con luz y con fuego, te bautizo para que renazcas, despierta, y lista para el día por venir”. Ha cruzado María el umbral del mundo profano y se adentra para descubrir los misterios por medio de la participación mística.
Ahora camina como un apóstol, va de pueblo en pueblo acompañando al que ellos consideran el profeta. El que llegó al mundo para acabar con la tiranía y la opresión del pueblo. Esas ideas resultan un tanto peligrosas, ya que afectan las estructuras de poder imperantes y son un claro desafío a las castas sacerdotales. Pregonar la idea de que un hombre o una mujer se pueden comunicar con Dios sin tener intermediarios es, por mucho, una revolución.
Lo que nos muestra la película María Magdalena (2018) es que, desde el origen del cristianismo, la mujer tuvo un papel central. No eran hombres todos los apóstoles. Esto contraría siglos de mentiras dichas por el poder del clero, que condenó a la mujer a una posición subalterna, dejándola por fuera de los referentes míticos sagrados.
Fue en el 591 d. C. cuando el papa Gregorio declaró que María Magdalena era una prostituta, lo que hizo que se le excluyera de la liturgia. Se tuvo que esperar hasta el papado de Francisco para que, en 2016, fuera declarada por el Vaticano como un “apóstol de los apóstoles”, la primera persona que vio a Jesús resucitado según la tradición judeocristiana, y aún sigue sin reconocerse que también fue evangelista. Varios fragmentos aparecieron en Egipto de este manuscrito, uno de ellos en 1896, comprado por un erudito alemán en un bazar del Cairo, y luego emergieron otros fragmentos en griego que se encontraron en diferentes excavaciones, como las de Oxirrinco. Su publicación se demoró más de 50 años por la muerte del profesor Reinhard y las dos guerras mundiales.
Aunque la Iglesia Católica aún no reconoce este evangelio por considerarlo parte de los evangelios apócrifos, al igual que los hallados en 1945 en Egipto, cuando dos campesinos egipcios se acercaron a unas grutas perdidas y encontraron dentro de una vasija de greda los Manuscritos del Mar Muerto (52 rollos de papiros antiguos).
Estos eran textos perdidos por siglos que fueron proscritos después del Concilio de Nicea de 325 d. C. convocado por el emperador romano Constantino. En este encuentro ecuménico, las distintas sectas cristianas debatieron y decidieron cuáles eran los evangelios que debían quedar como el legado de Jesús. Así se suprime la feminidad sagrada y se dejan solo los evangelios que favorecían el poder del clero.
La feminidad sagrada
En la película El Código Da Vinci (2006), este tema es el central de la trama de la historia. Jacques Saunière, el curador del museo del Louvre, es asesinado en uno de sus pasillos. Como principal sospechoso, la policía francesa tiene a un profesor de simbología, Robert Langdon. Esto se debe a que la víctima, con su último aliento, dejó un extraño escrito críptico donde mencionaba su nombre.
Lo que parece ser un crimen común se va convirtiendo, a medida que avanza la trama, en un complot donde está involucrado el obispo Manuel Aringarosa, quien opera a Sillas, un monje albino del Opus Dei. Este fue el encargado de asesinar a Saunière y tiene como misión acabar con todos los miembros de una antigua orden hermética denominada el Priorato de Sión.
Langdon es llevado a la escena del crimen como parte de una estratagema de Bezu Fache, capitán de la Policía Judicial francesa. Este le hace creer que necesita su ayuda para entender los extraños símbolos que aparecen en el cuerpo de Saunière, una estrella flamígera que él mismo se hizo en su cuerpo con un objeto puntiagudo. Mientras Fache está hablando con Langdon, llega Sophie, quien se identifica como una criptógrafa enviada por la policía para apoyar en la investigación, y ella, de forma hábil, le hace creer a Langdon que tiene un mensaje de la embajada de EE. UU. y que debe llamar inmediatamente a un número que ella le proporciona con un código. Ahí es cuando este escucha el mensaje que dejó Sophie, donde le explica que está siendo acusado de un asesinato y que lo que quiere Fache es lograr su confesión.
Al lograr escapar del inquisidor capitán de la policía, esta nueva pareja, creada por la fuerza de las circunstancias, se embarca en una investigación que los llevará a descubrir que están en una guerra que lleva siglos, entre quienes han querido ocultar la verdad. Algo que, de conocerse, derrumbaría las bases del poder del clero.
A medida que la indagación avanza, se descubre que todo gira en torno a la búsqueda de la reliquia del Santo Grial, (la copa que uso Jesús en su última cena con los apóstoles), imagen retratada en la pintura de Leonardo Da Vinci, sobre la cual gira parte de la trama de esta película.
Estas dos producciones cinematográficas, abordan de forma distinta el legado de María de Magdala y provocarán una reflexión en el espectador. Al principio, se pensará que se trata de un guion cinematográfico, pero a medida que se adentren por su cuenta en la historia, sabrán que se trata de hechos que reputados eruditos validan.