Por Leonardo Nova Muñoz.
Confieso algo que tal vez no debería: disfruto ver y escuchar las sesiones de las asambleas departamentales. Y sí, la del Quindío por encima de todas.
Por eso, cuando se habla de ese millón de consultas en salud mental registradas en los últimos tres años en el departamento, o de la tímida fase de preformulación para construir una nueva sede del Hospital Mental en Armenia, no puedo evitar, desde mi humilde orilla de comunicador, hacer un guiño de aprobación al giro narrativo que está tomando nuestro canal regional.
Porque en un departamento con tan alta carga emocional,histórica y social, no solo se requiere infraestructura. Se requiere una cultura del cuidado emocional, articulada con escuelas, familias y, obviamente, medios de comunicación.
El nuevo enfoque de Telecafé, más territorial, participativo y culturalmente arraigado, permite que comunidades históricamente marginadas se comiencen a ver reflejadas en pantalla. Esta visibilidad no es solo estética: es reparadora. Sentirse representado reduce la sensación de aislamiento, fortalece la identidad colectiva y puede actuar como un factor protector frente a trastornos como la depresión o la ansiedad.
Lo dijo Jesús Martín-Barbero: “La comunicación no pasa por los medios, pasa por los vínculos.” Y en este caso, esos vínculos son los que se restauran cada vez que un rostro campesino, una tonada de monte o una historia excluida se cuela por la señal abierta del canal.
La salud mental en el departamento atraviesa una crisis a gritos silenciosos. Una que se enreda en frases como “si nota algún comportamiento extraño…”, saturando un sistema que requiere primeros auxilios económicos, higiene mental, imaginarios colectivos positivos y control en la circulación de antidepresivos en las calles.
En lo que va corrido del 2025, se han registrado 73 casos de ideación suicida. Todos han sido atendidos por la línea 310 793 2686, gestionada por la Secretaría de Salud del Quindío. Esta línea ha sido clave en canalizar pacientes hacia el Hospital Mental de Filandia y la Clínica El Prado. Pero la demanda supera con creces la capacidad instalada.
El déficit presupuestal amenaza la continuidad de programas preventivos. Se redirigieron $6.000 millones, que inicialmenteestaban destinados a la salud mental, hacia el régimen subsidiado. Todo esto ocurre dentro del marco que ofrece la Ley 2460 de 2025, donde se redefine la salud mental como un derecho fundamental, con un enfoque biopsicosocial, territorial y preventivo.
Esta ley exige que todos los centros de salud cuenten con atención psicológica básica. También promueve la creación de redes comunitarias, casas de salud mental y formación emocional desde la infancia.
Con un panorama así, cuando me lo preguntan a mí, como comunicador social y habitante de este pedazo de paraíso, solo puedo expresar mi admiración por quienes han dado este giro hacia lo simbólico de nuestro departamento. Quienes comienzan a bañar a su audiencia con una parrilla televisiva cargada de ilusiones y con narrativas que validan emociones y experiencias locales.
Al incluir historias sobre guaquería, memoria cafetera o tensiones ambientales, el canal legitima emociones como el duelo, la nostalgia o la rabia frente al desarraigo. Estas emociones, cuando se narran desde lo propio, dejan de ser patologizadas. Se convierten en saberes compartidos.
Como bien señala Sara Ahmed, “las emociones no están en los cuerpos, están entre los cuerpos. Son formas de relacionarse.”Y eso es precisamente lo que permite este giro: convertir la televisión en un campo de afectos compartidos.
Esto abre la puerta a una salud mental más comunitaria y menos medicalizada. Una en la que también se promueva una educación emocional desde lo audiovisual. Que impulse una alfabetización emocional, que traduzca, sutilmente, el cuidado psíquico al lenguaje del territorio. Y que, con estrategias controladas, convierta la producción audiovisual en un coadyuvante del acto terapéutico social.