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La vida y la muerte: entre el ocaso y el amanecer

16 julio 2025 9:14 pm
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¿En qué momento morimos? ¿Cuándo cesan todas las funciones vitales de una persona? Según los materialistas, quienes afirman que no existe nada más que la materia, todo se acaba en este plano; lo que sigue es la nada, el vacío total.

Las religiones, por el contrario, están construidas sobre la base de que hay vida después de la muerte. Los cristianos hablan de la resurrección y la ascensión al cielo; en cambio, los hinduistas creen en la reencarnación, donde en cada nueva vida se van aprendiendo cosas, se pagan los karmas (las culpas) y se sigue un camino de perfección. En el caso de los budistas, nos hablan de la eterna rueda del samsara (el renacimiento y la muerte), y los monjes tibetanos, en su libro el Bardo Todol, ven la muerte como un inicio de una serie de pruebas por las que pasa el alma para seguir al renacimiento.

El budismo fue llevado al Tíbet en el año 1300 por Padmasambaha. Fue quien escribió el libro Tibetano de la muerte. En este texto se muestra como es la transición por diversos estados mentales que pasa el alma antes de renacer de nuevo en un ser vivo.

Cuando una persona fallece en la tradición tibetana, la familia busca a un Napa o un yogui del budismo para que realice el ritual funerario, el cual consiste en leer el libro de los muertos durante 49 días. Según dicho texto, ese es el período que se vive al pasar de una existencia a otra. En el instante de la muerte, la conciencia se desvincula de todos los aspectos de la vida. De esta forma, la mente vive su propia liberación; por esta razón, al principio se encuentra con una intensa luz blanca y luminosa.

Tres historias se cruzan

A pesar de nuestra cultura materialista occidental, y sin que podamos comprobar si hay otros planos de existencia, el cine, desde diferentes perspectivas, nos ha hecho afrontar este tema. Películas como «21 gramos», protagonizada por Naomi Watts y dirigida por Alejandro González Iñárritu, nos llevan, por medio del entrelazamiento de tres historias, las cuales, en apariencia, se ven separadas. A lo largo de avanzar los minutos, vemos cómo lo que parece un drama se termina por convertir en una película que nos lleva a importantes reflexiones sobre la realidad trascendente.

Fue la psiquiatra Elizabeth Kübler-Ross la que creó la disciplina de la tanatología (la ciencia que estudia los procesos de la muerte) y dejó como legado las fases del duelo, que se aplican a las personas que pierden a un ser querido o incluso a una mascota. En sus dos libros abordó el asunto: en La muerte y los moribundos y luego en La muerte: un amanecer. Este artículo no trata sobre una reseña de estos dos importantes textos; los usamos como una alusión para abordar la muerte y cómo se presenta en una película.

La muerte como un suceso inesperado

En un accidente, las vidas de tres completos extraños quedan entrelazadas a partir de una serie de sucesos trágicos. Una mujer llega a un grupo de apoyo para hablar de sus problemas, mientras un hombre se encuentra con un adolescente problemático y le habla de Jesús, mientras justifica un robo.

En otra escena, aparecen unas aves volando en parvada. Luego se ve un hombre en la cama de un hospital, conectado a muchas máquinas y lleno de agujas. Está en una Unidad de Cuidados Intensivos (UCI) y mira a su alrededor como otros esperan la muerte. En otra escena, una mujer rubia se mira al espejo mientras esnifa cocaína, y otra mujer visita al ginecólogo mientras le revelan un aborto oculto.

La película 21 gramos va del pasado al presente a través de flashbacks. Nos muestra las vidas de personas antes de sucesos trágicos. Un hombre conectado a un respirador camina por su casa hasta el baño y, paradójicamente, enciende un cigarrillo, algo absurdo ya que espera un trasplante de pulmón.

Esta es la historia de cómo nos derrumbamos. A partir de situaciones que surgen de forma inesperada, en un segundo nuestra vida puede tener un giro de 180 grados. Una mujer feliz y tranquila puede tener un cambio repentino de conducta a partir de haber vivido una situación con alta carga emocional (un trauma) y, desde ese momento, su vida quedará con una serie de emociones atrapadas que la irán consumiendo lentamente. Puede que busque un escape en libertinaje o, por el contrario, trabaje de forma constante en su autodestrucción.

Cuando miramos la vida de una persona, pocas veces nos preguntamos cuáles fueron las razones que lo llevaron al lugar donde se encuentra, y sin importar lo que pensemos, todo ha sido producto de una trayectoria de vida, donde desde la infancia esa persona fue impulsada a unas acciones y se le cuestionaron otras. Lo que, según Peter Berger y Thomas Luckman, se denomina como la socialización primaria: “es el primer proceso de socialización que ocurre durante la infancia, donde el individuo internaliza las normas, valores y conocimientos básicos de su sociedad a través de la interacción con figuras de autoridad como padres y cuidadores”.

Encontramos casos donde, por ejemplo, en el núcleo familiar se promueve la actividad física y el deporte, y esto puede dar como resultado que surja un deportista. Las razones pueden ser variadas; en algunos casos, la importancia de la actividad física en la familia se da porque uno de los padres es un deportista frustrado. Quizás fue porque sufrió una lesión que le impidió convertirse en profesional, o puede ser porque se considera que tener unos hábitos de vida saludable es algo fundamental para la vida, y esto es un valor muy importante en la familia.

En otros casos, se puede encontrar que el niño es sometido a una crianza donde la constante es el maltrato y el abandono, y este infante aprendió que el mundo era un lugar hostil. Sus padres, dos adictos a la heroína, pasaban la mayor parte del tiempo en el sofá, chutándose esta droga, mientras el niño miraba desde su habitación; de esa forma, su vida ha quedado marcada por el abandono.

Por tanto, nosotros no solo somos lo que hemos elegido, sino que también somos nuestras circunstancias. Un niño que vivió maltrato o muchas carencias puede querer convertirse en un salvador y, de esa forma, sublimar el deseo de haber sido protegido. Una mujer que fue hija de un padre maltratador y que nunca le dio afecto puede haber crecido con una herida de rechazo, y pasará, como dice la psicoterapeuta Robín Norwood en su libro Las mujeres que aman demasiado: “algunas mujeres se involucran en relaciones amorosas disfuncionales, donde su bienestar emocional se ve comprometido por la necesidad de complacer, rescatar o controlar a su pareja”.  

21 gramos no es un drama psicológico cualquiera; es prácticamente un tratado sobre espiritualidad moderna. Aunque en la película nunca aparecen entes extraños, por medio de la historia hace que el espectador se cuestione sobre lo que llama la realidad y, ante todo, cuestiona esa tesis de que todo termina con el fin de la vida, abriendo una puerta para cuestionar lo que pensamos sobre la muerte.

Para los materialistas, lo que no puede ser medido y cuantificado no es válido; sin embargo, en muchas culturas se encuentra la idea de que no todo termina con la muerte. Y, pues, pensar en absolutismos cuando no tenemos aún todas las respuestas a todas las preguntas, por ejemplo, aún no sabemos cómo puede ser posible que una persona tenga una remisión espontánea (curación milagrosa sin explicación), o que alguien hable de vivir una experiencia cercana a la Muerte (ECM) y nos hable de que, mientras sus órganos vitales dejaron de funcionar, vieron personas y lugares donde sentían una enorme tranquilidad. Otros incluso relatan lo que sucedía con el cuerpo físico viéndolo desde el aire.

Otra cuestión que plantea la película » 21 gramos » es si, a través de un trasplante de órgano, se pueden transferir ciertas experiencias de vida de alguien más, lo cual nos llevaría a reflexionar sobre el funcionamiento del cuerpo humano. Existen múltiples casos de individuos que han recibido un órgano nuevo y han tenido recuerdos de experiencias que no les pertenecen, como si una parte de la existencia de otra persona ahora ocupase su mente.

“El hombre que no percibe el drama de su propio fin no está en la normalidad sino en la patología, y tendría que tenderse en la camilla y dejarse curar.” Carl Gustav Jung

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