Samaria Márquez Jaramillo
Mi primer desengaño ocurrió cuando me di cuenta que Caperucita Roja, Blancanieves, Pinocho y el Patito Feo no tuvieron mamá que los abrazara y les contara cuentos o les dijera: No tengas miedo. Sólo está oscuro, pero no hay peligros y lloré por esos pobres huerfanitos. Más tarde lloré copiosamente cuando me fue inevitable aceptar que todos ellos no existieron y, sin embargo, no eran mentiras sino ficción. No sé realmente cuándo tuve conciencia de que a un lado estaba la realidad y a otra la fantasía. En cualquier caso, a mí me resultaban más atractivos, más vívidos, personajes como Robinson Crusoe, Gulliver o John Silver, que me eran mucho más reales que otras circunstancias que viví en mi infancia y juventud
Ahora, en mi séptima infancia, cuando me inquieta la verosimilitud de mis novelas me repito que no escribo para darle espacio a la realidad o a la verdad porque esas tienen quienes las necesiten: Los investigadores forenses, la policía, los periodistas, los ensayistas y los científicos. A mí me corresponde hacer ficción realista y como la realidad tiene muchas caras me sumerjo en la ficción y ya no me importa si existió el sabio Melquiades y recabo en mi imposibilidad de escribir Doscientos años de soledad.

De ficción habla León Felipe en su poema “Sé todos los cuentos”:
Yo no sé muchas cosas, es verdad
digo tan sólo lo que he visto.
Y he visto:
que la cuna del hombre la mecen con cuentos…
Que los gritos de angustia del hombre los ahogan con cuentos…
Que el llanto del hombre lo taponan con cuentos…
Que los huesos del hombre los entierran con cuentos…
Y que el miedo del hombre
ha inventado todos los cuentos.
Yo no sé muchas cosas es verdad,
pero me han dormido con todos los cuentos…
Y sé todos los cuentos.
Para acabar, quiero despedirme con un cuento tradicional cuyo protagonista, Nasrudín, está harto de prestar todos los días su burro al vecino y ha decidido que esa mañana no lo hará, aunque sea preciso echar una mentira. De modo que cuando llega el vecino a pedirle el burro, Nasrudín se excusa diciendo que lo siente mucho, pero que alguien se le ha adelantado hace un momento y lo acaba de prestar. En ese instante, el burro, encerrado en la cuadra de la parte baja de la casa, empieza a rebuznar. Al oírlo, el pedigüeño se reafirma en su demanda, mientras Nasrudín niega la evidencia una y otra vez. Finalmente, frente a los rebuznos que no paran y la insistencia del vecino, Nasrudín exclama: “¡Ya basta! Entonces, ¿a quién vas a creer, al burro o a mí?”.
Este es, en fin, el oficio del cuentista: Negar la verdad de los rebuznos del burro, o sea: el destino humano, la enfermedad, la muerte irreparable y proclamar contra todo pronóstico su imaginación y su mentira:
¡El burro no está, tienen que creerme, aunque lo oigan rebuznar!
De que la ficción es Literatura y no mentira habla a continuación Jorge Volpi,

Escritor mexicano miembro de la denominada generación del crack y, desde el 8 de diciembre del 2016, coordinador de Difusión Cultural de la UNAM. En el 2018, obtuvo el Premio Alfaguara, por su obra Una novela criminal.