“El amor es atención” Simone Weil, filósofa y escritora.
“Los padres son despreciables, cada que se meten lo pudren todo” es una expresión muy frecuente en el mundo de la formación deportiva; suelen decirla los entrenadores, directivos e intermediarios. Y en parte es cierto, pero no en la mayoría de los casos, aunque el ruido de los padres tóxicos sea muy alto, sigue siendo una excepción, lo preocupante es que va en aumento, entre otras razones por la incapacidad de quienes son responsables de integrar de manera positiva a los padres del deportista en estos procesos de formación.
Un gran ejemplo de como gestionar el talento es la Escuela de Padres de José Antonio Marina, cuyo propósito, a través de la Fundación Educativa Universidad de Padres, es ayudarlos en el proceso educativo de sus hijos, promoviendo su desarrollo intelectual, emocional y social, y facilitando una mejor comunicación entre familia y escuela y cuyos pilares se pueden resumir en los siguientes conceptos: apoyo a la educación parental, fomento del talento, mejora de la comunicación y la convivencia, crecimiento personal y social y concientización de la importancia de la educación.
De acuerdo con todo lo anterior, en el proceso de formación deportiva, el rol de los padres es fundamental. No como entrenadores, árbitros o directores técnicos desde la tribuna, sino como los primeros acompañantes del desarrollo integral de sus hijos. La formación deportiva va mucho más allá del rendimiento; involucra valores, disciplina, resiliencia y, sobre todo, un entorno emocional estable que facilite el aprendizaje y el disfrute del deporte.
Lamentablemente, en muchos procesos formativos, los padres no son incluidos de manera activa. Esto responde a varias razones. Primero, persiste el mito de que deben “hacerse a un lado” para no interferir. Segundo, algunos modelos de formación siguen siendo excesivamente verticales, donde el entrenador es la única voz autorizada. Tercero, no existe una cultura de pedagogía deportiva familiar que les permita a los padres comprender su verdadero rol dentro del proceso.
Formadores como Paco Seirul-lo, histórico metodólogo del FC Barcelona, o Johan Cruyff, han enfatizado la importancia de un entorno saludable y colaborativo en las etapas de iniciación. Para Seirul-lo, el deportista se construye como persona antes que, como atleta, y en ese proceso la familia tiene un peso decisivo. Por su parte, Cruyff afirmaba que “los padres deben animar, no presionar; preguntar, no exigir; acompañar, no dirigir”.
Los padres deben ser formados también. Saber cómo gestionar emociones, cómo comunicarse de manera positiva, cómo apoyar sin invadir, es parte del mismo proceso. Incluirlos en talleres, charlas o espacios de observación guiada puede hacer la diferencia entre un niño que disfruta del deporte y uno que abandona por presión o frustración.
El deporte es un lenguaje formativo de gran poder. Pero como todo lenguaje, necesita intérpretes. El entrenador guía, el niño aprende, pero los padres sostienen. No podemos pedir resultados si excluimos al pilar emocional más importante del niño.
El reto es integrar. No imponer ni dejar a un lado. Hacer equipo, comprender que educar en el deporte es tarea compartida. Solo así podremos hablar de verdaderos procesos de formación.
El verdadero proceso formativo integra. Une voces, construye puentes. Porque al final, el éxito deportivo no se mide solo en medallas, sino en personas que crecieron bien acompañadas.