jueves 13 Ago 2026
Pico y placa: 1 - 2

Pedagogía del conflicto, pedagogía para la paz

6 julio 2025 10:00 pm
Compartir:

Por Mg. Christian Ríos M.

Hay ideas que duelen como una herida mal curada. Una de ellas —quizá la que más me ronda últimamente— es que en nuestras escuelas se enseña de todo menos a vivir juntos. Podemos citar a Newton, resolver ecuaciones cúbicas, incluso aprender a programar un robot. Pero seguimos sin saber cómo evitar que una discusión acabe en grito, cómo no responder al insulto con otro más hiriente, o cómo mirar al que piensa distinto sin sentir que nos amenaza.

A lo largo de los años, he visto que los conflictos no desaparecen por el solo hecho de nombrar la paz. A veces, cuanto más se habla de reconciliación en voz alta, más se rumia el resentimiento en silencio. Es como si creyéramos que la paz fuera una meta a la que se llega con discursos, y no un camino que se aprende caminando, con tropiezos, dudas y retrocesos. Y aquí es donde entra, creo yo, la pedagogía del conflicto.

Una buena pedagogía del conflicto no busca eliminar el desacuerdo —sería como querer quitarle al fuego su calor—, sino enseñar a no quemarse. No es paz fingida ni silencio impuesto: es aceptar que los choques son inevitables, y que vale más aprender a encauzarlos que a reprimirlos. Que, en vez de buscar culpables, se puede buscar sentido. Que no se trata de evitar el dolor, sino de no dejar que ese dolor se pudra y se vuelva odio.

Pienso en mi profe de Sociales, en un colegio privado de Palmira. No era una figura imponente, pero tenía esa presencia que no necesita alzar la voz para hacerse sentir. En sus clases no nos pedía que repitiéramos fechas ni nombres de tratados; nos ponía a debatir. A veces eran temas históricos, otras veces dilemas éticos que nos dividían y nos enfrentaban. Y justo ahí, en medio del calor de la discusión, ella no buscaba imponer un punto de vista, sino desactivar el odio. Preguntaba con calma, con astucia: “¿Por qué crees que él piensa así?”, “¿Y si eso que te molesta no fuera un ataque, sino una herida mal expresada?”. Con ella entendí que la justicia no siempre está en tener la razón, sino en saber escuchar sin querer aplastar. Aprendí que debatir no es pelear, y que el odio se desarma mejor con una pregunta que con un grito.

Desde entonces, tengo la impresión de que los lugares donde más se aprende a convivir no son los salones en silencio, sino los espacios donde se permite la tensión, donde se aprende a soportar la incomodidad de no estar de acuerdo. La paz que nace de allí no es perfecta ni permanente, pero es real: se construye en el barro de lo humano, no en la superficie limpia de los eslóganes.

Porque, en el fondo, enseñar para la paz no es enseñar a evitar el conflicto, sino a transformarlo. No se trata de pedirle a los jóvenes que se callen por respeto, sino invitarlos a hablar con cuidado. No es eliminar las diferencias, sino tejer puentes con ellas. Quizás eso sea lo más difícil de enseñar: que nadie gana realmente si el otro pierde, y que una sociedad justa no es la que castiga mejor, sino la que se entiende mejor.

Esa es, quizás, la pedagogía para la paz: no una lección moral, sino una forma de mirar. De comprender antes de juzgar. De escuchar incluso cuando duele. De atreverse a preguntar sin saber si la respuesta va a gustarnos. Porque enseñar para la paz no consiste en ofrecer respuestas correctas, sino en sembrar la duda donde antes solo había certeza agresiva. Implica darle valor al silencio reflexivo, ese que antecede a una palabra bien dicha. Exige formar a los estudiantes no solo como ciudadanos informados, sino como seres capaces de convivir con la complejidad del otro, con sus contradicciones, con sus heridas que no siempre se ven.

No se trata de convertir el aula en un refugio ingenuo ni en un espacio neutro donde se evite el conflicto a toda costa, sino en un laboratorio ético, donde las diferencias se exploran, no se ocultan, y donde el respeto no es sumisión, sino escucha activa. Una pedagogía para la paz es una pedagogía que no le teme al desacuerdo, porque confía en que del disenso también puede brotar la inteligencia colectiva. Y, sobre todo, es una práctica que empieza por el ejemplo: no se puede enseñar empatía si no se practica. No se puede hablar de paz con el gesto crispado y la palabra afilada. Los estudiantes lo notan, siempre lo notan.

Si queremos una sociedad menos violenta, no basta con policías, cárceles ni decretos. Necesitamos salones de clase donde se enseñe el arte de disentir sin destruir, donde los conflictos no se tapen como basura bajo la alfombra, sino que se analicen con honestidad. Donde un niño pueda decir “no estoy de acuerdo” sin que lo callen, y una niña pueda llorar sin que le digan que es débil.

No se trata de volvernos santos. Basta con ser humanos que no temen enfrentarse a su propia sombra. Porque en el fondo, toda pedagogía verdadera —ya lo decía Freire— es un acto de amor. Y amar, en tiempos de rabia, es quizá el gesto más revolucionario que queda.

Te puede interesar

Lo más leído

El Quindiano le recomienda