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CUENTO/ La sombra del Yuru-Kaya

21 junio 2025 10:33 pm
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El siguiente es uno de los cuentos del abogado y escritor quindiano Eduardo Orozco Jaramillo, que ha sido nominado al Premio Internacional AWARD THE BEST, otorgado en el marco de la XI Cumbre Internacional de Hombres y Mujeres Líderes, que se llevará a cabo los días 21 y 22 de julio de 2025, en el emblemático Palacio Legislativo Porteño, en la Ciudad Autónoma de Buenos Aires (C.A.B.A.).

La sombra del Yuru-Kaya

Eduardo Orozco Jaramillo

El humilde campesino con nombre de profeta bíblico vivía con su mujer e hijos en un palmo de tierra a orillas del caudaloso Caguán. ¡Vivir es un decir! En la Colombia profunda, no se vive; se sobrevive. El abandono estatal convierte la distancia en soledad, la pobreza en destino y alimenta los fantasmas del miedo.

—Mujer, pide a los muchachos que no se alejen de la casa —dijo Abraham.

—¿Por qué? —preguntó ella mientras desgranaba maíz.

—El curandero del resguardo soñó que los árboles lloraban en silencio, el río se volvía sangre y un trueno hacía volar a las aves. Dice que son señales: el Yuru-Kaya anda cerca.

Los granos resbalaron de las manos de la mestiza; tuvo un vértigo, el suelo se movió bajo sus pies. Sabía lo que significaba.

En las regiones donde los gobiernos no llegan, no hace falta que anochezca para que la zozobra se cuele por los techos de palma o zinc y se filtre por las rendijas de las paredes de tabla. En la Amazonía, el Catatumbo, el Bajo Cauca y el Pacífico interior, las familias se estremecen ante un mismo nombre. Todos conocen al Yuru-Kaya. Basta la visita de los hombres poseídos por ese espíritu del mal para que aparezca la desgracia. Cada amanecer despunta con la duda de si el crepúsculo volverá a encontrarlos juntos.

Melva pidió a los niños que entraran en la casa; la preocupación revoloteaba como una mariposa negra en su cabeza. Tanta inocencia en sus almas… y cuánta maldad allá afuera.

Buscando disipar la tensión que le había causado el comentario de su esposo sobre el sueño del viejo payé, la angustiada madre tomó un pizarrón y señalando algunas letras, dijo a los muchachos:

—Hijos, deben educarse.

Les enseñaba a leer y escribir. Soñaba con un mundo que les ofreciera oportunidades y los llevara lejos de esa tierra donde junto a la falta de escuelas crecía la desesperanza.  Pensaba que su anhelo podía volverse quimera.

Buscando disipar la tensión que le había causado el comentario de su esposo sobre el sueño del viejo payé, la angustiada madre tomó un pizarrón y señalando algunas letras, dijo a los muchachos:

—Hijos, deben educarse.

Les enseñaba a leer y escribir. Soñaba con un mundo que les ofreciera oportunidades y los alejara de esa tierra donde, junto a la falta de escuelas, crecía la desesperanza. A veces pensaba que su anhelo no era más que una quimera.

Algunos políticos y funcionarios públicos, en complicidad con contratistas, se robaban con frecuencia el dinero destinado a la educación. Lo decían las noticias que se abrían paso entre los chasquidos de la señal defectuosa del viejo transistor. Un ejemplo escandaloso eran los setenta mil millones de pesos destinados a conectar a las poblaciones rurales, que simplemente desaparecieron tras las tapias de la corrupción.

Esa noche, mientras los niños dormían y la selva despertaba con sus sonidos extraños, le susurró a Abraham:

—Es mejor que nos marchemos. Juan ya es un adolescente y no quiero que le pase nada.

—¿Adónde vamos a ir? Esto es lo único que tenemos.

—No lo sé, ni me importa; solo quiero a nuestros hijos lejos del peligro.

—Nadie comprará la finca. Tendremos que abandonarla.

Las niñas, ajenas al drama, se levantaron a barrer el patio cubierto de hojas secas, mientras su hermano preparaba las cañas de pescar. Bagres, doradas y cachamas, constituían la base de su alimentación. Mandioca y plátanos completaban el sustento y de vez en cuando, una tira de carne ahumada al sol coronaba los platos con un aroma fuerte, con sabor a fiesta.

A media mañana, Abraham partía leña junto a la casa, mientras Melva preparaba el almuerzo con las niñas. Juan, con la canasta a la espalda, bajó solo al río para revisar las líneas que habían dejado tendidas la noche anterior. El sedal vibró sobre las aguas marrones, enturbiadas por sedimentos y materia orgánica. Con un tirón asomó un bagre rayado que relampagueó bajo el sol.

El muchacho forcejeaba para sujetarlo cuando sintió una mano posarse en su hombro. Supo al instante que no era la mano de su padre. Sobresaltado, giró y observó: unas botas de caucho hundidas en la tierra húmeda de la orilla; un pantalón camuflado con los verdes de la selva; y la figura de un hombre que ocultaba media cara tras un pañuelo negro. De su cintura pendía un machete enorme, enfundado en una vaina cuyos flecos de cuero rozaban el fango.

—Buen pez. ¿Pescas para tu familia?

Juan sintió cómo el bagre golpeaba, tirando del nailon para escapar. Él también deseaba huir, pero el río y aquel hombre se lo impedían.

—Sí, señor —respondió con un hilo de voz. Una brisa de lluvia se sintió.

—¿Cuántos años tienes? —preguntó el extraño, tomándolo por el brazo.

—Cumplí catorce —musitó Juan, con el corazón martillándole el pecho.

De la espesura surgieron más hombres con fusiles al hombro. El Yuru-Kaya los había enviado. El pez se le escurrió de las manos y regresó al río.

—Necesitamos sangre joven —dijo el desconocido—. Tu edad es perfecta.

Juan quiso correr, pero los dedos que lo sujetaban se cerraron con fuerza.

—No hagas pataletas, muchacho —gruñó el forastero, con aliento de diablo—. El Yuru-Kaya detesta a los que se resisten.

—¡No me lleve! —imploro el niño.

—No seas cobarde —escupió el comandante—. También vinieron por mí cuando tenía tu edad… y mírame ahora.

Con arrogancia, miro a sus acompañantes y luego alzó su fusil.

—Aquí está el poder. Comienza a ganártelo…

La frase se cortó cuando apareció Abraham, apuntando una vieja escopeta.

—¡Suéltalo! —ordenó.

Entonces se escuchó una carcajada y el bandido dijo:

—¿Crees que podrás detenernos con esa asusta-loros? —. Mira detrás de ti.

Abraham volvió la cabeza. Las fuerzas lo abandonaron. Melva y las dos niñas, rodeadas por varios hombres, lo miraban asustadas, sus rostros reflejaban una angustia infinita. En aquellas tierras las sombras del Yuru-Kaya brotaban como la mala hierba y el amargo presentimiento de las madres se convierte en realidad.

—¿Ahora qué dices?

La oxidada escopeta cayó. La amenaza se volvió súplica:

—Por favor… no les hagan daño. Llévenme a mí.

—No sirves ni para engordar caimanes; se les caerían los dientes—replicó el hombre. Las risas inundaron la orilla. La familia era presa del terror.

—Tu mujer puede cocinar y tus hijas… pronto serán mujercitas. Pero hoy estás de suerte. Solo nos llevaremos al muchacho. Empaca y lárgate… o espera mi regreso.

En medio de la desesperación, Abraham urdió una estrategia para salvar a Melva y a las niñas, y al mismo tiempo, rescatar a Juan. Fingió resignación.

—Dejen a mi familia, pero cuiden a mi hijo. No lo maltraten.

Sus palabras sonaron a impotencia. Las niñas se aferraron a la falda de su madre. Ella, con lágrimas ardientes, vio subir a su hijo a la canoa que lo conduciría al campamento del Yuru-Kaya. Angustiada, corrió hacia las chozas de la comunidad indígena.

—¡Se lo llevan! ¡Se llevan a Juan!

La embarcación partió, dejando una estela de dolor. El curandero y los vecinos planearon el rescate. La naturaleza se anticipó y eligió bando. Una tormenta imprevista rugió, y el río se agito con furia. Un tronco gigantesco —empujado por el diluvio, o por la Yacumama, según el curandero— hizo zozobrar a la canoa.

Hombres y cautivo fueron arrastrados río abajo. En el naufragio Juan vio una esperanza y nadó con todas sus fuerzas. Las cargas se habían equilibrado; ahora cada uno luchaba por su vida.

La aldea se volcó a la ribera.—Vamos, con esta tempestad no deben estar lejos —dijo el líder tribal—. Y así fue.

En un recodo, Juan, exhausto, trataba de recuperar el aliento. Su padre llegó. Al verlo, recordó aquel paraje donde le había enseñado a pescar y juntos se entretenían viendo las nubes de mariposas sobre las charcas. La alegría de hallarlo distrajo al conmocionado hombre que no podía creer que había rescatado a su hijo de las garras del Yuru Kaya. No se percató que el mal aún estaba cerca. Se oyó un ruido seco como un trueno que supero al recio aguacero e hizo volar las aves.

Antes de un segundo disparo, la enardecida gente desarmó al agresor. Era tarde: Abraham cayó junto a su hijo, sus ojos se nublaron y una mancha tibia se extendió en su pecho. La libertad cobraba su precio. La pólvora se mezcló con sangre y la sangre con la tierra mojada. El río siguió su curso y se perdió en la distancia, abismal como la que separa el corazón de los poderosos de la historia de los pueblos condenados al olvido.

Una caravana se abrió paso en la selva, despedida por el canto ensordecedor de las cigarras, su sinfonía se había tardado, se levantaba después del “palo de agua” que anunciaba un crudo invierno. Nubes de termitas aladas y libélulas se arremolinaban en las charcas. Mientras un éxodo de hombres-caracol llevaban a su espalda todo lo que tenían. Melva, las niñas y Juan cerraban la larga fila de tristeza. Dejaban atrás su mundo. No había otra opción. El Yuru-Kaya, con su ejército de sombras, con garras diestras y siniestras imponía su ley. En el corazón latía una herida abierta; en su memoria perduraría por siempre el recuerdo de Abraham.

Duele pensar que las cifras de los desplazados y los muertos seguirán creciendo junto a la impunidad. En un país que —alguien dijo— es más territorio que Estado. En la selva, los árboles lloran en silencio. Y a los niños se los lleva la guerra.

Eduardo Orozco Jaramillo

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