Por Carlos Alberto Pretel Meneses
Luis Alberto Correa enfrenta por estos días una preocupación que comparten muchos directivos docentes en todo el país. Frente a su computadora, revisa una y otra vez las proyecciones de matrícula que ya entregó a la Secretaría de Educación y la realidad le pesa: faltan niños y sobran pupitres. Sabe lo que eso significa. Si no logra completar los cupos, deberá cerrar cursos, fusionar salones y dejar ir a varios docentes que serán trasladados a otras instituciones. “Perdemos alumnos, y con ellos se van también los maestros y los recursos”, comenta Correa. Para él, cada cifra que baja en la proyección no es solo un número: es una silla vacía, un maestro que se va, es un aula que se cierra. Es menos presupuesto, sí, pero también menos movimiento, menos vida en una escuela que —como tantas otras en el país— empieza a quedarse sin su razón de ser.
Lo que ocurre en la escuela de Correa no es un caso aislado. Detrás de su preocupación cotidiana se esconde una tendencia que se repite en todo el país y que empieza a transformar el panorama educativo colombiano de manera silenciosa pero profunda.
Colombia atraviesa una transición demográfica sin precedentes. La natalidad cae a un ritmo acelerado y esta tendencia se ha agudizado hasta consolidar una reducción del 31% en los nacimientos desde 2019. Colombia ha comenzado a vivir una transformación educativa silenciosa, imperceptible al principio, pero con efectos cada vez más profundos. En los colegios, las aulas se vacían, los patios se quedan en silencio, y algunos comienzan a cerrar sus puertas.
Detrás de esta realidad hay un dato frío y contundente: cada vez nacen menos niños y como resultado, hay también menos estudiantes. Y mientras el país envejece a un ritmo similar al de Japón, ciudades como Armenia, en el corazón del Quindío, experimentan con mayor crudeza este cambio silencioso que vacía las aulas y obliga a repensar el futuro de la educación.
La curva descendente de la natalidad
La caída de los nacimientos en Colombia no es un hecho reciente, pero sí lo es su aceleración. Durante los últimos diez años, el país ha visto disminuir de forma constante el número de nacimientos. En 2024, por ejemplo, se registraron apenas 445 mil nacimientos, una cifra muy inferior a los 655 mil que se promediaban anualmente entre 2014 y 2019. Esto significa que, en apenas una década, el país perdió más de 200 mil nacimientos al año.
Aunque la natalidad ya venía cayendo desde antes, la pandemia de COVID-19 marcó un punto de inflexión. El confinamiento, la incertidumbre y la crisis económica aceleraron el descenso. Según el Laboratorio de Economía de la Educación (LEE), Colombia es hoy el país de América Latina donde la natalidad ha caído con mayor rapidez, con una aceleración de 4,7 puntos porcentuales después de 2020 en comparación con los años previos.
Detrás de los números se esconden cambios sociales y culturales profundos. Las mujeres tienen hoy más acceso a la educación y al mercado laboral, lo que las lleva a postergar —o a veces renunciar— a la maternidad. Los métodos anticonceptivos son más accesibles y las parejas jóvenes enfrentan costos de vida cada vez más altos: vivienda, transporte, alimentos, salud, por no hablar de los gastos asociados a la crianza de un hijo. A eso se suma una sensación generalizada de incertidumbre frente al futuro, que lleva a muchas familias a no querer “traer hijos a un mundo tan difícil”.
El resultado de todos estos factores es un cambio demográfico estructural. Por primera vez en la historia moderna, Colombia está dejando de ser un país joven. La base de la pirámide poblacional —los niños y adolescentes— se reduce, mientras la población mayor crece rápidamente. Los expertos que hace unos años hablaban del “bono demográfico”, esa etapa en la que la mayoría de la población estaba en edad productiva, advierten ahora que el país empieza a pagar la “factura demográfica”: cada vez hay más adultos mayores que dependen de un grupo más reducido de trabajadores y jóvenes.
Y en ese descenso y paso de factura se encuentra la raíz de un nuevo desafío para la educación colombiana.
Menos nacimientos, menos alumnos
El impacto de este cambio se siente con fuerza en el sistema educativo. Durante años, Colombia planificó su infraestructura escolar bajo la lógica de la expansión: más aulas, más sedes, más cupos. Pero ahora la tendencia se ha invertido.
Entre 2010 y 2023, la matrícula total en educación regular cayó un 11,9%. El país pasó de tener 11,1 millones de estudiantes a 9,8 millones. En otras palabras, más de 1,3 millones de niños y jóvenes dejaron de estar matriculados en el sistema educativo. Y la caída continúa.
El descenso se percibe en todos los niveles. En preescolar, la matrícula alcanzó en 2023 su segundo punto más bajo en 14 años, con 936 mil niños. En básica primaria, la reducción ha sido constante hasta llegar a 4 millones de estudiantes, el registro más bajo en la historia reciente. Y en secundaria, los números también se desploman: 3 millones de jóvenes estaban matriculados en 2023, una cifra que no se veía desde el siglo pasado.
La explicación es tan directa como preocupante: menos nacimientos significan menos alumnos, y menos alumnos ponen en riesgo la viabilidad de las instituciones educativas. Detrás de cada aula vacía hay una estadística que revela el tamaño del cambio social.
Un colegio que pierde estudiantes pierde también recursos, profesores y, finalmente, su razón de ser.
Escuelas que desaparecen
El fenómeno ha dejado una estela tangible: miles de escuelas cerradas. Según el informe del LEE 2024, entre 2019 y 2024 cerraron 6.263 sedes educativas en todo el país. La mayoría pertenecientes al sector oficial (3.817), aunque el sector privado tampoco escapa (2.446 cierres). La causa principal es la misma: la falta de estudiantes. Y las cifras confirman que la contracción no distingue estratos ni geografías: afecta tanto a las escuelas rurales como a los colegios urbanos.
En las zonas rurales, los cierres suelen responder a la “racionalización” de recursos públicos. Cuando una escuela tiene menos de diez niños, el Estado considera que mantenerla abierta es insostenible. Así, los estudiantes son trasladados a otras instituciones —a veces a kilómetros de distancia—, y las viejas sedes terminan convertidas en bodegas, casetas comunales o simplemente en ruinas. Cada cierre conlleva un riesgo latente de deserción si los estudiantes no logran ser reubicados.

En las ciudades, la situación tiene otro matiz. Los colegios privados, especialmente los de clase media, enfrentan una realidad económica adversa. Con menos demanda y altos costos de mantenimiento, muchos no logran sostenerse. Solo en Bogotá, 160 colegios privados cerraron entre enero de 2022 y junio de 2023. Otra vez, el problema no es de gestión: es demográfico.
Cada cierre deja heridas invisibles. Los docentes pierden sus empleos, los niños deben adaptarse a nuevos entornos y las comunidades pierden un punto de encuentro que iba más allá de la educación. En los pueblos pequeños, la escuela es el centro de la vida social. Cuando desaparece, el lugar se apaga lentamente.
Armenia, el espejo del futuro
Si hay una región donde este cambio se percibe con claridad, es el Quindío. Armenia, su capital, es hoy una de las ciudades con mayor índice de envejecimiento del país. En 2024, por primera vez, hubo más adultos mayores que niños. No falta mucho para que en las tiendas se vendan más pañales para ancianos que para bebés. Y como la disminución de nacimientos se refleja directamente en la cobertura educativa, las calles podrán seguir llenas, pero los patios escolares no.
Los indicadores de cobertura educativa muestran una caída sostenida. Entre 2019 y 2023, la matrícula total en el departamento se redujo un 8,2%. En la ciudad, las cifras son aún más reveladoras: siete instituciones educativas —cinco privadas y dos oficiales— cerraron en los últimos seis años. En el resto del Quindío, otras cinco escuelas rurales también bajaron la cortina.
Para muchos quindianos, el fenómeno todavía parece lejano o anecdótico. Pero los expertos advierten que el departamento funciona como un “laboratorio demográfico” de lo que ocurrirá en buena parte del país dentro de una o dos décadas: menos nacimientos, más adultos mayores y una red educativa que se achica cada año.
Adaptarse o quedarse atrás
El descenso de la natalidad y el envejecimiento poblacional no son fenómenos reversibles. Por eso, el desafío para Colombia no es detener la tendencia, sino aprender a adaptarse. El sistema educativo —diseñado para crecer— debe ahora transformarse para sostenerse con menos estudiantes.
Esto implica varias acciones urgentes: primero, realizar proyecciones demográficas precisas que permitan anticipar la demanda educativa de cada región; segundo, promover la flexibilidad en el uso de la infraestructura escolar, compartiendo espacios entre niveles o incluso entre instituciones; y tercero, establecer un sistema de monitoreo continuo que permita ajustar las políticas públicas antes de que el problema sea irreversible.
Aunque el reto parece monumental, el país aún tiene una ventana de oportunidad. Los demógrafos estiman que hasta 2043 Colombia mantendrá una población en edad productiva suficiente para invertir en educación, tecnología y productividad. Sin embargo, el tiempo corre y esa ventana podría cerrarse cuando menos lo esperemos.
El eco del silencio
En la escuela de Luis Alberto Correa, el timbre sonará aún por muchos años, aunque su eco parecerá durar un poco más que antes. En los pasillos, el silencio empezará a ganar espacio y el aire se sentirá más pesado, como si la infancia se fuera poco a poco. Correa lo sabe: no son solo los niños los que se van, es el futuro el que se está quedando atrás. Algún día, Luis Alberto se sentará frente a su computadora para cerrar las actas y despedir a los docentes que no continuarán el año siguiente. Lo hará en silencio, con la resignación de quien sabe que no se trató de una falla de gestión, sino de un cambio mucho más grande que desborda las paredes de su escuela. Afuera, en el patio, el timbre sonará una vez más, aunque ya no haya tantos niños para salir al recreo.
Por ahora, en muchas escuelas del país, el timbre aún suena cada mañana. Pero en otras, el sonido se ha apagado para siempre. En los pasillos donde antes resonaban las risas y los pasos de los niños, hoy solo queda el eco del silencio. Ese silencio no es únicamente educativo. Es el reflejo de un país que envejece, que cambia, que se queda sin recreo. Y aunque las cifras pueden parecer frías, detrás de ellas hay una verdad que duele: cada aula vacía es una señal de que estamos perdiendo el futuro, un estudiante a la vez.
Nota del autor: el nombre “Luis Alberto Correa” es ficticio y representa la realidad de muchos rectores del país.